TESTIMONIOS DE ADICCIÓN
“Me había transformado en un guardia civil de mi marido, hasta que dije: hasta aquí, no más”
Cómo Carmen venció la coadicción y ayudó a su pareja a tratar su dependencia
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Equipo Adictalia
Cuando Carmen conoció a David, en la adolescencia, y empezaron a salir, él ya consumía diferentes sustancias, además del normalizado alcohol. Ella, como muchas parejas, se sumó al hábito. Entonces practicaban un consumo de ocio. “Lo hacíamos en la época de discoteca, lo típico cuando eres joven, un consumo esporádico, de fines de semana”, relata Carmen.
La adicción es una enfermedad que no aparece de un día para el otro. Lleva tiempo para desarrollarla y, además, lo hace en personas que reúnen determinadas características psicológicas, biológicas, familiares, sociales, ambientales… Es decir, que no todas las personas se vuelven adictas después de consumir, ni tampoco de la noche a la mañana cuando consumen.
Carmen, por ejemplo, dejó de hacerlo cuando se casó con David. “Era como que había pasado esa época, que era la tontería de probar y pensaba que él también había dejado de consumir”, aclara la mujer. Pero no fue así, su pareja fue a más y cayó en un profundo pozo al que arrastró a toda la familia.
Con el consumo a escondidas, la pareja tuvo un hijo y una hija. Cuando esta última nació, y al poco tiempo falleció su padre, a David se le vino el mundo encima. Los miedos, que siempre le habían rondado, se apoderaron de él. Y el consumo es un excelente aliado de la huida, de la evasión. Así que de practicarlo algunas veces por semana, pasó a ser un hábito casi cotidiano.
El adicto tiene que ser muy consciente de que cuenta con el apoyo de su familia, pero de que los límites se los tiene que marcar él.
Carmen sentía que algo no iba bien, pero realmente no comprendía que David tenía un verdadero problema con el consumo. En verdad, la mayoría de las familias responden así ante esta situación, porque desconocen las señales y, sobre todo, que la adicción constituye una enfermedad.
“Me iba con mentiras de que había sido sólo un día, que había salido con los amigos. Pero no me daba cuenta” de que era adicto, confiesa Carmen. Con el recrudecimiento del consumo, y la caída al vacío, la mujer empezó a detectar comportamientos descentrados que le llenaban de angustia y ansiedad: “Llamadas de teléfono extrañas, vi falta de dinero y empecé a preguntarle, pero claro, tampoco me lo decía”, recuerda.
CoadicciónCoadicción: la dependencia familiar de la persona adicta
Las sospechas, el miedo a lo que pueda ocurrir, la desconfianza, la rabia por los actos de la persona que consume, la impotencia de no saber qué hacer… son algunos de los condimentos de la coadicción o codependencia. Este es un trastorno que sufren las personas más cercanas al adicto o adicta. Pueden ser madres, padres, parejas, hijos… que renuncian a su vida para controlar y vigilar obsesivamente a su familiar con adicción. Siempre, claro está, de forma inconsciente.
Carmen empezó a experimentar codependencia a medida que David caía cada vez más profundamente en la enfermedad. “A partir de ahí, pues cada equis tiempo le pillaba algo y teníamos bronca. Y ahí fueron unos años que su carácter era muy diferente”, relata la mujer, haciendo referencia a que su pareja se mostraba agresiva.
En muchos casos, la pérdida de control causada por la necesidad de consumir no impide que la persona sea funcional en su vida. David, por ejemplo, “ha llevado una vida relativamente normal, en el trabajo, en familia…”, admite Carmen. Y este escenario de aparente normalidad en ciertas esferas, que para la sociedad son importantes, dificulta determinar que existe realmente una enfermedad: la adicción.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción
La gente aún conserva en su retina la imagen del yonki tirado en la calle cuando imagina a una persona adicta. Pero, en realidad, los grilletes del consumo, la necesidad obsesiva por tapar el sufrimiento, pueden convivir con una vida aparentemente estructurada, como la que intentaba llevar David. De hecho, confiesa Carmen, “para todos ha sido una sorpresa el que él fuese adicto, porque nadie sabía de su consumo, solo los de su entorno muy cercano”.
Por eso, precisamente, muchas veces las señales de la adicción empiezan a aparecer poco a poco y de forma aislada. Y esto desgasta las relaciones familiares aún más, porque las va envolviendo en comportamientos tóxicos que pasan desapercibidos.
“Tampoco sabíamos realmente cuál era su nivel (de consumo)”, aclara Carmen. Pero lo cierto es que le llegaba a faltar dinero en su monedero, y las mentiras y manipulaciones de su marido eran permanentes para conseguir lo que quería. “Me estaba hablando por teléfono, me estaba diciendo ‘voy para casa’, y se estaba yendo a gastarse 10 euros” para consumir, relata.
