FAMILIA
Grupos de ayuda para familiares de personas adictas
Cómo funcionan estos espacios destinados a superar la codependencia al adicto o adicta
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Equipo Adictalia
Cuando se habla del tratamiento de la adicción, generalmente se pone el foco en la persona que sufre en carne propia la enfermedad. Y se buscan los recursos terapéuticos necesarios para estas personas. Esto, siempre que el entorno esté más o menos informado de cómo proceder, cosa que no suele pasar. Es lo que ocurre con una patología desconocida, por estigmatizada, donde las personas suelen nadar en un mar de incertidumbre.
Como sea, pocas veces se piensa en la salud mental de la familia de la persona adicta. El entorno humano que soporta día a día los embistes de la enfermedad: las conductas del adicto o adicta, sus mentiras, manipulaciones, agresiones… Y que termina agotada, desgastada y, además, desarrolla perfiles dependientes al familiar adicto y actitudes tóxicas. Por eso, precisamente, en España existen recursos específicos para ayudar a esas familias.
Asociaciones y comunidades como Al-Anon, Nar-Anon o Familias Anónimas son un ejemplo de un gran número de organizaciones que ofrecen grupos de ayuda mutua para familiares de personas adictas. Se trata de espacios donde “ayudamos a familiares y amigos del adicto o adicta, a través de reuniones presenciales y online, gratuitas, anónimas donde la idea es escuchar las experiencias de aquellas personas que han pasado por lo mismo”, explica Lourdes, fundadora del primer grupo de Nar-Anon en España.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción
La idea de los grupos para familiares de personas adictas, precisan desde Al-Anon, es que “un cambio de actitud en los familiares puede ayudar a la recuperación personal y quizás del propio alcohólico” o adicto.
La cantidad de entidades de este tipo es difícil de determinar. Además, cada una cuenta con grupos esparcidos en todo el territorio español, a menudo armados de forma espontánea por familiares del lugar, algo que ha caracterizado la filosofía de los grupos de ayuda mutua desde sus orígenes. Algunas organizaciones se encuentran más estructuradas y profesionalizadas, incluso a nivel terapéutico, con programas asesorados por profesionales. Otros son más informales. Todos, en cualquier caso, sirven de espacio donde descargar el sufrimiento y sentirse en compañía.
El Centro Informativo de Adicciones (CIA) de Adictalia ha contactado con, al menos, nueve asociaciones con grupos de ayuda para familiares de personas adictas para saber cómo funcionan. Aunque en este artículo se citan las voces de la asociación Familias Anónimas, Nar-Anon y Al-Anon, se ha tenido en cuenta las opiniones del resto de entidades.
La influencia de Alcohólicos AnónimosUna base de Alcohólicos Anónimos
A finales de los años 30 del siglo pasado, Bill Wilson y Bob Smith crearon en EE.UU. los 12 pasos, un programa de recuperación para personas que sufrían alcoholismo. El objetivo era que aquellas personas con consumos compulsivos de alcohol tuvieran una forma de superar su enfermedad y construir una vida más sana y productiva.
Gracias a los 12 pasos y las reuniones que organizaban Bill Wilson y Bob Smith nació Alcohólicos Anónimos, una comunidad de ayuda mutua internacional cuyo objetivo es que sus miembros mantengan la sobriedad y ayuden a otros a lograrla. Hoy, lo que comenzó como reuniones altruistas de personas anónimas, se ha convertido en la mayor comunidad de ayuda mutua del mundo. Cientos de personas han encontrado el camino de la sobriedad gracias a A.A.
Esta filosofía la han adoptado cientos de asociaciones y organizaciones alrededor del mundo, para ayudar a personas que sufren cualquier tipo de adicción. Con el tiempo, a medida que se detectó cómo trabaja la enfermedad, empezaron a surgir al calor de aquellos grupos, otros para ayudar a la otra parte que sufre cada día la enfermedad: la familia.
De la misma forma que los grupos para adictos o adictas, las asociaciones como Familias Anónimas, Nar-Anon o Al- Anon “basan su programa en los 12 Pasos de Alcohólicos Anónimos, pero adaptados a las necesidades de quienes viven o han vivido con alguien que sufre esta enfermedad”, aclaran desde Al-Anon.
Las similitudes de estos grupos con A.A. van más allá de la adaptación del programa. Aspectos como el anonimato, la ayuda mutua, la independencia político-religiosa y responsabilidad financiera conforman las bases de la mayoría de estas organizaciones.
