TESTIMONIOS DE ADICCIÓN
“La vida sabe diferente cuando aprendes a vivir sin consumo”
El testimonio de una adicta al cannabis que sigue ganándole la batalla a esta enfermedad
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Equipo Adictalia
Todo empezó con un ofrecimiento inocente, como suele ocurrir, durante los primeros años de la adolescencia. “Es lo típico, en las fiestas del pueblo empiezas a probarlo y, más tarde, en segundo de la ESO, me ofrecieron probar un porro”. Paula no imaginó entonces, como seguramente ninguna persona con adicción, que el simple “sí quiero” por “encajar” en el grupo se convertiría, con el tiempo, en un consumo abusivo.
“Llegué a consumir entre 12 y 15 porros al día”, aclara, la joven, que hoy tiene 27 años y ha terminado un proceso de recuperación integral de la mano de Adictalia.
Al principio era todo muy bonito: “Eran tardes muy cortas, llenas de risas”, recuerda. Pero el consumo por “diversión”, envuelto en momentos mágicos, cargados de fraternidad y fluidez, adquirió tintes de dependencia. Esto es, cuando consumir por elección se convierte en hacerlo por necesidad y se pierde el control.
Primero, porque el cerebro necesita cada vez más dosis para sentir lo mismo que al principio: tolerancia. Segundo, porque si no le das lo que te pide, tu cuerpo se siente realmente mal: síndrome de abstinencia. Los dos mecanismos que determinan la adicción. El camino hasta allí no se da de un día para el otro, ni mucho menos. Tampoco todas las personas que consumen terminan llegando a esa meta, muchas lo dejan y siguen su vida. Pero muchas, por sus características vitales, sí lo hacen y terminan desarrollando la enfermedad. Y el tiempo que tardan es imposible de determinar, de predecir, depende de cada caso.
“La marihuana se convirtió en mi mejor amiga. Cada vez necesitaba más: fines de semana, luego algún día entre semana, por la mañana, después de comer, después de cenar…”, recuerda con angustia Paula. Así entró en un bucle de locura e insatisfacción: “Lo primero que hacía al despertarme, antes de tomar un vaso de leche o un café, era consumir; antes de entrar a clase, consumir; después de salir de clase, consumir; estaba estudiando, paraba para consumir”, reconoce.

Consecuencias del consumo de porros
Ese bucle de consumo le acarreó serias consecuencias. Primero, episodios de desequilibrio que antes nunca había sentido. “Te provoca ansiedad estar pendiente de si el camello iba a estar disponible cuando lo necesitara”, ejemplifica. Después, cuando el camello llegaba y ella obtenía la marihuana que su cerebro le pedía, la tranquilidad le duraba poco. Esa sensación desagradable se intensificaba al terminarse la acción química del cannabis.
“En cuanto pasaba el efecto, la ansiedad era doble, porque sentía que era tiempo que había perdido consumiendo en el que no había solucionado mis problemas”, explica Paula. El cerebro adicto siempre quiere más, nunca es suficiente, porque la dopamina, la molécula del deseo, está descontrolada y la insatisfacción es un pozo sin fondo.
Pronto, esa ansiedad disparó otros problemas de salud. “Me provocaba vómitos y estar en urgencias cada dos por tres por problemas de estómago”, recuerda. El consumo excesivo de marihuana también se tradujo en dificultad para mantener la atención: “Estaba sacándome la carrera y mi capacidad de atender disminuía muchísimo”, explica Paula.
Llegué a consumir entre 12 y 15 porros al día.
Y afectaba a sus relaciones: “Cada vez tenía menos ganas de compartir tiempo con los demás. Necesitaba estar aislada en casa, consumiendo”, alega. Su capacidad de comunicación también comenzaba a deteriorarse, ya que no era capaz de “generar una frase coherente con más de cuatro palabras”.
De modo inconsciente, sugiere Paula, ella buscaba experimentar estos problemas, pues representaban motivos para seguir consumiendo. “Mi cabeza lo que buscaba todo el rato era malestar, porque cuando sentía ese malestar era la excusa perfecta para irme a consumir. Entonces, por ejemplo, generaba discusiones…”, confiesa.
Mentiras y negaciónMentiras y negación
Dos rasgos comunes de las personas adictas son recurrir a la mentira de forma constante para conseguir lo que quieren: consumir. Y negar que tienen un problema con la compulsión, que han perdido el rumbo y la necesidad de consumo ha tomado el mando de sus vidas. Por eso, frases como “Yo controlo” o “Déjame dinero para gasolina” son típicas y frecuentes en estos casos.
Negarse a recibir ayuda, porque consideran que no la necesitan, pues “están bien”, es, por tanto, una conducta habitual. La falta de consciencia de enfermedad conforma el principal obstáculo para que se pongan en manos de profesionales. Y uno de los principales disparadores de impotencia y frustración de la familia, que intenta, sin éxito, brindarle alternativas de tratamiento.
