PREVENCIÓN DE RECAÍDAS
Por qué dejar las amistades de consumo
Cuatro adictos rehabilitados, entre ellos dos terapeutas, explican una de las claves de la recuperación.
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Equipo Adictalia
“Los adictos que queremos rehabilitarnos tenemos que cambiar radicalmente nuestras vidas, por dentro y por fuera. Cambiar el camino, porque si seguimos por el mismo, obtendremos idénticos resultados, todo nos costará más, aumentará nuestra frustración, etcétera. Y, claro, hay que cambiar de amistades: si seguimos con las mismas, la recaída solo es cuestión de tiempo…”.
Así explica Antonio, asistente al G.A.EX (Grupo de amigos exadictos) de Torrevieja, la importancia de abandonar las amistades de consumo para alcanzar la rehabilitación en una adicción. Consultado por el CIA de Adictalia, Torregrosa define las amistades de consumo como “un círculo más o menos estable de personas entre las cuales siempre me encontraba consumiendo”. Aclara, eso sí, que “al llegar a casa también seguía en lo mismo, desaforadamente”, porque, dice, “nuestra característica es el abuso, algo normalizado y que nadie cuestiona”.
Para Damián, presidente de G.A.EX Torrevieja, “una amistad de consumo es aquella que se basa únicamente en consumir, no hay nada más”. Es decir, que “si quitas el consumo, su nexo de unión, desaparece la amistad y cualquier tipo de relación”. Coincide con él José Antonio, que lleva seis años en ese tratamiento ambulatorio. Y Rosario, su compañera, las define como «momentáneas» y «puntuales», porque «no sabes relacionarte con ellas sino es consumiendo».
Que el cemento de la relación sea el consumo parece lógico. “Ten en cuenta que cuando una persona quiere consumir, quiere consumir a gusto y quiere tener esa relación con la que también está a gusto”, explica Alfonso Santos, adicto en recuperación, terapeuta y fundador de Adictalia. De hecho, aclara, él dejó sus amistades de consumo conforme ellas se alejaron. “Cuando ya uno no consume, ni quiere estar con el que consume, ni el que consume quiere estar contigo”.
De hecho, son amistades que se construyen en torno al ritual de consumir. “Pasa alguien con un porro, que huele, uno se retira a liárselo, el otro está demasiado con el cubata, se acerca otro, y nos fijamos en lo que buscamos…”, describe Alfonso. “Es una manera social de acercarnos a lo que queremos”. Para él, en estas relaciones, la adicción funciona como un imán, en ambos sentidos: cuando las dos personas consumen, se atraen, pero cuando se invierten las intenciones, se repelen.
En todo caso, para Jose Antonio se trata de amistades “tóxicas y superficiales”, que sirven “únicamente para poner en acción el consumo y poco más, ya que no es una amistad real, son una mentira”. Las describe Damián como “un toma y daca, donde voy a pillar siempre con las prisas, siempre con mentiras, con manipulaciones… No hay nada humano en ellas”.
“Intrascendentes, banales, de barra de bar”, precisa Antonio. “La característica principal es que el consumo siempre está en medio, a medida que aumenta el consumo, el nivel de la relación se degrada y cae” en todos los aspectos, empezando por la conversación.
Para diferenciarlas de una amistad saludable, sirve la referencia de José Antonio: “No se tienen en cuenta valores esenciales como el respeto, la lealtad, la comunicación, la honestidad, la solidaridad, el compromiso, la sinceridad, la confianza”. Y Rosario aporta otras distinciones: «la duración, la sinceridad e incluso los temas a tratar».
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De la amistad al consumo, y viceversa
¿Qué es antes, el huevo o la gallina: el consumo o las amistades que llevan a él? No está claro, seguramente, porque cada caso de adicción es un mundo. Y cada entorno también.
