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La intervención en adicciones o cómo ayudar a romper la negación de un adicto

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Intervencionista en adicciones

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Intervencionsita en adicciones en Independiente, colaborador de Adictalia.es | Web | + artículos

“Las personas que estamos mejor preparadas para guiar una intervención en adicciones somos las que hemos vivido la adicción, porque entendemos mejor la enfermedad y las situaciones que atraviesan quienes sufren esta enfermedad”. Así de contundente se muestra José López Navarro, intervencionista en adicciones que colabora con Adictalia, a quien acudimos para que ayude a arrojar claridad sobre en qué consiste un trabajo de intervención.

La figura más popularizada en España de alguien que guía un proceso de intervención que expone el reality televisivo Hermano mayor.  Su protagonista, un ex deportista de elite, sufrió adicción a las drogas y, desde el lugar que le otorga la superación personal y deportiva, y el reconocimiento público, ejerce de coaching para adolescentes conflictivos, muchos con problemas de consumo. Sin embargo, probablemente el formato le añada, como es previsible, una alta cuota de espectacularidad y sensacionalismo al proceso de intervención en adicciones que tiene lugar en la realidad. 

El intervencionista en adicciones José López Navarro

Pese a la popularidad del programa televisivo, la intervención constituye un proceso desconocido por muchas familias que tienen a una persona adicta en su hogar y que rechaza recibir ayuda o, incluso, niega su adicción. Un proceso que constituye, precisamente, un recurso para poder instar a esa persona que se encuentra abusando de las drogas y en negación a que tome consciencia sobre su enfermedad y que acceda a ser tratada.

“Para mí ayudar es una vocación, llevo muchos años haciendo voluntariado”, aclara este técnico especialista en electricidad, quien llegó a descubrir el ámbito de la intervención en adicciones tras dar clases voluntarias de fotovoltaica a adolescentes expulsados de institutos. “La mayoría de ellos consumían porros o alguna sustancias; y sin dedicarme a intervenir oficialmente, yo ya estaba cerca de núcleos de personas en desventaja social que necesitaban ayuda”, se sorprende José.

También ejerció la presidencia voluntaria en una asociación que asistía a personas recién diagnosticadas de VIH/sida, varias de ellas infectadas a raíz de consumir drogas, y a sus familiares. Y colaboró en Colombia con un centro de drogodependientes, donde descubrió la posibilidad y sus cualidades para convertirse en intervencionista.

QUÉ ES UNA INTERVENCIÓN EN ADICCIONES

– ¿Cuál es el papel de un intervencionista en adicciones?

– La familia me llama porque su familiar consume drogas de forma problemática y no acepta ser ayudado o ayudada: no quiere tratarse. Mi trabajo como intervencionista en adicciones es hacer ver, darle un nuevo punto de vista, a la persona adicta o a la que tiene un consumo problemático, aquello que nadie ha conseguido: que puede parar y que existe otra vida sin consumo. La persona suele aceptar tratarse.

– Tu trabajo no consiste en que la persona deje de consumir, sino en que quiera aceptar tratarse, ¿correcto?

– Yo no digo a nadie lo que tiene que hacer o dejar de hacer, esa no es mi misión. Ese objetivo “oculto” que desea gran parte de la sociedad de que la gente no abuse o no use sustancias, no es real. No estoy para acabar con el consumo. Mi función es hacer ver a la persona que está metida en la adicción y quiere parar, que hay una manera de conseguirlo, de que lo logre.

¿Pero qué pasa la mayoría de las veces que me encuentro con personas adictas? Que no saben realmente nada de la recuperación. Yo les digo: “Existe otra nueva vida, y si después de medio año o un año que la hayas probado quieres seguir consumiendo, puedes hacerlo; pero no dañes al menos a quienes están a tu lado. Porque tú eres libre, puedes hacer lo que quieras, pero date la oportunidad de saber que hay una manera de parar, y luego decides”.

Pienso que cada uno debe hacer lo que quiera con su vida, pero me duele que exista mucha gente que está sufriendo sin saber realmente que existe una alternativa, que hay una salida, y que la adicción puede detenerse: se puede parar de consumir y construir una nueva manera de vivir, y luego tu decides. Ahora bien, no cualquiera sabe cómo ayudar a la persona que consume. Yo lo que hago es proponer, simplemente: “Esto es algo nuevo que a ti nadie te ha explicado; puedes parar realmente y se hace de esta forma. Una vez que lo conozcas y lo pruebes, luego haz lo que quieras con tu vida”.