Paula comenzó con las mentiras más usuales. “Les decía que me hacía falta más comida, que no me llegaba para la luz. Ellos me financiaban el consumo sin saberlo”, admite. La tranquilidad económica que le proporcionaban sus padres, el saber que estaban allí para asegurarle su confort, no hacía más que reforzar la trampa del consumo de porros. “Siempre tenía que estar acompañada de la sustancia”, asegura.
Cada vez tenía menos ganas de compartir tiempo con los demás. Necesitaba estar aislada en casa, consumiendo.
El consumo terminó afectando a la relación con sus progenitores, quienes no sabían “cómo llegar” a ella, cada vez más hermética, encerrada en la cárcel de la adicción. También a su pareja, quien no conseguía hacer algo para abrirle los ojos y que tomara consciencia de su enfermedad. Lo cierto es que esta toma de consciencia llega cuando llega, según cada persona. Como cuenta Paula, “hasta que uno no toca fondo emocional, no es capaz de escuchar ni de empatizar”.
Ahora bien, aunque el momento de reconocer el problema, de bajar los brazos y aceptarlo, depende de cada caso, existen técnicas terapéuticas de incitar o acercarla a que toque fondo. Este instante dramático para su vida, muchas veces abre el camino a la toma de consciencia o, al menos, a pedir ayuda, que es un gran primer paso.
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Cuando Paula tocó fondo
El momento de aceptación de que sufre una enfermedad, de que tiene un problema que debe tratar, por parte de la persona adicta, puede venir de muchas formas. Por ejemplo, después de una intervención familiar, donde le marcan límites firmes; después de una pérdida a causa de la adicción: un trabajo, una pareja, el alejamiento de familiares; incluso cuando la echan de casa y se ve en la calle, desprotegida y sin nada que le apañe el consumo.
A Paula, la necesidad de pedir ayuda le llegó al acabar sus estudios. “Terminé los exámenes finales del último año de carrera y mi consumo aumentó; me vi con 29 años con esas expectativas y no… ahí fue cuando dije: no quiero esta vida”.
Pese a su joven edad, Paula decidió alejarse de su familia para buscar la salida. Algo que, por otra parte, Adictalia siempre recomienda. Así, si la persona quiere abandonar, verá el panorama del abandono más complicado, al estar lejos de casa y sin recursos.
“Mi única manera de salir de la adicción era aislarme de mi entorno. No quería hacer daño. Mi decisión fue recorrer el camino lejos de ellos y en manos de profesionales las 24 horas”. Hay casos donde entrar en un tratamiento requiere acciones más drásticas y un proceso de trabajo familiar largo y doloroso. Pero Paula tuvo la voluntad de emprender el camino de la recuperación por su cuenta.

El papel de Adictalia
Pese a ser una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo, pocas saben dónde acudir para pedir ayuda cuando la adicción entra en sus vidas. Realmente, se trata de una enfermedad estigmatizada, que avergüenza a quienes la sufren y a su entorno. Por eso se calla, se lleva en silencio, y se tarda tanto en pedir ayuda. A veces demasiado. Por otra parte, si bien es cierto que cada vez hay más información, la gente no sabe adónde ni a quién acudir. Esto mismo le ocurrió a Paula.
“Empecé a buscar centros y no tenía ni idea. Hay mucha desconfianza e inseguridad, porque no sabes cuál va a ser el mejor centro, qué tipo de tratamiento va a haber…”, advierte. “Otra de las cosas que da miedo es soltar el control de tu vida y ponerte en manos totalmente de otras personas a las que no conoces”, añade.
Lo que sentía Paula durante la búsqueda es lo mismo que experimenta la mayoría de personas que deciden tratar su adicción o ayudar a un familiar a que lo haga. Entonces apareció Adictalia, como un rayo de luz en la oscuridad de la incertidumbre.
“Desde el primer momento en el que hice la llamada, hasta el ingreso, iban apoyándome, preguntándome, dándome incluso pautas de cómo tratar el tema con mi familia, para no tener que enfrentarme yo sola a todo el proceso”, describe la joven, en referencia al trabajo del equipo terapéutico de Adictalia. “Me entendieron, no me sentí juzgada. Fue la mano que me ayudó a dar el paso”, afirma.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción
Una mujer en un centro
Entrar en un centro para tratar la enfermedad de la adicción siempre tiene una parte dura. Te alejas de la familia; te sometes a un proceso riguroso que busca devolverle orden a una vida caótica; debes convivir con personas muy diferentes; y, sobre todo, enfrentarte cada día con los fantasmas que te llevaban a consumir, para vencerlos.
Ingresar a un centro de desintoxicación no es precisamente tomarte unas vacaciones en un hotel en la playa. Pero tampoco, ni mucho menos, representa entrar en la cárcel, como muchas personas creen. La dureza del proceso tiene que ver, sencillamente, con que reconstruir tu vida implica un trabajo arduo y muchas veces incómodo. Pero es la única forma de salir.