El primer intento de tratamientoTiene que estar muy seguro el adicto de que quiere salir y no únicamente hacerlo por su pareja, porque es más difícil si lo hace por otra persona.
El primer apoyo
En 2019, David no soportó más las deudas acumuladas y le confesó el problema a Carmen. Ella decidió acompañarle a buscar una solución. Encontraron un psiquiatra en el pueblo y David inició una terapia ambulatoria. Pero fue insuficiente para su estado de compulsión: cuando salía de consulta, se iba a consumir. Lo hacía de forma más espaciada en el tiempo, sí, pero cuando lo hacía era tremendo.
La coadicción de Carmen empeoró al ritmo del consumo de David. “Yo iba siempre buscando todas las superficies a ver si veía algo que me hiciera sospechar; le revisaba el móvil, el bolso, la cartera…”, admite la mujer. La obsesión daba para más, porque la desconfianza se torna gigantesca. “Perdí toda la confianza: todo lo que me decía, todo, pensaba que me estaba mintiendo, y controlaba siempre el banco”, confiesa Carmen.
El control obsesivo de la persona coadicta sobre la adicta no tiene límites de tiempo ni espacio. Y, claro, le genera un enorme dolor a quien lo ejerce. “Cuando nos juntábamos con la familia, siempre estaba pendiente de él, de qué hacía, cómo se comportaba”, recuerda Carmen. Hoy analiza esto como un intento de “esconder a todo el mundo lo que David podía hacer”, por vergüenza. Incluso, reconoce, “quería evitar que se juntase con gente para que no quedase en ridículo, porque tenía comportamientos que no eran los adecuados”. Carmen se sentía como la “tapadera” de su marido. Y más que su pareja, como un “guardia civil”, admite.

Estos sentimientos de rabia e impotencia, derivados de la obsesión, se mezclan en las personas coadictas con la pena profunda por el ser querido. Una tristeza que les impulsa, inconscientemente, a proporcionarles comodidad, victimizarles, encubrir sus actos. La fluctuación de actitudes desequilibra a cualquiera y no ayuda en nada a quien sufre la adicción. Porque sabe que, haga lo que haga, tendrá a su familiar codependiente ahí, para pagar sus consecuencias y solucionar los líos en los que se meta.
“He sufrido mucho porque no entendía, no sabía que él era adicto, pensaba que era un vicio, siempre luchaba con él: ‘Déjalo, que ya no tienes edad para esto, tenemos una familia…’”, le insistía Carmen. “He sufrido mucho por verlo, por ver que la familia se destruía, que nuestros hijos iban a vivir cosas que no deberían de haber vivido”, expresa.
El desconocimiento y la incertidumbre generan dolor en la familia. Por eso es fundamental que el entorno del adicto o adicta también se trate psicológicamente, para aprender de la enfermedad y adquirir herramientas. “Yo entendí lo que era una adicción cuando él ingresó y empecé a leer y a leer”, señala Carmen.
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El amor duro que forzó el ingreso
Agotada de la situación, Carmen le plantó cara a su marido. “Hasta aquí llegamos, en mi casa esto no lo voy a consentir. Si tú quieres seguir, tiene que ser fuera de esta casa”, le manifestó.
Tras esa clara pauta de ‘amor duro’, David, que “siempre se había negado”, comprendió que “no tenía otra salida que ingresar”. Hasta ese momento, si bien acudía a consulta ambulatoria, David repetía: “Yo podré salir de ésta por mi cuenta, no necesito ingreso”. Una frase bastante común en quienes sufren esta enfermedad y están en negación.
El psiquiatra les proporcionó el teléfono de Adictalia, un servicio de orientación gratuito que estudia el caso en detalle para recomendar un centro adecuado. Se trata, en definitiva, de despejar la incertidumbre y el desconcierto que sienten las familias, y evitar que caigan en falsos tratamientos.

“Si eres tú el que buscas un centro, pues no sé, vas a buscar el que más publicidad haga o el que te haya recomendado alguien”, explica Carmen. “Pero Adictalia te busca el centro que más se adapta a tus necesidades, tanto de distancia como de economía; tienen centros por toda España y te buscan el que más se adapta a ti”, precisa.
David viajó varios cientos de kilómetros para ingresar. Es lo más recomendable, cumplir el proceso lejos, para evitar tentaciones de abandonar a la primera de cambio. A su vez, Carmen inició una terapia familiar en el mismo centro, cada vez que iba de visita. “Esta distancia nos hizo darnos cuenta de cuánto nos queríamos y cuánto nos necesitábamos, y que yo estaba ahí para ayudarle y estoy para ayudarle siempre”, reconoce.
Escuchen mucho a los terapeutas, porque siempre les van a dar buenos consejos.