Yo lo que hago es proponer, simplemente: “Esto es algo nuevo que a ti nadie te ha explicado; puedes parar realmente y se hace de esta forma. Una vez que lo conozcas y lo pruebes, luego haz lo que quieras con tu vida”.


Claramente, la persona que ha consumido y ve que hay una solución, en la mayoría de los casos decide probarla. Nadie es tan sumamente necio o loco para no querer hacerlo. Aun así, el resultado no siempre es que la persona frena, porque evidentemente no todo el mundo deja de consumir. Pero mi objetivo primero es que conozca que hay alternativas y que pruebe el proceso de recuperación. Luego, que haga lo que quiera con su vida.

Así como la intervención en adicciones trabaja con la persona adicta para que entienda que no puede dañar a la familia, también prepara a este entorno para evitar que los hábitos de la persona adicta le dañen o perjudiquen.

– ¿Cuáles son los pasos de una intervención?

– El primer paso en la intervención es contactar con la familia y que me cuente cuál es la situación que vive actualmente, en general, y, en particular, en relación con la persona adicta. Como intervencionista en adicciones, necesito saber cómo se ha llegado a este momento y en qué situación está cada integrante respecto de la persona que sufre la enfermedad.

En ese encuentro me hablan de lo que están viendo, de la persona adicta, de sus vivencias en el día a día respecto de la enfermedad de su familiar.

Una vez que me he puesto en situación, el segundo paso es empezar el trabajo de intervención. Emprendo el diálogo con la persona que sufre adicción. Primero la escucho, para entender qué es lo que le está pasando en su vida. Una vez que se expresa, directamente me encamino hacia la toma de consciencia.

Trabajo aspectos como cuáles son las ideas que la colocan en situación de consumo y me detengo a analizar con la persona dónde están los fallos de esas ideas: por qué no está teniendo una vida feliz con todo ese proceso de adicción, de consumo compulsivo.

– ¿Cuánto tiempo dura una intervención hasta que la persona toma conciencia de que necesita tratamiento?

– La media de casos de intervención en adicciones suele ser de entre 5 y 8 días. Pero, realmente, el tiempo que dura el proceso depende mucho de la situación actual de la persona y de su adicción. 

He tenido casos en que el resultado ha sido muy rápido, que en una tarde o en cuatro horas ha recapacitado y al día siguiente le he acompañado al lugar donde debía hacer el tratamiento. Esa ha sido la intervención más veloz que he dirigido: cuatro horas. Recuerdo que era un chaval que vino a través de su pareja, que ya habían pasado por un centro de desintoxicación y habían probado otros métodos. Sin embargo, nadie le había explicado lo que yo le hice ver. 

Sus palabras fueron literales, me dijo: “Es que a mí nadie me había dado ese enfoque, lo que tú me estás diciendo no tiene nada que ver con lo que yo había visto”. Luego me dijo: “Sí, sí, claro, mañana vamos al centro de tratamiento”. Fue automático, al otro día empezó el proceso.

Se suponía que había estado con otros profesionales, pero cambia mucho la respuesta de la persona en función del punto de vista que le brindes de su enfermedad y de sus posibilidades de recuperación.

El caso más largo de intervención en adicciones que dirigí fue con una persona alcohólica, un hombre de 56 años. Estuve trabajando durante casi tres semanas con él. En realidad, durante 15 días, porque casi la mitad del tiempo estaba ebria. Era más lento el proceso, incluso le acompañaba al bar a que bebiera. Y cuando me decía: “Bueno, ¿nos vamos a casa?”. Yo le decía: “no, no nos vamos, te tomas otra: yo quiero saber cómo bebes, no tienes que cubrirte ahora delante de mí”.

– ¿Cómo son las conversaciones y situaciones que se dan con las personas adictas durante una intervención?

– Hay momentos y situaciones que son anecdóticos. Y, por supuesto, se dan conflictos, pues no todo es color de rosa: el trabajo de intervención presenta sus peligros. Pero no son todos los casos así, porque a mí nunca me ven como una amenaza, yo no voy a pelear ni a enfrentarme con nadie como intervencionista. Sí, me han tocado situaciones duras, pero han pasado rápido.

Estas situaciones más complejas suelen darse al principio de la intervención, cuando la persona no sabe qué es lo que quiero conseguir. Aunque también pueden darse en el momento en que notan que tienen que hacer un cambio en su vida, cuando se dan cuenta qué pinto yo realmente en ese escenario. 

