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TESTIMONIOS DE ADICCIÓN

“Es imposible que tú puedas tratar a tu hijo: confía en profesionales y déjate asesorar”

El relato de Emilia, una madre que venció la codependencia y consiguió ingresar a su hijo

10 minutos
Publicado el
Testimonio de la madre coadicta de un alcohólico

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Equipo Adictalia

Comité Editorial | [email protected]

“Mamá, yo controlo. Es un día solamente, porque me siento mal…”, le decía Alejandro a Emilia en su juventud. Así justificaba que necesitaba beber, y a ella la convencía.  “Pero luego ya no era cada mes, ni cada dos meses, ni cada tres, sino un día sí y otro también”, relata Emilia a Adictalia, la red de centros de desintoxicación cuyo equipo terapéutico orientó a esta familia hacia la recuperación.

Alejandro hoy tiene más de 40 años. Empezó a “tontear” con el alcohol en la adolescencia y, más tarde, con otras sustancias, como la cocaína. Hasta tocar fondo y aceptar ayuda, el camino del consumo sin control duró 20 años.

Codependencia

La codependencia de una madre

Es cierto que fue Alejandro quien ingresó para realizar un tratamiento integral durante meses, que hoy continúa reforzando con mantenimiento. Pero el proceso de recuperación involucró también a los familiares cercanos, por medio de terapia familiar. La adicción es una enfermedad que afecta a todo el sistema, no solamente a la persona que la sufre. Por eso, se invita al entorno a que aprenda de la enfermedad y a identificar cómo la adicción le ha afectado. Y se le entrega herramientas para cambiar estos patrones, y así ayudarse y también ayudar a la persona adicta.

En concreto, cambiar las actitudes tóxicas que los vínculos más cercanos desarrollan, con el tiempo, en relación con la persona adicta. En este caso, actitudes de Emilia con su hijo Alejandro. Son “formas”, a menudo sutiles, y otras veces no tanto, que denotan dependencia extrema. Estas conductas se encuadran dentro de lo que se conoce como coadicción: el familiar se obsesiona todo el tiempo por controlar, sobreproteger, encubrir al adicto o adicta, con sus correspondientes consecuencias. 

Aunque tengas conocimiento, aunque sepas el problema, aunque tengas la conciencia de que tu hijo está muy mal, es muy difícil poder ayudarlo, porque él dejaba de hablarme.

En la familia se suelen generar relaciones de amor-odio entre determinados integrantes y la persona adicta; en general, suelen ser las madres, pero no exclusivamente. Por un lado, temen por la vida del familiar con adicción, por quien sienten una profunda pena, y por eso buscan salvarle a toda costa. Lo hacen vigilándole, tapando sus mentiras y cediendo a sus manipulaciones. Por otro, sienten tanta rabia e impotencia por los actos de la persona adicta (y porque, realmente, no consiguen controlarle) que le reprochan, culpan y discuten violentamente con ella, a diario.  Un sinvivir, un péndulo emocional.

La persona codependiente deja de atender sus necesidades para volcarse completamente en la persona adicta. Esto no ayuda  a frenar la enfermedad, pues el familiar codependiente siempre termina cediendo ante el adicto, y éste, encontrando su amparo. Eso mismo le ocurría a Emilia con su hijo. 

¿Por qué consumía su hijo?

Consumir para tapar

“Alejandro era buen estudiante, sacaba muy buenas notas, pero lo dejaba todo a medias. Entonces, empezamos en casa a detectar ciertos problemas de inestabilidad, porque es una persona muy, muy sensible, y yo creo que la mayoría de las personas adictas a cualquier sustancia suelen ser personas con una sensibilidad extrema”, opina Emilia.

Sí, la hipersensibilidad puede ser uno de los rasgos que contribuyan a desarrollar adicción. Pero no el único de una enfermedad multicausal donde intervienen muchos factores: biológicos, psicológicos, del ambiente… Hay personas muy sensibles que ni siquiera consumen. Por eso, cada caso de adicción es único y se destapa a partir de muchas causas combinadas. En el caso de Alejandro, su intolerancia a estar mal era una característica, seguramente combinada con otras, que buscaba el camino de evasión que facilita el alcohol.

