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Convivir con un adicto o una adicta

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Convivir con un adicto o una adicta

¿Qué hacer cuando se convive con una persona que sufre adicción?

Convivir con un adicto o una adicta deteriora las relaciones familiares y la salud mental de todo el entorno de la persona que sufre esta enfermedad. Esta afirmación la comprueba diariamente el equipo terapéutico de Adictalia en sus teléfonos, a los que llaman madres, padres, hijos, hijas, para manifestar desesperación, incertidumbre, rabia, tristeza… Se trata de sentimientos comunes en todas las familias, cuyo día a día se encuentra atravesado por las consecuencias de la adicción.

Conocen bien esta realidad Encarnación Pámpanas Porras, psicóloga de FERMAD (la Plataforma Madrileña de Entidades Para la Asistencia a la Persona Adicta y su Familia), y Alfonso Santos Ruíz, terapeuta especializado en adicciones, de Valencia, quien ha sufrido esta enfermedad durante 25 años y de la cual ha salido hace más de 20. Ambos profesionales se encuentran en cada jornada con familiares que aseguran “no poder más” con la enfermedad y “no saber qué hacer”.

¿CÓMO ES CONVIVIR CON UN ADICTO O UNA ADICTA?

La explicación de por qué la adicción afecta al entorno de la persona que la sufre es clara y concisa para Encarnación Pámpanas Porras: “La enfermedad rompe la dinámica familiar, laboral, formativa”.

Para Santos Ruíz, influye mucho la estigmatización social que recae sobre esta enfermedad, considerada más como un vicio, una decisión impura y consciente de la persona, que como una patología involuntaria. Un halo de peligroso prejuicio que la propia familia reproduce. “Cómo las personas que rodean a la persona adicta interpretan la adicción constituye ya un problema”, explica el especialista.

Si bien cualquier tipo de enfermedad de índole grave influye en el entorno a muchos niveles, desde la preocupación constante hasta la situación económica, para Santos Ruíz en la adicción se suman los condicionantes mentales de la persona adicta: “Manipula, miente, actúa de forma desequilibrada emocionalmente, incurre en gastos desproporcionados y conductas indeseables, con consecuencias para toda la familia”.

Pámpanas Porras enumera otros mecanismos responsables de generar tensiones y malestar familiar: “la falta de límites hacia la persona adicta; la falta de conocimiento sobre la enfermedad por parte de las familias; los factores biológicos; las dinámicas social e individual… incluso, todo a la vez”, dice. Se trata de una enfermedad compleja, donde interactúan muchos factores; una enfermedad, como advierte la psicóloga, “que no se elige”.

¿Y de qué depende que la adicción repercuta más o menos en el entorno familiar? “Siempre repercute en el entorno”, responde determinante Pámpanas Porras. Santos Ruíz, por su parte, aclara que la profundidad del impacto, en cuanto a sufrimiento familiar, va a depender de diversos factores. Por ejemplo, de la progresión de la enfermedad, del tipo de sustancia en juego, del tiempo que la persona lleva consumiendo y las características familiares (nivel económico, si hay hijos/as, estado de las relaciones, características personales…).

Cada caso de adicción es único”, insiste este terapeuta, para quien es imposible generalizar. “Podría pasar que la familia de una persona con buen nivel adquisitivo que consume cocaína no vea nunca afectada su parte económica, y que los problemas se limiten al estado emocional y las relaciones interpersonales”, ejemplifica. “Mientras que la de una persona alcohólica con bajos recursos se puede hundir con la rápida progresión de la adicción de su familiar: es muy relativo, aunque hay adicciones más destructivas a corto plazo que otras”, insiste.

LA COADICCIÓN COMO CONSECUENCIA DE CONVIVIR CON UN ADICTO O UNA ADICTA

La forma más aguda en que se manifiesta el impacto de la adicción sobre el entorno familiar tiene nombre: coadicción. Pámpanas define este estado como “cuando en vez de acompañar, la familia vive la adicción dejando de lado su proceso vital”.

Añade Santos Ruíz que cuando los niveles de manipulación en la convivencia con la persona adicta “han sido elevados a medio y largo plazo, el entorno se ve afectado y termina por actuar desorientado”. Esto conlleva a que sus integrantes actúen de forma desorientada, ignorando si lo están haciendo de forma correcta para ayudar a su familiar. “Las personas pierden valores, autoestima, pierden criterio sobre la realidad, y empiezan a hacer lo que no deben para complacer a su familiar con adicción; es un estado muy asociado a la dependencia emocional”, explica.