Antonio cuenta que no ha tenido amistades que no consumieran. Y que parte de su vida, muy diferente a la actual, “ha girado alrededor de la barra de un bar o de una mesa”. Recuerda: “Desde muy joven, la misma peña, los mismos amigos, los mismos hábitos… quedamos para ir al bar, quedamos en el bar, etcétera”.
En núcleos urbanos pequeños, como los pueblos, suele ser más frecuente la “amistad antes que el consumo”, opina Alfonso Santos. Porque se “suele consumir con amigos de toda la vida”. Y si no, con el tiempo, te los buscas. Rosario apunta que, a veces, son relaciones sin consumo y «después se
añade el consumo y se convierte en la base de esa relación». Esto, dice, se puede ver con claridad con el alcohol, que implica un «consumo social», mas que con otras sustancias o comportamientos.
En este sentido, los primeros intentos son clave. “Todos hemos empezado probando un sorbito, a ver cómo sabe, si me sienta bien una calada a un porrito, o te invitan a una raya porque te dicen ‘como te has tomado tres cubatas, te metes una y se te pasa la nube y ya controlas’”, relata Damián. “Nadie empieza tomándose una botella de whisky entera”, sintetiza.
Con el tiempo, la relación continúa en torno al engañoso ritual, “porque vamos viendo que esto de verdad para nosotros funciona”, admite Damián. Así que “podemos ir consumiendo más y tener la sensación de que lo llevamos todo controlado, que estamos bien, que a nosotros no nos pasa nada”.
Una amistad de consumo es aquella que se basa únicamente en consumir, no hay nada más. Si quitas el consumo, su nexo de unión, desaparece la amistad y cualquier tipo de relación.
Cómo influyen las amistades en la adicción
El consumo refuerza el ‘aparente’ vínculo amistoso. “Al final, si compartes adicción, la relación se ‘consolida’ y se mantiene mientras consumes, y cuanto más consumo, más amistades de consumo, ya que las que no consumen desaparecen”, advierte José Antonio. “Se autoestimulan a la hora de consumir”, añade Alfonso Santos. “El estímulo se multiplica, porque cuando no quiere uno, quiere el otro y al final están consumiendo los dos”.
La enfermedad encuentra en ellas un respaldo. “Vamos a ir a buscarlos o nos van a venir a buscar simplemente por el consumo”, alega Damián. Y esto implica demandas, manipulaciones, mentiras, robos… “Todo lo que sea necesario” para conseguir el consumo. Las amistades de consumo inciden, a su juicio, de manera “muy negativa” en la salud de la persona y en las posibilidades de tomar consciencia de que se tiene una enfermedad.
“Influyen muy mal, especialmente al principio de la rehabilitación, cuando estás más débil y confuso, sin herramientas, con pocas terapias, casi sin cimientos”, señala Antonio. Y Alfonso Santos precisa: “No conoces a otra gente que no consuma, y hay poco respeto por parte de tu grupo habitual, si decides no hacerlo”.
Las primeras dos de las cuatro fases de un tratamiento integral de adicciones son la desintoxicación y la deshabituación. Aquí se trabaja con el objetivo de limpiar el organismo y acostumbrarlo a estar estable sin consumo. Pero mantener la abstinencia requiere reestructurar toda la vida, reconstruirla. Así que la persona adicta todavía no tiene las bases morales, psicológicas, ni herramientas de gestión necesarias para enfrentarse a ciertos estímulos sin recaer.
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Los riesgos de no cortar las relaciones de consumo
¿Se puede entrar en recuperación y mantener las relaciones de consumo? Antonio pronuncia un rotundo “no”. “Especialmente al principio”, aclara. Y se pregunta retóricamente: “¿Puede un adicto al juego tomar café en la barra de un salón de juego?”.
En la misma línea opinan José Antonio y Damián. “Las relaciones con personas de consumo hay que romperlas, hay que cortarlas de raíz”, dice el segundo. Por otra parte, al hilo de lo que comentó antes, sin consumo, tampoco hay relación. “Yo ya no voy al camello, ya no tengo relación con él”, ejemplifica.