Me han insultado, me han escupido, me han mordido, me han amenazado… sí, hay situaciones delicadas. En una ocasión he tenido que parar en la carretera cuatro veces de camino al tratamiento para que el paciente se pinchase en una gasolinera. Se tiró 40 minutos allí, y yo detrás, para que no hubiera problemas con la persona que atendía, para evitar que dejara sangre en el baño… Mi trabajo consistía en cuidarle para conseguir el objetivo: que ingresara.

En otra ocasión, interviene a un hombre de 39 años que tenía un coche desguazado en su casa, para que veas el grado de deterioro y marginalidad en el que vivía esta persona. Para entrar en la casa tenía que saltar por encima del eje del motor de un BMW, y en el salón tenía asientos. A veces digo: “Ostia, dónde me estoy metiendo” o “¿Cómo voy a salir de aquí?”. Se me ha llegado a encarar un chavalito de 17 años también, pero cuando se dio cuenta de que iba en serio, no pasó a nada más.

Ahora bien, no suele ser lo normal que pase algo más grave que eso, porque también llega un momento donde paro, para ver si voy a estar en peligro o si lo está la persona; entonces doy un paso para atrás.

Y también tengo algunas intervenciones que son mas sencillas, donde hablo con la persona durante cuatro o cinco días y entiende perfectamente que necesita tratamiento. Le doy un punto de vista que nadie fue capaz de darle en su entorno y no se presenta mayor conflicto: ni me insulta ni amenaza, y hasta me termina agradeciendo.

– ¿Cómo es la toma de contacto con una persona adicta?

– Lo primero que le digo a la familia es que no me anuncien frente a la persona con adicción como un profesional que hablará con ella, porque lo más probable es que pille un cabreo. En realidad, no tienen que decir nada, deben tratar de actuar con naturalidad y sencillez

Por ejemplo, decir: “Hay una persona que quiere hablar contigo”, y ya está. Cuanto más enredada le cuenten la historia de mi visita, peor funciona, y cuanto más sencillo, mejor. Es más, a mí ni me preguntan quién soy, muchas veces llego al salón de una casa y saludo a la persona con un hola y me responde igual. Le digo: “Yo soy José”, y le doy la mano, y listo. O sea, que ni siquiera me preguntan por el centro de adicciones ni el tratamiento. 

Quien está con un problema de consumo sabe perfectamente que ese momento va a llegar antes o después. Incluso, mi sola presencia confirma que ese momento ha llegado, y ya no me preguntan nada más. De hecho, cuando me preguntan quién soy, les esquivo: “Joder, si tú eres muy listo, date un tiempo y así averiguas quién soy y qué es lo que hago aquí”. Esa suele ser toda la presentación.

EL TIEMPO QUE SE TARDA EN SACAR A ALGUIEN DE LA NEGACIÓN

– ¿Cuánto tiempo dura por día la intervención con la persona adicta?

– El tiempo que voy a estar durante el día interviniendo siempre lo determina la persona que consume. Yo estoy con ella hasta donde lo permite su capacidad de aguante, eso marca el límite. Cuando voy a ver a alguien no sé el tiempo que voy a pasar a su lado ese día, o sea, nunca voy con previsión horaria. 

Mientras la persona está receptiva, habla conmigo, pero en el momento en que empieza a saturarse, se muestra esquiva o me ladra, directamente le digo: “Vale, este es el momento de cortar”. La excusa que usan para despedirme puede ser simplemente: “hoy tengo que hacer algo”. Si el día ha sido muy intenso y simplemente veo que su atención va decayendo, también corto. Esto se ve muy rápidamente.

La única excepción que podría forzar un poco mi presencia es si tengo que desplazarme fuera de mi ciudad para intervenir. Si estoy en la ciudad, puedo permanecer con la persona dos horas, por ejemplo, y si me dice de cortar, no pasa nada, me voy a mi casa y ya está. Pero si estoy desplazado a otras ciudades tengo que aprovechar el día, no puedo estar toda la jornada desplazado, lejos, para pasar una hora con la persona. Ahí lo que hago, si se cansa, es buscarle en otro momento del día y hacer lo máximo posible de tiempo a su lado.

Pero si no tengo esa limitación de la distancia, prefiero estar todo un día parado si la persona no está receptiva. Vale la pena, aunque sea por realizar media hora de intervención. Por ejemplo, en una oportunidad viajaba todos los días a un pueblo cercano a mi residencia para llevarle a un chico 200 euros que le mandaba su madre, solo con el objetivo de que me concediera 10 o 15 minutos para hablar mientras le entregaba el dinero. Si la persona me da tres horas de su tiempo, mejor, porque está recibiendo, pero el tiempo siempre lo determina ella; y esos 15 minutos me servían para tomar contacto.