Cuenta Emilia que su hijo “estaba todo el día triste, estaba todo el día melancólico, todo el día enfadado con el mundo”. Cuando no consumía, la relación con su madre era muy afectiva y respetuosa.  “Nunca me ha dado una mala contestación, sólo cuando estaba bebido”, admite la madre. Y Alejandro confiesa: “cuando bebía, a mí me cambiaba el carácter. Pero es que necesitaba anestesiar lo que sentía de alguna forma”.

Emilia aclara que su hijo siempre le “ha hecho bastante caso en todo, menos en el tema de su adicción, porque él decía que ‘no, que controlaba’”. Las frases de este tipo son clásicas en las personas que aún carecen de conciencia de enfermedad. Asimismo, son excusas que cuelan efectivamente en familiares codependientes, quienes confían en que “todo pasará” o que la situación “no es para tanto”.

Con el tiempo, la frecuencia y cantidad de consumo de Alejandro empeoró. “Tenía una amargura, no sabíamos lo que era sacarle la sonrisa, porque es que no era persona, era como un zombi”, se alarma Emilia. La adicción tiene una raíz emocional profunda, las personas consumen para aplicar sentimientos que les generan dolor. Por eso dejar de consumir sin más no basta, se necesita una reconstrucción interior potente. “Estaba amargado, primero, porque a lo mejor no consumía, segundo, porque no sé, no sé…”, se desespera la madre.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción

Negación, mentira y manipulación

La negación: mentiras y manipulaciones

Con los años, Alejandro despegó del nido, llevándose consigo su adicción. Pero no la codependencia de Emilia, que seguía sufriendo por él. Durante mucho tiempo, la madre prefería creer lo que el hijo le contaba, es decir, que tenía “todo controlado”. La distancia ayudaba a hacerlo, ya que no lo veía a diario bajo los efectos del consumo. 

Después de la relación en la cual tuvo un hijo, Alejandro conoció a otra persona. “Ella me decía que era muy bueno, le quería muchísimo, pero que sí que consumía y que cuando bebía no controlaba”, recuerda Emilia. Y añade: “Ella sufría mucho porque él lloraba. Y es que, por mucho que él dijera que lo controlaba, ya no controlaba: mi hijo ya estaba pidiendo que necesitaba ayuda”. La pedía, inconscientemente. Pero muchas veces esto no alcanza.

Cuando la madre intentaba intervenir, el hijo le negaba tener un problema, por tanto, discutían y pasaban tiempo sin hablarse. “Es que es muy difícil, muy, muy difícil ayudarlos desde la casa”, sostiene Emilia. “Aunque tengas conocimiento, aunque sepas el problema, aunque tengas la conciencia de que tu hijo está muy mal, es muy difícil poder ayudarlo, porque él dejaba de hablarme”, recuerda. La negación de la persona adicta: la gran ceguera que le impide ver que tiene un problema y debe tratarse. La tormenta que asola a muchas familias.

“Eres incapaz de reconocerlo, de que te estás confundiendo. Como no puedes empatizar contigo, no puedes empatizar con familiares; no te quieres a ti mismo, porque te estás matando, todos los días te estás matando. Es una autodestrucción”, describe Alejandro a Adictalia. Y lanza una pregunta para ayudar a comprender la sinrazón de la adicción: “¿Cómo vas a querer a alguien si no te quieres a ti mismo?”.

Emilia compartiendo un bonito momento con su hijo Alejandro.

En esa actitud de negación, abundan las mentiras y las manipulaciones. Y Emilia, la madre codependiente, lo corrobora: “Sí, él mentía mucho. Me decía: ‘mamá, tengo que cambiar la rueda (o no sé qué) al coche’… Y siempre le estábamos ayudando económicamente”. Y reconoce que estas concesiones al hijo no le ayudaban: “Posiblemente, eso lo he hecho muy mal. Porque mi marido, que no quería que le diéramos dinero, siempre me decía que yo era muy blanda, que no le tenía que ayudar. Yo lo hacía, no sé si por exceso de amor, por exceso de que él estuviera bien, no lo sé. Pero yo sé que eso lo hice mal”. En fin, hay que estar en su lugar para juzgarlo.

Con el transcurrir  de los años, del amor y la pena se pasa a la rabia. “No le soportaba, no era ni buena con él”, admite Emilia. “Antes era blanda, no dejaba que nadie le dijera nada. Pero luego, ya no le hablaba igual de ‘venga, no te preocupes, venga, que tú puedes’. No, no, le decía: ‘no, de aquí no pasa’”, recuerda.