Por eso, cuando acuden a recursos que le ayudan a tratar la adicción de su familiar, a las familias también se les sugiere realizar terapias. Se trata de madres, padres, parejas, hijos/as… que han desarrollado coadicción.

Que la familia acuda a terapia es importante, según Pámpanas Porras, para que adquieran determinadas herramientas que pueden ayudarles a abordar la adicción y, por tanto, a la persona adicta. Herramientas “relacionadas con la adquisición de información, con reducir la angustia, con establecer mecanismos de comunicación, con descentralizar la enfermedad y mejorar la calidad de vida”, describe.

Para Santos Ruíz, “no todas las personas necesitan terapia, pero una gran parte de familiares sí”.  En el fondo se trata de que se cuiden también ellas de la enfermedad, lo cual pasa, según este terapeuta, por “fortalecer su personalidad”. Dice que “es bueno tratar a la persona con coadicción porque, en definitiva, ha ido perdiendo criterio y centro respecto de la enfermedad, y puede ayudarle a canalizar soluciones y enfocar mejor el problema”.

ADICCIÓN: LAS CONSECUENCIAS FAMILIARES DE DESCONOCER LA ENFERMEDAD

¿Y cuáles son los problemas más frecuentes que se encuentran en consulta por parte de las familias de las personas adictas?

“La convivencia en sí, comenzando por el deterioro de la comunicación”, puntualiza Pámpanas. Para Santos Ruíz, los problemas de convivencia pueden ser tan variopintos como la propia adicción y los rasgos personales de quien la sufre, es decir, que dependen de las sustancias que consuma y sus características psicológicas”. Ahora bien, puntualiza, aunque cada caso es un mundo, “la persona deja de ser lo que fue y, como consecuencia, la convivencia siempre sufre desequilibrios”.

Detalla este terapeuta algunos de los escenarios familiares alterados por la adicción con los que más se encuentra en consulta: la falta de cuidado hacia la economía familiar (sobre todo en personas con ludopatía); el abandono temporal del hogar, pues la persona puede pasarse días fuera, como consecuencia de su consumo; las alteraciones en su estado de ánimo, que puede variar repentinamente entre agresividad, angustia, tristeza, irritabilidad; el encierro y falta de socialización del familiar con adicción; el abandono de responsabilidades familiares; carencia de comunicación.

Responde con contundencia Pámpanas cuando se le pregunta qué debe hacer una familia cuando la persona adicta reacciona con violencia: “Llamar al SAMUR (protección civil de Madrid)”. 

“Tolerancia cero” y activar los mecanismos policiales e institucionales correspondientes, coincide Santos Ruíz. “Que una persona sea enferma no quiere decir que tengamos que soportar violencia; así, de la misma manera que una persona con esquizofrenia puede ejercer violencia y acudimos, por tanto, a las autoridades policiales o a la justicia, lo debemos hacer con una persona que sufre adicción”.

No obstante, aunque cabe protegerse de la violencia con los mecanismos legales pertinentes, Santos Ruíz anima a “no culpabilizar” a la persona que sufre adicción.

¿Y si nos roba? “Ante un robo, se denuncia”, responde nuevamente con contundencia Pámpanas. Pero aclara que, si el robo es de pequeña cuantía, se ha de “valorar la denuncia y hablar con la persona que ha robado”. Esto se explica, dice la psicóloga, porque “el contexto, el momento del proceso, influyen en la toma de cualquier decisión”.

El problema, en muchos casos, es que, cuando se trata de «robos» dentro del hogar, dichas denuncias quizá no tengan la misma validez o efectividad que, por ejemplo, las alegaciones de violencia. Es decir, que se puede denunciar el robo entre convivientes si una de ellas es una persona adicta, pero quizá hay probabilidades de que caiga en saco roto. Con todo, siempre se debe proceder a denunciar, pues sirve de antecedente ante futuros conflictos judiciales.

En concreto, nada es blanco y negro cuando interviene una enfermedad multidimensional (biológica, psicológica, social y emocional) como es la adicción.

ACERCA DE LA IDEA DE QUE LA PERSONA ADICTA MANIPULA…

Frente a las mentiras y manipulaciones que pueden formar parte de enfermedad de la adicción, ¿cuál es la reacción más recomendable?