Lo mismo pasa con los días que hacen falta para revertir la situación: yo nunca sé lo que va a ocurrir de antemano, nunca, ni el tiempo que va a necesitar la persona para tomar consciencia.


Lo mismo pasa con los días que hacen falta para revertir la situación: yo nunca sé lo que va a ocurrir de antemano, nunca, ni el tiempo que va a necesitar la persona para tomar consciencia.


– ¿Cuánto fue la mayor cantidad de tiempo que has estado con una persona durante el día?

– El máximo tiempo en un día recuerdo que fue con un chaval de 14 años. Me tuvo en su casa siete horas. Llegué a las cinco de la tarde y salí a la medianoche. Era sábado y él estaba obsesionado en que iba a irse de fiesta. Y yo tenía la orden de que no saliera. Le dije: “Mira, yo no tengo ningún problema en quedarme aquí; si quieres, le pido un colchón a tu madre y me tumbo en el salón y me quedo a dormir, pero tú no vas a ir a ningún lado. De hecho, la llave no la tiene tu madre, sino que la tengo yo y no te voy a abrir la puerta”.

Acordé con sus padres que no iba a salir de fiesta porque sabíamos cómo iba a terminar. Su reacción fue la de no querer hablar conmigo. Así que nos tiramos chateando casi cuatro horas por Instagram, por mensajería. ¡Aunque le tenía al lado! O sea, yo estaba sentado en un sofá y el chaval en el otro, pero no quería hablar conmigo y nos comunicábamos por mensajería.

El caso es saber cuál es el lenguaje en el que le tienes que hablar a la persona, y lo fundamental para comunicarse es hablar su idioma. Una vez que conecto, le enseño a hablar también el mío. Pero primero me meto en su mundo y, una vez que estoy dentro, le llevó de la mano al mío. Esa es la diferencia entre un trabajo de intervención bien hecho y otro cualquiera.

Así que no tengo ningún problema de comunicarme con la persona por Whatsapp o por Instagram, o como quiera. Si sé que tú te quieres comunicar, incluso con el silencio, pues nos comunicaremos con silencio, pero sé que vamos a estar comunicándonos. Y si quieres estar así cinco horas, yo me tiro aquí esas cinco horas sentado a tu lado. Y cuando la persona ve que no me canso, baja la guardia

El paso del tiempo también sirve para que la emoción baje, porque son situaciones y momentos tensos. Así consigo que el estado emocional evolucione y se produzca un cambio, un quiebre.

– ¿Cuánto fue la mayor cantidad de días que ha durado una intervención?

– Recuerdo que fue con el hombre alcohólico de 56 años que comenté, que estaba bebiendo una botella de ron al día más lo que se tomaba en el bar. La intervención duró en total casi 15 días, pero luego hubo que hacer otras intervenciones posteriores porque se quería marchar del centro. Incluso, tuvimos que volver a su casa.

También con el chaval que se iba pinchando en la gasolinera duró bastante la intervención. Recuerdo que fue al salir de la pandemia, yo le llevaba a un centro de tratamiento de Chipiona desde Madrid. Hubo que parar por lo menos en cuatro gasolineras: mientras yo iba a comprar algo, él se estaba pinchando. Llevaba ya ocho días de intervención más el viaje desde Madrid a Chipiona, que lo hicimos en dos días más. Más tarde tuve que regresar otros tres días a donde estaba ingresado porque quería escaparse del centro. Y varias veces. Si sumara todas las intervenciones, dan casi 25 días.

LA CAPACIDAD DE UNA INTERVENCIÓN EN ADICCIONES DE OFRECER UN NUEVO ENFOQUE VITAL

– ¿Por qué una persona que está sumida en una adicción hará caso a alguien desconocido antes que a la familia con la que se ha criado? 

– Es una constante humana que solemos hacer más caso a la persona que llega de fuera que a la persona que está dentro del núcleo familiar. La razón es muy sencilla: no hay implicación emocional. Es como si una psicóloga o psicólogo quiere tratar a su pareja. No es que tú no puedas hacer terapia a tu pareja, pero existen unos vínculos emocionales que te llevarán a implicarte, con la posibilidad de manipular, por muy buena intención que tengas. Pierdes la imparcialidad, porque lo que haga con su vida te afecta.