Pero no eran límites sanos los que imponía Emilia, es decir, límites con amor duro. Más bien, lo hacía desde el rencor de no conseguir controlar a su hijo y asumir sin quererlo sus consecuencias. Un control que, por otra parte, es imposible, un espejismo que las personas coadictas mantienen. “Eran noches sin dormir, días sin comer, o sea, mal, mal, muy mal”, describe Emilia el estado en el que se encontraba.

Buscar ayuda profesional

El apoyo profesional

Un día, cuando el ambiente de codependencia se tornó insoportable, el hermano de Alejandro decidió intervenir. “Se vino, dejó todo lo que estaba haciendo y entonces me dijo: ‘Mamá, en esto hay que poner los límites. Entonces habló con Alejandro y le dijo: ‘te vas a estar buscando un centro’. Yo empecé a buscar en Internet y fue cuando di con Adictalia”, relata Emilia.

Tuvo suerte, pues así evitó caer en una empresa terapéutica que le vendiera un tratamiento puntual, una alternativa única sin importar lo que necesitara Alejandro. Incluso, que cayera en engaños por parte personas que buscan lucrarse con esta enfermedad.

La ventaja y el porqué de Adictalia consisten, precisamente, en orientar a la persona a un tratamiento que se ajuste a sus necesidades terapéuticas y posibilidades: no todos los casos encajan en todos los centros. El objetivo, sobre todo, pasa por aliviar el camino a las familias y evitar someterlas a más problemas, como puede ser que su familiar abandone o le expulsen porque ingresó en un lugar inadecuado.

Alejandro, de todas formas, “no quería saber nada de centros”, como él mismo reconoce. Por eso, prometió a sus padres, en cuya casa estaba residiendo, que “él podría solo”. Emilia y su marido se mantenían alertas y desconfiaban, pues soportaban una pesada mochila cargada de mentiras y promesas incumplidas. Así que el departamento terapéutico de Adictalia estuvo allí para asesorarles y acompañarles durante el proceso de ruptura de negación de su hijo. 

“Tuve un apoyo enorme, porque en esos momentos tú tienes la angustia, que se reflejan luego también en tu cara, en tu voz, en todos tus momentos…”, narra la madre, a propósito del acompañamiento que recibió de Adictalia. Continúa: “Me llamaban cada equis tiempo y yo decía: ‘nada, yo creo que lo voy a conseguir, pero me está costando, es que no podemos, estamos con lo mismo siempre, pero no está costando que reaccione’”. 

La negación del adicto es indefinida, no se sabe cuándo cederá. Pero la fe y la práctica de pautas concretas por parte de la familia son claves. Esa es la labor que Adictalia desarrolla, de forma gratuita, incluso durante meses, con familiares que están lidiando con el rechazo de la persona adicta.  “Una chica, la que hablaba conmigo siempre, me decía: ‘Ten paciencia, que al final lo vas a conseguir. Tú ten paciencia’. Eso era un apoyo para mí, porque no tiraba la toalla”, manifiesta Emilia.

La adicción se puede superar, con la ayuda adecuada.

Tocar fondo

La reacción familiar cuando tocan fondo

Lo cierto es que Alejandro lo intentó por su cuenta: estuvo un mes sin beber. Pero un día… “Un día, después de comer, me dice que se va a andar. Le digo: ‘qué raro, tú no te puedes ir a andar hasta esas horas’. ‘Sí, sí, me voy a andar’, me dice”, narra Emilia. En sus paseos diarios por el campo, Alejandro había encontrado una carretera repleta de bares. Y no había podido soportar el craving, el deseo orgánico de consumir

“Salió su padre detrás sin que él lo supiera y cuando iba a entrar en el bar, pues no le dejó ni que le sirvieran y le trajo para casa”, rememora la madre. Entonces, “se vino y ahí ya le dije: ‘mira, ya no más, ya tengo hablado con un centro y mañana mismo te vas para allí”, le exhortó. La vergüenza de haber sido descubierto y el sentimiento de fracaso una vez más por recaer le hicieron ver a Alejandro que necesitaba ayuda externa.

“Pero aun así, pidiendo esa ayuda y sabiendo que algo te pasaba, te sigues negando, porque es muy duro asumir que tienes una enfermedad”, confiesa el hombre. “Vamos al centro este que me has comentado hace ya días y, aun así, no voy a gusto; voy a ir a probarlo, voy a mirarlo y si no me convence me vuelvo”, le aclaró Alejandro a la madre. 