El poder de la ayuda mutuaCompartir para liberarse de la carga
Al-Anon, Nar-Anon y Familias Anónimas ofrecen el mismo servicio: reuniones de ayuda mutua. Las reuniones suelen ser de manera periódica y duran, generalmente, entre una y dos horas. Todo comienza con la bienvenida a las personas asistentes, para de inmediato pasar a las lecturas. En el caso de Al-Anon, ésta es una “literatura aprobada” por la Conferencia (LAC), que viene de su Oficina de Servicios Mundiales, situada en Estados Unidos. Por su parte, la literatura de Familias Anónimas viene aprobada desde Familias Anónimas de EE.UU.
El grueso de las reuniones de familiares consiste en compartir situaciones dolorosas, incertidumbres, logros y esperanzas. “Los miembros comparten de forma voluntaria sus experiencias personales, cómo les ha afectado el alcoholismo de un ser querido y cómo aplican los principios de Al-Anon en su vida diaria” para salir adelante y no caer con la persona adicta, incluso poder ayudarla, explican.
Este proceso ayuda enormemente a las familias de personas adictas, porque les hace ver “que no están solas”, dicen. “A veces, simplemente escuchando, te liberas de la carga, te sientes identificado y sientes mucho alivio”, reconoce Lourdes, fundadora del primer grupo de Nar-Anon en España.
Este proceso, donde los familiares exponen sus vivencias, sentimientos e inquietudes, se rige por la escucha activa. “Nadie da consejos ni se interrumpe a quien está hablando. No hay comentarios, juicios ni debates”, detallan desde Al-Anon. Gracias a ello, se crea un “espacio seguro”, como lo califican desde Nar-Anon. Es decir, un ambiente “de confianza y comprensión donde se puede sanar desde la empatía y la experiencia compartida”, añaden.
Una vez que las personas asistentes hayan compartido sus experiencias, el grupo cierra la reunión: “se suele leer una despedida y hacer una reflexión final”, indican.
La familia también debe tratarseLa familia debe tratarse, igual que la persona adicta
Con el tiempo, la familia desarrolla relaciones tóxicas, de codependencia hacia la persona adicta. Se sabe que la adicción es una patología que se sostiene sobre una “forma de estar”, de convivir, en familia, que colabora con la enfermedad. De hecho, se menciona la adicción como una enfermedad sistémica, que inunda todo el sistema familiar. En otras palabras: si el entorno aplicará amor duro, firmeza y unidad, la persona adicta debería tomar algún camino, pero no quedarse en casa solamente para embarrar la cancha.
Los recursos para la persona adicta están claros: centros de ingreso, comunidades terapéuticas, unidades ambulatorias, grupos de ayuda… Pero, ¿qué pasa si, pese a que la persona adicta pasa por tratamiento, la familia no revisa sus emociones, actitudes, relaciones?
“Los padres y madres de personas adictas estamos igual de enfermos que ellas porque sufrimos algo que pocos saben que existe: la codependencia”, aseguran desde Familias Anónimas. Se entiende por codependencia el trastorno que desarrollan los familiares, quienes manifiestan una excesiva preocupación hacia los problemas de la persona adicta.
Esa preocupación se traduce en “obsesión, angustia, miedos, sentimientos, culpabilidad, exceso de control, dependencia emocional, aislamiento…”, enumeran desde Al-Anon. Todo esto hace que el familiar o familiares codependientes descuiden por completo su vida y la encarcelen para vigilar a la persona adicta.
El mayor problema que trae consigo la codependencia es que quien la sufre no es consciente de ello. Algo parecido a lo que le ocurre a todos los y las adictas en activo. Así lo explican desde Al-Anon: “Incluso negamos que necesitamos ayuda, porque creemos que si la persona deja de beber, todos nuestros problemas se solucionarían”.
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Afirmar que la adicción solo afecta a quien consume sería reduccionista. Tal y como menciona Lourdes, “es una enfermedad familiar, porque, como familiares, sufrimos las actitudes, mentiras…”. Por eso, desde Familias Anónimas creen que es importante tratase, porque “el adicto está manipulando a la familia y ésta no se da cuenta”. Para corroborarlo, desde Al-Anon lanzan un dato: “el alcoholismo afecta la vida de entre cuatro y siete personas que están alrededor de la persona alcohólica”.
¿Y cómo se trata a una persona con codependencia? De partida, rompiendo con una idea erróneamente instaurada en el pensamiento familiar. “El programa nos hace ver que, como familiares, no tenemos poder sobre la persona adicta, es decir, que solamente podemos ayudarles, si ellos quieren. Por tanto, no somos quién ni tenemos poder sobre ellos”, reconocen desde Familias Anónimas.