Por mucho amor que se tenga a un familiar, existen vínculos emocionales que constituyen limitaciones. Nadie dejaría a un cirujano operar a su hijo, por los miedos y emociones que existen en torno a la relación y la posibilidad de pérdida. En el tema de las adicciones ocurre lo mismo: se van a terminar mareando unos a otros. Así que lo mejor es que pidan ayuda externa, y que sea con un especialista en adicciones y en recuperación.

La familia tiene muy buenas intenciones, sin duda. De hecho, quienes me llaman normalmente son padres y madres o parejas que quieren ver bien a su hijo/a o cónyuge. Les suelo preguntar: “¿Cuántos años lleva diciéndole que pare de consumir?” Y me responden que cinco o 10 años. Y les pregunto: “¿Te ha servido para algo repetirle lo mismo, lo has conseguido? Entonces has perdido el tiempo: está claro que lo que has hecho hasta el momento no ha funcionado ni ha servido para que pare de consumir”.

– ¿Y cuál es la reacción de la familia de la persona adicta?

– Precisamente en este punto se produce una fricción con la familia, porque se sienten minusvaloradas, me dicen “¿Y tú me estás diciendo que en cinco días puedes hacerle que se meta en un centro?”. Y les respondo que sí. No se lo creen, y yo sé que suena increíble, pero les hago ver que llevan 10 años haciendo algo que no ha funcionado

Les explico que no es que sea ni más ni menos que ellos, simplemente que cuento con unos conocimientos y unas habilidades que no tienen. Mientras voy directamente a hacer lo que funciona, a tocar las teclas clave, la familia puede tirarse 10 años más sin conseguir absolutamente nada respecto de la recuperación.

De hecho, terminan agobiando a la persona adicta y dándole una perspectiva incorrecta. El motivo casi siempre es que ninguno ha pasado por una adicción ni tienen la información ni los recursos para intervenir.

EL PERFIL DE UN INTERVENCIONISTA EN ADICCIONES

– ¿Qué perfil profesional tiene que tener una persona intervencionista?

– Creo que todos los intervencionistas debemos tener una vivencia y un perfil muy concreto: todas las personas que conozco que se dedican a esto son adictas en recuperación o, en otras palabras, no conozco a ninguna persona intervencionista que no haya superado la adicción o que, al menos, esté en proceso de recuperación. En mi caso he pasado una adicción: me tiré muchos años consumiendo. Además, tengo vocación para poder ayudar a los demás.

Es más fácil conseguir que la otra persona se identifique con mi historia porque soy un adicto como ella; aunque soy un adicto que no consume, sigo siendo adicto. De hecho, cuando voy a ver a un paciente, sabe que lo soy, lo reconoce. Por eso cuando le hablo en primera persona sobre la enfermedad, nunca duda, no piensa: “Este tío se lo está inventando y me está diciendo cualquier cosa”. Eso se ve, se siente. Por eso puedo tener tanta conexión con la persona.

Yo siempre les digo que la única diferencia entre ellos/as y yo es que yo no consumo, que aprendí a vivir sin drogas. “Ese es el paso que quiero mostrarte a ti”, les digo.

Para ser intervencionista en adicciones sí que conviene formarse. Lo que ocurre, en mi opinión, es que la formación es insuficiente, ya que necesitas destreza y habilidades, que casi seguro adquieres cuando has pasado por una adicción y has salido de ella. Aprenderse un manual de intervencionista no es suficiente. Puedes memorizar unas pautas, un comportamiento, pero vivir la adicción en primera persona resulta fundamental

– ¿Cómo te convertiste en intervencionista en adicciones?

– Antes de la pandemia había estado en Colombia como voluntario durante medio año, ayudando a una psicóloga. Ella se sorprendió con lo que yo conocía de adicciones, y me pidió ayuda en su centro de tratamiento de Cali, donde brindé mi testimonio. El personal me preguntaba cómo sabía tanto, y mi respuesta era: “Porque lo he vivido, por la experiencia en mi ambiente familiar, por lo que he vivido junto a personas cercanas”. Y, después, por los tratamientos que realicé: yo pasé por 5 centros de desintoxicación. A la fuerza aprendes, por supervivencia. Esto se unió a mi afán de dar algo al mundo. 

Después de que me insistieran en Colombia de que me dedicara a esto, dije: “Venga, pues me voy a empezar a certificar”. Entonces llegó la pandemia y me tiré dos años estudiando: máster en Coaching Coaching Ontológico Humanista, PNL con John Grinder y Frank Pucelik (co-creador de la PNL) para intervencionista en adicciones y especialista en recuperación. 