Mi única manera de salir de la adicción era aislarme de mi entorno. No quería hacer daño. Mi decisión fue recorrer el camino lejos de ellos y en manos de profesionales las 24 horas.
“Las primeras horas sientes mucha vergüenza”, recuerda Paula, y confiesa: “Lo que más me costó del tratamiento fue la convivencia: 24 horas, siete días a la semana, conviviendo con 29 o 30 personas”.
Y si eres mujer, enfrentarse al proceso puede resultar más complicado. “Siempre estamos más ocultas; entonces, a la hora de un ingreso, una mujer tiene más estigma”, opina Paula.
Los estudios de género corroboran su sensación: en una sociedad machista, que una mujer se drogue está peor visto que si lo hace un hombre. Y cuando se trata de aislarse para tratar una enfermedad de por sí estigmatizada y apartarse de la familia (sobre todo si se tienen hijos), la cosa se agrava si eres mujer. “Tenía compañeras que eran mamás y sentían que estaban abandonando a sus hijos”, cuenta Paula.
En cambio, que lo haga un hombre, que se ausente por unos meses del hogar por este motivo, incluso es percibido como un acto heroico. Pero si lo hace una madre, genera en el entorno sensaciones contrarias. Un doble rasero. Esto, en parte, sirve para explicar por qué en los centros aún hay pocas mujeres tratándose, y las que están son jóvenes, como Paula. “Nunca escuche a un hombre hablar de ese sentimiento de abandono hacia la familia”, confirma.
Una vez dentro del centro sugerido por Adictalia, todas las sensaciones negativas de Paula se diluyeron. “El primer sentimiento que tuve al entrar fue: por fin hay personas que me entienden y no me juzgan”, cuenta con alegría. Incluso recuerda lo mucho que le ayudaron las terapias grupales: “Me subieron mucho la autoestima”.
En el centro descubrió un tesoro que le motivó a seguir, por encima de todo. “Que te hagan entender que a partir de ahora puedes ser responsable de tus actos y no culpable de lo que ya has hecho”, revela Paula.
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El postratamiento
Cuando la persona sale del centro, después de 6 meses o un año y medio, dependiendo del caso, y vuelve al mundo real, suele sentir que puede con todo. Describe Paula ese sentimiento como que “te sientes fuerte para enfrentarte a la vida”. El proceso de recuperación aporta, además de la abstinencia, nuevas herramientas de gestión emocional y de contingencias, nuevos hábitos saludables, y nuevas formas de enfrentarse a la vida. Ahora toca ponerlas en práctica.
Y, claro, la calle es diferente a la rutina en el centro, donde existe una contención terapéutica permanente. “La vida te da un golpe de realidad: en un centro estás acompañado 24 horas, pero cuando llegué a casa, la convivencia seguía igual”, admite Paula. Ese golpe de realidad le produjo una pequeña recaída.
“Fue a los dos meses, porque me sentía sola. Dejé de tener motivación por ir al gimnasio, por seguir conociéndome, por seguir probándome…”, reconoce. Bastó con un mínimo gran esfuerzo por seguir en contacto con el grupo terapéutico para recobrar la energía. En momentos de bajón, una llamada, una palabra, una mano por encima del hombro de un compañero o compañera de grupo pueden transformarse en un impulso que te salva.
El primer sentimiento que tuve al entrar fue: por fin hay personas que me entienden y no me juzgan.
Después de 15 años de consumo, incluso después del tratamiento, es imposible que el cerebro se recupere por completo. De hecho, la adicción es una enfermedad crónica que requiere un mantenimiento terapéutico permanente, el cual puede bajar su intensidad con los años, pero que siempre es conveniente que esté ahí.
Una persona que ha sufrido una adicción durante muchos años debe seguir practicando pautas saludables para mantener a raya los estímulos dormidos del consumo. El mantenimiento terapéutico permite interiorizar y reforzar las herramientas adquiridas durante el tratamiento para consolidar la abstinencia.
Paula es consciente de esta necesidad en su día a día. “Todas las pautas de la recuperación las he trasladado a mi vida diaria: sigo con mis meditaciones, con mi deporte diario, con las terapias semanales…”, asegura.
Algo que también aprendió fue a renunciar: “Tienes que renunciar a entornos de consumo que antes frecuentabas y a hábitos asociados al consumo”, aconseja. Sobre todo al principio de la recuperación. Por eso, “el primer año tienes muy limitada la vida social. Por ejemplo, no puedes exponerte a un cumpleaños donde está todo el mundo consumiendo”, explica Paula.
Después de pasar por un proceso largo, costoso, en el que por momentos pensaba que no iba a lograrlo, Paula siente que ha “retomado las riendas” de su vida. Y lo dice orgullosa: “La vida sabe diferente cuando empiezas a valorarte, a quererte, a conocerte de nuevo, a conocer tus límites, a saber hasta dónde puedes llegar y aprender a vivir sin consumo”.
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