Para Antonio las relaciones deben cortarse “inmediatamente, sin dudarlo”. Esto es: “Si dejas de beber, dejas de ir al bar; si dejas de esnifar, borras los números de los camellos; si no juegas, no entras a un casino”, expone. El motivo tiene mucho que ver con la reconstrucción del estilo de vida que conlleva la verdadera rehabilitación. “Cuando entro en recuperación me tengo que alejar evidentemente de todas las circunstancias, romper con todos los hábitos y personas de consumo”, asegura Damián.
El riesgo de no hacerlo es, para Torregrosa, la pronta recaída: “Mismas relaciones, mismos resultados. Solo es cuestión de tiempo. Lo confirma la experiencia de las terapias y hay que hacer caso”. Por contra, cuanto antes se cortan estos vínculos, más crece, según José Antonio, “las posibilidades de éxito del tratamiento”.
Aunque coincide en que es lo más efectivo para recuperarse, Alfonso Santos relativiza. “Sí, sí, se puede entrar en recuperación manteniendo estas relaciones”. Pero aclara: “Ocurre que el que está en recuperación lo pasa mal y los otros, inconscientemente, también, porque tienen delante un ejemplo de lo que ellos deberían de hacer…”.
El resultado es que, si las cosas están claras para la persona que inicia la rehabilitación, las amistades de consumo son las que con frecuencia se apartan. “Yo quiero un cómplice, yo no quiero alguien que me demuestre todos los días que estoy haciéndolo mal”, argumenta Santos. Para él, de hecho, conveniente cortar con las relaciones de consumo cuando “la persona ya no se siente bien ni identificada con ese tipo de vida”.
A diferencia de sus compañeros de grupo, Rosario dice que todo depende ser capaz de comunicar que sufres adicción. «Si puedes decirlo, puedes mantener la relación, pero de forma posterior al tratamiento, no al principio: debes protegerte», advierte. Por eso hay que cortarlas «desde el principio, desde que eres consciente de la adicción», dice.
Cuando entro en recuperación me tengo que alejar evidentemente de todas las circunstancias, romper con todos los hábitos y personas de consumo.
Por qué cuesta dejar las relaciones con las que consumía
Cuando la persona en recuperación debe alejarse, lo pasa mal. “Es una de las cosas que más cuesta, ya que crees que te quedas solo y aislado”, reconoce José Antonio. El sentido de sacrificio y el temor es común en quienes sufren esta patología. “A una persona adicta, especialmente al principio de la rehabilitación, le cuesta todo”, destca Antonio. Claro que a cada persona le supone un esfuerzo diferente, en función de su personalidad, “la terapia, la experiencia acumulada, los testimonios de compañeros y compañeras, consejos…”.
A la corta, cuesta soportar el peso de decir “no” de la noche a la mañana. “Porque la gente todavía no entiende por qué lo dejas”, explica Damián. “Si tú dejas de fumar, todo el mundo te felicita, pero si dejas de beber, te pide explicaciones hasta el gato…”. Y a la larga está el riesgo de confiarse. Puede que, de tanta insistencia, “te olvides de quién eres, normalices tu situación, sientas que ya estás recuperado, que estás bien y lo vuelvas a hacer”.
Alfonso Santos ilustra el tamaño del desafío: “Si tú tienes un hábito de vida, de quedar todos los sábados a ver el partido en el pub o ir al fútbol o a la discoteca con tus amigos, claro que cuesta, porque ahora tengo que hacerlo de otra manera, con otra gente”. Se trata, sin dudas, de cambiar las rutinas, la forma de vivir. Es el precio a pagar para no volver a “verte como te veías”, sostiene el terapeuta.
Para Rosario el peso de cortar las relaciones de consumo se basa, sencillamente, en que «al principio no tienes claro que no es amistad lo que te une, es el consumo que te gusta».