Cuando me preguntan dónde lo he estudiado, siempre respondo que todo eso fue simplemente certificar lo que ya sabía, porque mi vivencia la llevo dentro. Realmente, veo muy complicado seguir un manual de intervencionista, porque no funcionaría. Cuando me encuentro con la persona, no sé qué va a ocurrir ni qué tengo que hacer concretamente, pero en el momento que debo hacerlo, lo hago porque algo dentro de mí me lo pide.

– ¿Cuánto tiempo estuviste consumiendo? 

– Empecé a los 24 años y consumí hasta los 35. He llegado a tocar fondo en muchos sentidos y en muchos momentos de mi vida. A mí nadie me tuvo que decir que yo tenía un problema porque desde el primer consumo lo intuí. Sabía que mi forma de consumir era diferente al de otras personas, no me podía engañar. 

Veía que mis amistades después de hacerlo se iban a casa y yo, en cambio, tenía que mentirles al otro día de que había hecho lo mismo, cuando en realidad había seguido toda la noche. Entonces pensé: si ellos llevan tomando cinco años y no hacen eso, y yo al primer mes ya mentía y me pasaba toda la noche, es que tenía un problema. 

A mí no me sentó mal consumir cocaína. La primera vez no me metí una raya, ¡sino un gramo! Y me sentó muy bien. Me dije: “esto es un problema”. 

Fue una odisea hasta que encontré un buen tratamiento, porque he pasado por muy malos profesionales y por gente que no estaba preparada, aunque sí certificada y muy titulada. En otros ámbitos eso servirá, pero en el campo de las adiciones eran unos inútiles que iban al negocio. 

También he pasado por métodos que hoy no sé cómo se consienten esos engaños y abusos, porque los hay… Muchas personas me contactan indignadas, y yo les digo que no hace falta que me cuenten más, que yo también he pasado por el método de la pócima mágica

– ¿Cuándo te diste cuenta de que necesitabas tratamiento? ¿Cuándo tocaste fondo? 

– Empecé con la primera psicóloga a los tres años de estar consumiendo. Tenía 27 años y me había ido a vivir a Madrid: soy de un pueblecito de Toledo. Me fui motivado por buscar algo nuevo, diferente. Contacté con la primera psicóloga y me tiré casi dos años con ella. Iba porque quería parar de consumir, pero tenía tantos problemas detrás que creo que debió haberme derivado antes, porque ella sola no podía tratar mi adicción. 

Algunos profesionales parece que te secuestran, que eres suyo. Es cierto que me ayudó mucho con los traumas, pero yo seguía consumiendo. Entonces dejé de ir con ella. Busqué un sitio público porque mi consumo no paraba

Aunque no consumía a diario, tenía un consumo cíclico: estaba bien un mes, dos meses, hasta tres meses. En ese tiempo volvía a conseguir un trabajo, iba al gimnasio, comía bien, dormía bien, pero emocionalmente no funcionaba, ya que terminaba volviendo a consumir. Y cada vez que consumía la liaba, pero la liaba bien, desaparecía cinco días. En un cumpleaños salí un martes y llegué a casa el domingo. De hecho, al segundo o tercer día volví a casa y me di la vuelta según estaba entrando por la puerta. Era muy evidente que tenía un problema

– El tratamiento con la psicóloga no estaba dando resultados…

– Pedí ayuda en la sanidad pública, en un CAD de Madrid. Había muy buenos médicos, pero estaban saturados, o sea, no podían darme la atención que realmente necesitaba. Ellos lo sabían y yo también. Los psicólogos me atendían una vez cada tres o cuatro semanas. A la tercera visita, le dije: “Esto no me sirve, cada vez que vengo ya no me acuerdo ni de tu nombre. ¿Crees que voy a venir una vez al mes para contarte en una hora todo de mi vida? Es que me da hasta apuro.” 