“Sí que es necesario el tratarnos también psicológicamente a las familias”, coincide Carmen. En esas terapias ella se “pudo abrir y expresar todo lo que yo sentía”, y empezó a estudiar sobre la enfermedad. “Me ha ayudado mucho leer e informarme sobre la adicción”, afirma.
Sugiere Carmen a otras parejas que están pasando por lo mismo, que “no hagan como que no pasa nada, que no intenten poner un velo y decir: ‘bueno, va todo bien, tenemos trabajo, y hago como que no está pasando nada’. No, busquen ayuda cuanto antes, porque si no buscas ayuda no va a salir. Y si él no se decide, tienes que buscarla tú…”
Ahora bien, ella es consciente de que, más allá de su papel, la voluntad de salir debe ser clara en la persona adicta, como ocurrió con David. “Tiene que estar muy seguro el adicto de que quiere salir y no únicamente hacerlo por su pareja, porque es más difícil si lo hace por otra persona”, avisa.
En ocasiones, el tratamiento fracasa porque las familias tiran por su lado, presas de la coadicción, que omiten tratarla. De hecho, cuando la persona adicta entra en el centro, bajan la guardia porque creen que el problema ya está solucionado. Nada más lejos de la realidad. Para estas familias, el conflicto reside sólo en el adicto. Por eso terminan actuando desde el desconocimiento y perjudicando el proceso terapéutico.
En este sentido, Carmen recomienda que, “sobre todo, escuchen mucho a los terapeutas, porque siempre les van a dar buenos consejos”. Reconoce el apoyo “grandísimo” por parte del equipo terapéutico de Adictalia, antes y durante el tratamiento. Así como el seguimiento “muy grande, preguntándonos constantemente cómo va su recuperación”, una vez que sale del proceso.
Acompañamiento postratamientoSí que es necesario el tratarnos también psicológicamente a las familias.
La familia en el postratamiento
El postratamiento conforma una parte fundamental de la recuperación, es cómo sigue la vida. Esta es una enfermedad crónica, que requiere un mantenimiento constante para reforzar los nuevos hábitos. En este sentido, la familia desempeña un “papel muy importante, en cuanto al acompañamiento, a entender a la persona, empatizar con su lucha contra la enfermedad”, sostiene Carmen.
Ella, por ejemplo, ayuda a su marido “priorizando su recuperación, escuchándole cuando quiere hablarme de sus problemas, respetando sus horarios de terapias, acompañándole en todo el proceso: horarios, restricciones, límites…”, describe. Y también apuntalando su estado de ánimo: “Tengo en muchos sitios de la casa, en palets, frases motivadoras, y cuando a David le gusta alguna frase, pues la escribe y la pone en la nevera como para recordárselo”.
Otra pauta relevante para reforzar la abstinencia consiste, por ejemplo, en “no tener alcohol” en casa, aconseja Carmen. Habría que añadir que ninguna sustancia psicoactiva. “De hecho, los domingos, cuando vamos al campo, si a mi padre le apetece beber una copa de vino con la paella, pues él se lleva la botella y, si no se la termina, se la lleva”, especifica.

Pero ella es consciente de que los límites deben partir de David, de su trabajo interior, consigo mismo. “Si somos la familia la que le ponemos los límites o las prohibiciones, al final va a actuar como cuando estaba en consumo: huir para evitar estos límites”, admite. Así que “tiene que ser muy consciente de que cuenta con el apoyo de su familia, pero de que los límites se los tiene que marcar él”, destaca Carmen.
En todo caso, después de estos años de recuperación de su pareja, Carmen siente que sus vidas “han cambiado al 100 por ciento” en sentido positivo. Observa “mucho más tranquilo, mucho más comunicativo” a David. De hecho, asegura, “he recuperado la confianza en él, y él, la confianza en mí. Ahora es otra persona, hay comunicación, no está agresivo, y cuando tenemos una discusión, que en todas las parejas las hay, pues lo hablamos y se soluciona, cosa que antes no pasaba”.
Sin duda, este cambio deriva del proceso terapéutico emprendido por David. Pero también por los cambios protagonizados por Carmen, a partir de la terapia familiar. Una familia es un sistema donde cada elemento influye en el otro, según se posicione de tal o cual forma. Y esto no es diferente cuando uno de sus integrantes sufre una adicción. Carmen consiguió, así, vencer la coadicción.
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4 comentarios
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PEPI 15 Feb • 23:26
Esta Historia Es Verdadera,yo Tengo La Situacion Como Ella.mi Hijo Eta En Centro Reto Desde Dos Anos,pero No Tiene Progreso.quero Preguntar Si Es Posible,se Puede Recuperarle En Vuestro Centro,o Projecto Hombre ,sin Dinero.el Es Extranjero De Bulgaria.
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hola. Yo no sé si realmente alguien que no quiere, se puede rehabilitar ,está en el momento de negar y mentir complicandome la vida.
Y realmente creo ,que esto solo, lo entiende quien lo pasa.