Cómo cortar las amistades de consumo
Damián, presidente de G.A.EX Torrevieja, adicto en recuperación, sugiere tres tips concretos para cortar las amistades de consumo.
- Borrar números de teléfono
- Dejar de ir a sitios donde ibas, como bares y ambientes de consumo
- Romper con todo hábito y toda relación que esté ligada al consumo
Su compañero José Antonio añade otras, cuando la empresa de dejar las amistades de consumo se hace demasiado costosa:
- Pedir ayuda psicológica para enfrentarse al miedo
- Integrarse en un grupo de terapia semanal
- Acudir al médico, si hace falta
“La primera herramienta de todas es hablar. Si te callas se te pudre. En la terapia encuentras una caja de herramientas y dentro están las tuyas. Cuando escuches a otras personas decirte que sí puedes cortar relaciones tóxicas y que no tienes que sentir miedo ante nadie, lo verás todo de otra forma”, asegura Antonio. Y Rosario apunta: «la principal o la única herramienta inicialmente es buscar ayuda, en centros, en grupos de terapia, en profesionales«. «El miedo nos paraliza», confiesa.
Al miedo de quedarse solo o sola, Damián antepone la herramienta del grupo. “Siempre estamos entrando en un grupo de recuperación, donde vamos a encontrar amigos y amigas con hábitos buenos, sanos, y eso nos va a mantener muchísimo mejor”.

La adicción se puede superar, con la ayuda adecuada.
Volver a las viejas amistades tras la recuperación
La recuperación es un proceso costoso en todos los sentidos: tiempo, esfuerzo personal y familiar, dinero… Cuando se termina un tratamiento, la persona sale a la calle con nuevos instrumentos de gestión de vida que ahora debe poner en práctica. Pero quien ha cambiado es ella, el mundo allí fuera sigue igual. Por eso, aunque ya no vaya a los lugares donde antes consumía (una de las medidas fundamentales) puede cruzarse con una antigua amistad de consumo. O que esta le llame o le busque.
“Después de un tiempo recuperado, en calidad y cantidad, eres otra persona que puede hacer todo”, afirma Antonio. “Si nunca olvidas quién eres, tienes una nueva perspectiva que te da el privilegio de conocer dos vidas, la de antes y la de ahora”, añade. “Si la persona está fuerte”, dice Alfonso Santos, “puede relacionarse, pero ya hay un corte”. Para este terapeuta y adicto en recuperación “no se trata de no hablar con nadie, se trata de conocerse uno a sí mismo”.
La clave es el tiempo de recuperación, señala Damián, que para él es un proceso constante en la vida de una persona adicta. “Si me encuentro con alguien que consume, puedo mantener una breve conversación, y si he llegado al punto en el que no me afecta, pues puedo frecuentarla”, indica. Aunque esto no es lo normal.
El riesgo es que se despierten lo que Alfonso Santos llama “memorias pasivas”, estímulos guardados en la recámara cerebral que saltan al tomar contacto con algo de nuestro pasado. Algo parecido a lo que ocurre cuando escuchamos una música de la adolescencia que nos evoca imágenes, olores y sensaciones. Esto puede provocar, según José Antonio, “exponerse a una recaída y volver a activar el consumo de nuevo”.
Coincide Rosario en que el poder de los recuerdos y los impulsos influyen más en la posibilidad de recaer que el tiempo que se lleve de abstiencia. Por eso, dice, «la aceptación es de la enfermedad y de tener presente el peligro que puede suponer las relaciones anteriores» son clave.
Por eso, advierte Damián, “no es que yo vaya a ir a buscarla, no debo de ir a buscar a nadie, otra cosa es que me la encuentre”. Porque, aclara, “yo ya no pinto nada en sus vidas, ni ellos pintan nada en la mía”. De hecho, agrega Antonio, lo común será que, “a poco de llegar a la reunión, su mente siga atenta y ágil entre personas embotadas y espesas que se ríen por nada”. El adicto o adicta en recuperación es como un pez fuera del agua; el riesgo es que vuelva a zambullirse.