Me respondió que me estaba ofreciendo lo que podían. No era culpa suya estar saturados. El problema era que a mí no me estaba sirviendo. Entonces le dije: “Vamos a dejar de engañarnos: yo dejaré de perder tiempo viniendo aquí y a ti no te voy a quitar el tiempo que seguramente le puedas dar a otra persona”. Al final me sentía utilizado para completar las estadísticas de resultados que tienen que dar, como, por ejemplo, que han atendido al año a 500.000 personas

Con psiquiatría pasa lo mismo. La predisposición del psiquiatra era muy buena, pero después de un año de entrar consumiendo una sustancia, salí consumiendo dos o tres más, porque me dieron todo tipo de medicación. La medicación por sí sola no hace milagros. Así que me encontraba más inestable y consumiendo pastillas de la farmacia prescritas por un médico. Antes consumía y me deprimía por eso, y después de pasar por el tratamiento me deprimía por tomarme pastillas que se suponen que eran para tratarme, además, me volvían dependiente y no me dejaban dormir

A veces es mejor no hacer nada si no se hace un tratamiento completo, integral. Este es uno de los motivos por los cuales funcionan y tienen mucho mejor éxito los tratamientos privados que públicos. 

– Digamos que el secreto de muchos tratamientos en el sector privado es que cuentan con los recursos para abordar la adicción de forma integral.

– La adicción tiene solución, se puede detener, y se sabe lo que funciona para ello. Pero el problema es que la familia desconoce estos tratamientos y pierde más dinero por el consumo del familiar que por pagarlos

Por ejemplo, hace un tiempo una familia me comentó que había pagado al camello de su hijo unos 40.000 euros. Le dije: “Muy bien, señora, entonces, ha sido usted el camello de su hijo, porque ahora qué dinero le queda para la recuperación: nada”. Podría haber pedido ayuda a tiempo y haber negociado con el camello: en lugar de pagarle 40.000, pagarle 20.000 y el resto emplearlo para el tratamiento. Y ya cuando su hijo esté bien y trabaje, que devuelva la otra parte.

Hay mucho desconocimiento para tratar la adicción: gente muy preparada que no ha pasado por la adicción o que tiene muy buena intención, pero que no atina o no tiene vocación. Por muy licenciada, psiquiatra o psicólogo que sean, hay mucho desconocimiento acerca de las vivencias de una persona adicta. 


Por muy licenciada, psiquiatra o psicólogo que sean, hay mucho desconocimiento acerca de las vivencias de una persona adicta. 


En un centro de tratamiento de adicciones hay terapeutas, psicólogos, acompañantes, asistentes sociales durante cinco días a la semana, seis horas cada día. Si con todo hasta hay veces que no lo consguimos, ¿piensas que con una hora al mes o a la semana con el psiquiatra lo vas a lograr? 

Yo estuve mucho tiempo dando vueltas por no atinar con la persona indicada. Mi recuperación empezó cuando encontré a alguien que dirigía un centro de tratamiento, quien había sido adicto, y que me explicó qué era la adicción realmente. Ahí fue cuando empecé a recuperarme. Por eso yo quiero evitar que la gente pierda tiempo: al menos decirle lo que no funciona. En mi caso me hubiera ahorrado casi siete años. 

LA FAMILIA EN EL PROCESO DE INTERVENCIÓN

– ¿Qué papel tiene la familia dentro del proceso de intervención? 

En general le pido a la familia que intervenga lo menos posible, porque cometen muchos errores y en lugar de ayudar a la recuperación, ayudan a la adicción. Terminan enfrentándose con la persona adicta en el peor momento indicado. Les digo: desde el momento en que el o la intervencionista se está ocupando, dejadle trabajar. Porque si no haréis lo mismo que no ha funcionado en todo el tiempo que lleváis con el problema de la negación y, encima, podéis romper el proceso de recuperación.

– ¿Puedes aclarar esto?

– Hace dos semanas, antes de Navidad, fui a buscar a un chaval de 19 años a la unidad de psiquiatría del hospital: había tenido brotes psicóticos. Cuando salió, la idea era llevarle directamente al centro de tratamiento. Me reuní con el padre, la madre y con él, y les avisé que no era el momento de echar nada en cara, de entrar en conflicto. Mi objetivo primero era conseguir que fuera a conocer el centro de tratamiento

Pero el padre quiso resolver lo que no había resuelto en 10 años y empezó a echarle cosas en cara. Dos horas antes de ir al centro de tratamiento no es un momento para reproches. El hijo saltó, como era lógico, y no quería ir. Así que cogí al padre y le dije: “si no te vas a controlar, te levantas y te marchas de la sala”. Al final, llevé al chaval al centro para que conociera de qué iba, aunque me avisó que iría, pero que no ingresaría ese día. Le dije: “ok, solo vamos a verlo”. 

Cuando íbamos de camino a su casa me montó un cuento y le seguí la corriente, le dije: “sí, sí, ve a despedirte de quien quieras”. Luego hicimos las maletas ahí mismo y le llevé. Hoy ya lleva dos meses dentro del tratamiento: al ver el centro le cambió la idea de lo que él creía que era. Pero si hubiese sido por el padre, todo se iba por la borda.