Buscando soluciones en casa

Dos meses de trabajo en casa

Para Emilia y su familia, el ingreso fue el primer resultado firme de un cambio de actitud codependiente, en el que Adictalia tuvo mucho que ver.  “A mí me aportó mucha fuerza”, asegura la madre en relación con el asesoramiento terapéutico para conseguir que el hijo aceptara ingresar. “Estuvimos dos meses esperando hasta conseguirlo”, y, de hecho, se fue como diciendo: “me voy por no veros”, admite la madre. Con todo, decidió hacerlo, y por voluntad propia. Y eso es una gran victoria de paciencia familiar y firmeza.

“Porque tampoco le podías llevar atado, ni mucho menos, pues es una persona mayor y si quiere va y si no, no va. Y aunque tú le lleves obligado, se puede ir. No nos quedó otra que esperar el momento adecuado”, explica Emilia. Cierto, cada persona adicta tiene su momento consciencia. Y, cuando llega, la familia debe estar allí para activar de inmediato los protocolos de ingreso, no vaya a ser que la enfermedad vuelva a cambiarle de parecer.

Desde el primer contacto de Emilia con Adictalia ya estaba claro sobre dónde debían acompañar a Alejandro. “Les dije un centro, que éramos gente muy normal, que tampoco teníamos mucho dinero… Y bueno, pues el equipo me aconsejó éste, que estaba lejos de la comunidad donde estábamos viviendo”, recuerda. La distancia es un obstáculo terapéutico interesante para evitar que la persona se dé el alta voluntaria y regrese a casa. 

A diferencia de lo que Alejandro imaginaba, descubrió en el centro una alternativa de salida. Por un lado, las personas “maravillosas”, como él las describe, que estaban allí tratándose, le acogieron y comprendieron, reportándole un respaldo emocional enorme. Por otro, el equipo terapéutico le sumergió en un proceso que, aunque duro, le demostró resultados concretos. Desde ese momento, Alejandro se embarcó en la reconstrucción su vida desde los cimientos.

Porque tampoco le podías llevar atado, ni mucho menos, pues es una persona mayor y si quiere va y si no, no va. Y aunque tú le lleves obligado, se puede ir. No nos quedó otra que esperar el momento adecuado.

Al principio, de todas formas, su actitud de negación hacía sospechar hasta a los propios psicólogos del centro. Pero la madre no perdía la esperanza en su hijo. “Cuando empecé a hablar al centro”, cuenta Emilia, “me dice el psicólogo de que él no le daba una hora allí dentro. Y yo le dije: te equivocas”. Y así fue. El proceso terapéutico empezó a mostrar sus frutos.

“Cuando empezamos a ir a verle al centro era una felicidad enorme, porque Alejandro hablaba, reía. Y es que llevaba tiempo con una pena…”, recuerda Emilia. “El cambio tan radical que dio fue impresionante: hoy se levanta, hace la habitación, barre la sala, con alegría, con música, empezó otra vez a pintar. Es que era mi hijo, el que fue siempre cuando no tenía la adicción”, asegura emocionada.

Alejandro, por su parte, reconoce que la ayuda y el apoyo de la familia fueron fundamentales en su recuperación. Y no deja de pedirles perdón por el sufrimiento que su enfermedad les ocasionó. 

Por su parte, Emilia es consciente de que cambiar su actitud de sobreprotección hacia su hijo a una de firmeza, fue crucial para que éste ingresara. Sabe que el camino del amor duro es lo que les queda a las familias para romper la negación. Esto se traduce en una frase: Te amamos incondicionalmente, pero te acompañaremos y estaremos contigo si decides tratarte, aceptar nuestra ayuda. 

Otra cosa tiene clara Emilia: “Los familiares no somos capaces de tratarles: una madre, aunque tenga los conocimientos que tenga, aunque sea psicóloga, es imposible que tú puedas tratar a tu hijo, porque a ti no te va a hacer caso”. Por eso, invita a que siempre “busquen profesionales y que vayan donde los dirijan, al centro que les conviene”. Porque, insiste, “cada persona es un mundo, todas las personas no son iguales, ni todos los consumos son iguales”.

Alejandro logró recuperarse de la adicción, y sigue combatiéndola con el apoyo de sus padres y seres queridos.

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2 comentarios

  1. Juan Ignacio 13 Ene • 13:38

    Excelente testimonio

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