Son relaciones desfasadas, a juicio de Damián. “Es incompatible llevar una vida sin consumo, una vida normal, una vida familiar, una vida tranquila, manteniendo relación con personas que consumen y estar sometido a esos estímulos”. Antonio apela a una anécdota para respaldar la importancia de cambiar los hábitos, incluso los más arraigados culturalmente.
“Al terminar de comer, todos los días hacía lo de siempre: bajar al bar a tomar café. En el grupo, yo alegaba que ya no bebía, que tomaba café y el periódico. Un compañero veterano de años y mi referente me repetía que yo tenía ‘el espíritu del bar metido en el cuerpo’, y que ‘tenía serio peligro de recaída’; al final le hice caso y me liberé del maldito espíritu”. “Pero mi compañero recayó después de cinco años, cuando se fue con sus compañeros de trabajo a por una cerveza un día de Nochebuena. Hoy sigue con nosotros y es un referente para todos”.

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Cuando las amistades de consumo están en casa
La cosa se pone más cruda cuando la amistad de consumo, o la relación con otras personas consumidoras, está en casa. Un padre, un hermano o hermana, primos… En estos casos, “costará más desprenderse de ellas, por el vínculo familiar, pero hay que dejar la relación también, aunque sea muy doloroso hacerlo”, sostiene José Antonio, adicto en recuperación.
«Es más difícil, mucho más», admite Rosario. Pero los pasos, para esta adicta en recuperación, son claros: primero admitir a nosotros mismos: la adicción; después sincerarnos con ellos y finalmente que lo admitan y que no consuman estando tú delante. «Es un verdadero ejercicio de voluntad de seguir en abstinencia y de luchar por ti mismo», aclara.
“La solución está en hablar, con el grupo de terapia, con los familiares, naturalmente, y plantearlo. Recordemos que la palabra ‘no’, usada con educación y determinación, salva vidas”, sugiere Antonio. Y Damián ejemplifica cómo hacerlo: “Mira, yo he dejado el consumo, a mí no me ofrezcas, tú haz con tu vida lo que quieras, pero yo me voy a mantener al margen de esto”.
Si el familiar hace caso omiso, habrá que tomar medidas más drásticas. “Si no puedo sostenerlo, pues me debo alejar o que se vaya la otra persona, poner tierra de por medio”, aconseja Damián. “Porque esos estímulos van a ser absolutamente negativos y tendré que tomar una decisión”, concluye.
Claro que, no es lo mismo un vínculo de primera línea, o con el que se convive, que un familiar lejano o que vive fuera del hogar. “Dentro de casa yo le pediré a mi hermano que procure no dejar el tufillo del porro, procuraré que no consuma delante de mí y lo llevaré lo mejor que pueda, pero al final puede llegar a ser un poco más complicado, por la convivencia”, admite Alfonso Santos. En el caso de familiares más lejanos, dice, se debe actuar de la misma forma que con otras amistades, “no hay diferencia”.
Y qué mejor un ejemplo personal para ilustrar. Cuenta Damián al CIA de Adictalia que él tenía un familiar directo, propietario de un local, con quien consumía durante todos sus días libres. “Era una persona con la que compartíamos desde hace muchos años, aparte del vínculo familiar, pues había muchísimo más que eso”, destaca. “Pero cuando yo dejé el consumo, pues dejé de ir al local, evidentemente, y dejé de verlo, se cortó radicalmente la relación”.
Cuando la recuperación forjó una coraza en Damián, pudo volver a verlo. Pero fue sólo un instante. “Hasta pasados lo menos dos, tres años, fuimos mi mujer y yo, nos tomamos un café en la terraza y continuamos nuestro camino”.