– ¿Cuánto influye la coadicción en estas reacciones? 

– Una de las frustraciones que suelen sentir los padres y madres de la persona adicta pasa por sentir que es imposible que esto sea tan fácil. Piensan: “Este tiene que sufrir, no puede ser que llegue ahora el intervencionista y en cuatro días consiga lo que no hemos hecho en cinco o siete años. Se va a ir el niño de rositas con todo lo que nos ha hecho sufrir”. 

Parece que les encabrona, les enfada, que el familiar acepte tratarse después de tanta negación. Entonces quieren como cobrarse una “venganza emocional”, que es inconsciente, por supuesto, porque no lo hacen a malas, pero sale.

A mí me habían dicho que el chaval era agresivo. Y cuando me vieron hablando tan tranquilo con él, me preguntaron: “¿Qué tal con mi hijo?”. Muy bien, les dije, irá tranquilo. “¿Tú crees que va a ingresar?”, me preguntaron. Les dije que sí, que seguramente pasado mañana. Y parece que les molestó que fuera tan bien el proceso

Pienso que hay tanto dolor acumulado que sienten rabia, sobre todo porque sienten que no han sabido hacerlo. Y la verdad es que no tienen por qué saberlo, sobre todo porque no es su profesión. 

Todos son partícipes en la familia de esta situación de negación, han colaborado de una u otra manera. Y si no han colaborado, tampoco han ayudado a solucionarlo. Si una familia quiere ayudar en serio, debe buscar ayuda especializada, y ya está. No hay que comerle la olla al familiar ni estar de psicólogo. Es preferible que pidan ayuda especializada y no hagan nada.  

– Lo que tú sugieres es que la familia se mantenga al margen de la intervención

– Cuando salí de la casa de la familia con el chaval de 14 años me escribió la madre diciéndome: “José, no nos has dicho cómo tenemos que actuar con él”. Le respondí: “Actúa como una madre, no saques el tema si tu hijo no lo saca. Haced como si nada, lo que hay que hablar lo hablaré yo con él. Y si os provoca, evitad entrar a saco, en conflicto; delegad en el intervencionista. Vosotros idos a cenar por ahí el fin de semana e intentad pasarlo bien”. 

Se trata, simplemente, de ser más naturales, pero no suplir el papel de intervencionistas. Cuanto más gente intervenga hay más filtros; mejor que no hagan nada sin consultar antes. 

– Cuando se consigue el ingreso, muchas familias creen que ya está la solución a la adicción. ¿Qué papel tiene la familia a partir del ingreso? 

– Un error que comete la familia es pensar que una vez ingresada la persona y que para de consumir ya está todo solucionado. En parte esto pasa porque en la sociedad, y en esta cultura, se considera que el problema de la adicción solo es el consumo de la sustancia. Pero eso es un detonante. No digo que el problema no sea el consumo también, pero sí que es solo una parte. El problema de fondo es la dirección que lleva ese consumo

De hecho, en los centros no se trata el consumo en sí, que está controlado, sino la adicción. Si quitas la sustancia, el problema sigue estando: todos los patrones, las características de la personalidad adictiva, las vivencias, la manera de sentir y de pensar que tienen las personas adictas. 

El tratamiento es perpetuo, yo digo que no hay que cantar victoria nunca. La recuperación no se puede medir a corto plazo después de una semana que sale del centro. La recuperación se mide en tiempo continuado de limpieza, y para que se vea un resultado y un efecto tiene que estar mínimo un año limpio. Después de ese tiempo, la persona logra un gran paso en el proceso, pero durante los primeros meses puede pasar de todo. Puede estar uno, dos o tres meses muy bien y luego que vaya todo en contra y recaer. 

También le pido que no se asusten con lo que puede pasar tras el ingreso. Ayer justamente me pilló en el coche la llamada de una madre que había ingresado a su hijo antes de Navidad. Y me dijo que éste se quería ir del centro. Le dije que se quedara tranquila, que, como estaba cerca, me pasaría por allí para hablar con él. Cuando llegué, el chaval me dio un abrazo. Yo ya le vi la actitud, simplemente estaba nervioso. Estuvimos hablando y le tranquilicé. Al final se quedó más tranquilo. Las subidas y bajadas son parte del proceso, no está todo hecho porque esté ingresado. Y tampoco si hubiese consumido hubiera sido el final de todo el tratamiento. 

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