“No siempre la adicción implica mentiras y manipulaciones”, aclara Pámpanas Porras, para quien ésta es una enfermedad que, “como todas, hay que saber manejar para no desarrollar prejuicios, ni reaccionar de forma inadecuada”. Por eso sugiere aprender a detectar y manejar la mentira y la manipulación como “con cualquier persona, independientemente de su salud y situación”. Es decir, más allá de que sufra adicción.

Santos Ruíz tiene una idea diferente. Para él, la adicción “siempre implica la falta de sinceridad”. Se explica: La persona sufre una enfermedad y, pese a esto, “empieza por ser deshonesta consigo misma al negarse que la sufre” y negar las consecuencias de sus actos, que repercuten en su entorno.

“Se justificará diciéndose a ella misma que no tiene un problema, que tiene una vida normal, que trabaja, que cuida de su familia, que lleva el sueldo a casa, y con todos aquellos aspectos en los que quiere creer que cumple; aunque interiormente sabe que no lo hace, que no es cierto”, precisa. Esta actitud, para el terapeuta, ya está manifestando un grado alto de mentira y manipulación con la propia persona que se proyecta luego al resto de la familia.

LA FUNCIÓN DE LA FAMILIA PARA QUE LA PERSONA DESEE TRATARSE

“El bloqueo” es el principal problema o carencia que detecta la psicóloga de FERMAD por parte del entorno familiar cuando se entera de que alguno o alguna de sus integrantes sufre adicción. Por ello, insiste, “la información siempre es necesaria, porque ayuda a manejar las situaciones y a enfocar la adicción”. Ahí reside la importancia de que el entorno se preocupe por conocer acerca de esta enfermedad. A la necesidad de informarse, Pámpanas añade un consejo para las familias de personas con adicción: “recibir un enfoque terapéutico para acompañar en el proceso”.

Para Santos Ruíz no caben dudas de que la familia desempeña un “papel destacado”. Incluso cuando la persona adicta rechaza la máxima de su enfermedad y el tratamiento. Entonces es cuando se realiza una intervención para persuadirle de que acceda a la posibilidad de tratarse. Es el momento en que se reúne al entorno cercano junto a la persona que sufre la enfermedad, para que sus integrantes le “manifiesten su impotencia, miedo, su amor, a pesar de verle destrozada”.

¿Qué significa la familia para la persona adicta?, se pregunta el terapeuta. “Sus seres queridos, las personas que le han visto nacer y crecer; es decir: los padres, madres, las parejas, hijos, hijas, pero también puede comprender a amistades y hasta jefes y jefas”, responde. La expresión in situ de los sentimientos y emociones por parte de la familia sobre el estado de la persona adicta ya tienen un efecto terapéutico sobre ésta.

La intervención está guiada por una persona especializada en adicciones, denominada intervencionista, que suele ser terapeuta o psicólogo/a. Esta ha de estudiar a fondo cada caso (rasgos personales, tipo de adicción, historia familiar…) de forma previa a definir el momento concreto en el que se realizará la intervención y qué tipo de tratamiento será el idóneo. Por ejemplo, dónde deberá realizar el tratamiento la persona, si de forma ambulatoria, en el hogar o incluso conservando su rutina cotidiana, o con ingreso en un centro de desintoxicación.

En función de este estudio, se determinará el lugar y forma de la intervención, explica Santos Ruíz. “Por ejemplo, se puede hacer una ‘encerrona’ a la persona adicta en el transcurso de un paseo con su pareja, donde toda la familia se ha puesto de acuerdo para, en un tramo determinado, como un jardín o en el monte, abordar a la persona, quien, de otra forma, hubiese rehusado reunirse”, explica el terapeuta.De esta forma, indica, se consiguen dos objetivos. Por un lado, el shock emocional resultante de que todo el entorno exprese en un mismo lugar y momento su preocupación por la gravedad de la situación de la persona adicta. Por otro, sacar a ésta de su zona de confort, como puede ser su casa, donde podría escabullirse de la situación por medio de un portazo o actuando de una forma ya automatizada para rechazar la realidad. En definitiva, la intervención consiste en una instancia que desarticula y quiebra emocionalmente a la persona para que consiga ver la verdadera situación en la que se encuentra.

Sobre el autor o la autora de las respuestas de este contenido:

Psicóloga. Coordinadora Área Asociativa. en | Web | + artículos
Equipo adictalia
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Multidisciplinar en Adictalia SLU | comunicacion@adictalia.es | + artículos

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