Qué hacer cuando una amistad de consumo te persigue
Si bien es más frecuente que las viejas amistades de consumos “sean las que se alejen de ti, porque nosotros nos resistimos” a consumir, aclara José Antonio, puede ocurrir que algunas intenten convencerte a toda costa de que vuelvas a los malos hábitos. En palabras de este adicto en recuperación, que pretendan persuadirnos “de que no es para tanto, y que si dejas de consumir dejas de divertirte”.
Frente a esta situación ciertamente incómoda, Damián sugiere explicar la decisión con rotundidad y desde el corazón: “Mira, yo lo estoy dejando, me estoy recuperando, yo no quiero saber ya nada más de esto, no quiero saber nada de consumos, ni de drogas, ni de alcohol, ni de nada. Si de verdad eres mi amigo, me debes de respetar, no insistirme ni ofrecerme”.
En palabras de Alfonso Santos, se trata de “saberme ponernos en el sitio y decirle a la persona que me respete, y respétame”. Y echar mano de educación para ponernos firmes, recomienda Antonio: “Les explicaremos qué estamos haciendo y les diremos: ‘ya no puedo quedar con vosotros para la partida de esta tarde”.
Esto suele favorecer que la persona se aleje y podamos seguir libremente por el camino de la recuperación. De hecho, es poco frecuente que, “si se lo dejas claro, te siga insistiendo”, asegura Damián. Hay que «tomar otro camino», considerar estas amistades solo como ‘conocidos’ y sólo ‘saludados”, y cortar, concluye Rosario.
¿Puede una amistad de consumo ayudar a recuperarte?
Al reencontrarnos con una persona con la que hemos transitado una parte de nuestra vida, afloran un montón de sensaciones, agradables y desagradables. Esto también ocurre con una antigua amistad de consumo. Ya sea si está rehabilitada de su adicción, o si, por el contrario, está hundida y somos quienes nos estamos recuperando.
En ambos casos, la relación puede servirnos de manera positiva. “Si se ha rehabilitado antes, o si lo ha perdido todo y está destrozado y te acojonas porque tienes tarjeta roja… todo nos sirve para empezar” el tratamiento, propone Antonio, integrante de G.A.EX de Torrevieja. Damián, presidente de la asociación, propone: “Yo me mantengo en abstinencia y aparece una antigua amistad de consumo, entonces yo puedo influir sobre ella” para que lo deje, y hasta “mantener una relación”. Para Rosario esto es complicado, aunque puede funcionar a la inversa, en beneficio de la propia recupeaión: «Sería una prueba para tu vida no consumir estando con ella».
De hecho, es una simbiosis “positiva” mucho más frecuente de lo que se piensa, aclara Alfonso Santos, terapeuta y fundador de Adictalia. “Ocurre: no ver durante mucho tiempo a un antiguo compañero de consumo y después verlo bien y ver la vida que tiene, atrae mucho”. Entonces “le preguntas ‘cómo lo has hecho’, y a lo mejor puede ser un estímulo para ponerte en recuperación”.
La primera reacción de Jose Antonio, asistente a G.A.EX, es contraria: “No lo creo, las amistades de consumo sólo puede ser la puerta para volver a consumir”. Sin embargo, él mismo se replica recordando su historia. Porque en su caso fue precisamente una vieja amistad de consumo la que le mostró el camino de la recuperación.
“Esta persona que consumía conmigo y que es adicto también, me vio tan mal física y mentalmente, que se compadeció de mí, y me dijo que tenía un familiar que formaba parte de una asociación de exadictos, y que podía ponerme en contacto con él; y así fue: le habló a su tío de mí, y éste se presentó en mi casa, para darme una charla”, relata José Antonio. Tras la visita del hombre, se comprometió a acudir a G.A.EX una vez por semana. “Desde ese día, hasta hoy, ya llevo 6 años y medio de abstinencia, y sigo acudiendo a mi cita semanal para seguir tratando mi enfermedad”, dice, orgulloso.
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