Esta idea primordial se trabaja en los grupos de ayuda para familiares de personas adictas. “Asistiendo a las reuniones de Al-Anon aprendemos a liberarnos de las obsesiones y el control hacia nuestro familiar alcohólico, porque no podemos cambiarlo y tampoco es nuestra responsabilidad”, reconocen.
Entidades como Familias Anónimas, Nar-Anon o Al-Anon quitan el foco de la persona adicta para ponerlo sobre la familia. “Nos centramos en lo que sí tenemos capacidad de cambiar: en nosotros mismos. Cambiando nuestras actitudes, mejoramos personalmente y mejora nuestra relación con la persona alcohólica”, señalan desde Al-Anon.
Terapia grupal, una herramienta claveEl grupo, una herramienta para la familia
Todos los grupos consultados por el CIA de Adictalia coinciden en algo. “Las personas llegan a los grupos como último recurso, agotadas a nivel emocional y sin saber cómo recibir ayuda”, explica Lourdes. Desde Familias Anónimas son más contundentes: “en el 90% de los casos los padres llegan deshechos y con una vida totalmente desestructurada”, aseguran.
A medida que van avanzando las sesiones, y gracias al apoyo del grupo, el familiar puede cambiar por completo su actitud vital y frente a la enfermedad. Porque “asistir a Al-Anon no cambia directamente a nuestro ser querido, pero transforma profundamente la forma en que los familiares nos relacionamos con nosotros mismos y con la situación”, dicen desde esa organización.
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Ese cambio de actitud repercute directamente en la persona adicta. “Si antes éramos muy complacientes y ahora no, el adicto lo va a notar”, ejemplifican desde Familias Anónimas. El cambio conlleva tomar medidas con la persona adicta, hacer lo que no se había hecho hasta el momento: marcar límites, practicar el amor duro. “En Familias Anónimas hablamos del amor duro y de poner límites. Además, creemos que si los padres llegasen primero a un grupo como este, que les explicase la realidad, tocarían fondo antes y la situación iría a mejor”, aseguran.
Inculcar el amor duro implica que los familiares entiendan que la persona adicta tiene que estar incómoda con su vida. Es decir, hacer todo lo posible para sacarla de su zona de confort, de “esa cárcel que se llama droga”, dicen desde Familias Anónimas.
Ese cambio de actitud también conlleva asimilar la idea de que el alcoholismo de un hijo, hija, padre o madre no es culpa de la familia. Comprender esto “reduce la ansiedad y permite tomar distancia emocional”, explican desde Al-Anon. Gracias a ello, la familia se desprende de culpas, resentimientos, miedos, aislamiento. “Así comenzamos a tener una vida más sana y útil que repercute en la persona adicta”, dicen.
Beneficios de los grupos para familiaresCambios que se experimentan al asistir a grupos para familiares
Estos son los cambios que suelen experimentar los y las familiares de personas adictas que acuden a grupos de ayuda mutua, según la organización Al-anon:
Menos conflicto y discusiones.
Cuando dejamos de controlar al adicto/a, se reducen las peleas, la manipulación emocional y el drama constante. El ambiente en el hogar puede volverse más tranquilo, incluso si el consumo persiste.
Mayor estabilidad emocional.
En lugar de reaccionar impulsivamente ante cada recaída, promesa rota o crisis, respondemos con más calma, porque hemos aprendido a centrarnos en nosotras/os mismas/os y no vivir en función de otra persona.
Límites saludables.
Amar no es controlar y los límites también son una forma profunda de amor. Por ejemplo, una madre puede dejar claro que no va a prestarle más dinero a su hijo para consumir, sin necesidad de gritar ni sentirse culpable. Un esposo puede decidir no encubrir más las consecuencias del consumo de su pareja, sin dejar de dormir. Una hija puede tener vida propia e independizarse, aunque su padre siga bebiendo y no vivir en un estado de culpabilidad constante.
Mejor cuidado personal.
Es bueno retomar actividades que nos nutren (trabajo, amistades, ocio, descanso, salud mental,…) y dejar de vivir en estado de alarma permanente.
Cambios en la dinámica familiar.
Curiosamente, cuando los familiares dejamos de alimentar ciertos patrones (como el control, el sacrificio extremo o el rescate constante), a veces el propio adicto/a comienza a cuestionarse y buscar ayuda, al ya no tener quién lo/a “sostenga” en su adicción. La familia ya no gira en torno a su adicción.
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