TESTIMONIOS DE ADICCIÓN
“No voy a cambiar la persona en la que me he convertido por el consumo”
Fidel, uno de los primeros pacientes de Adictalia, cuenta cómo se recuperó de su adicción al alcohol.
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Equipo Adictalia
En la adolescencia, Fidel era un joven de esos que nadie diría que puede caer en la adicción. “Era un chico deportista, me gustaba mucho el deporte y desde los siete hasta los 16 años estuve corriendo en atletismo”, recuerda este gallego, a sus 45 años, desde su sillón de terapeuta en adicciones. Fidel fue la primera llamada que Adictalia atendió en sus inicios y el primer paciente que derivó a un centro de desintoxicación serio. Un centro donde Fidel consiguió recuperarse.
Existe mucho desconocimiento sobre esta enfermedad, tan estigmatizada aún por la sociedad. Por eso, probablemente, el Fidel adolescente que competía y ganaba trofeos estaba muy lejos de lo que la gente se imagina por “adicto” o “adicta”. Sobre todo en esa época, en su tierra natal, Galicia.
Tampoco él sospechaba ni de lejos que en unos años la vida le podía mostrar ese otro camino, mucho más oscuro. Sin embargo, creer que alguien deportista, “sano” a ojos de la opinión pública, no puede enfermar de adicción, es nada menos que un prejuicio.
Tenía claro Fidel que nunca probaría un trago. Cuando veía a alguien bebiendo alcohol, lo rechazaba con asco. Resonaba en su cabeza: “Mira qué borracho va ese”. Él se prometía a sí mismo que siempre se mantendría abstemio. Pero “nunca digas: de esta agua no beberé”, dice el refrán.
Sobre todo en la adolescencia, una etapa repleta de cambios emocionales, neuronales y hormonales, radicales. Irrumpen en la vida nuevas personas, otras se alejan, lo que antes gustaba, deja de hacerlo, y viceversa. Se trata de una fase marcada por nuevas experiencias, entre ellas, las drogas.
Adolescencia y alcoholLa primera vez
Sobre el final de su adolescencia, el primer contacto de Fidel con el alcohol le atrajo, muy lejos de lo que había sentido hasta ese momento. Era un chico tímido, retraído para relacionarse, y esto le permitía sortear esa incomodidad sin trabajar lo que había detrás. “Podía socializar mejor y no tenía vergüenza”, describe así los efectos.
Entró entonces en una espiral de la que no pudo salir. “Bebía la primera copa y no podía parar. No tenía la habilidad como cualquier otra persona de tomar algo e irme a casa. Yo tenía que seguir hasta dormirme o caer redondo”, confiesa. Pero tampoco hacía especial esfuerzo por parar. “Pensaba que era un proceso normal de la juventud, que luego podría controlar”, explica.
Probablemente, lo peor que le pasó a Fidel no fue tomar esa primera copa y sentirse bien, diferente, sino autoengañarse de que controlaba. “Podía parar durante la semana, porque tenía mi trabajo, iba al gimnasio…. Pero llegaba el viernes o el sábado y volvía a entrar en el bar”, recuerda.
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Al principio, muchas personas que consumen de forma abusiva mantienen la funcionalidad en sus vidas. Y esto limita las posibilidades de ver que realmente hay un problema, porque los pensamientos sobre consumir y el consumo en sí, dominan su vida. Es presa del ritual, pierde libertad de elegir.
¿Qué tiene el alcohol, u otras drogas, para modificar a la persona de tal forma que no puede vivir sin ella? Fidel consumía como forma de afrontar determinadas situaciones dolorosas o incómodas, que se le hacían insoportables. “Consumía mucho alcohol, sobre todo, cuando no era capaz de gestionar ciertas emociones. Un conflicto o una discusión me llevaba a aliviar el dolor con el consumo”, recuerda.
El 1° intento de tratamientoEl primer intento de tratamiento fallido y sus consecuencias
A los 33 años, Fidel notó que algo no funcionaba como debía e inició un tratamiento de año y medio para desintoxicarse del alcohol. “Conseguí estar dos años y medio limpio”, aclara. Fue un tratamiento ambulatorio, al que acudía desde su casa, puntualmente, varias veces por semana. Y funcionó, al menos consiguió la sobriedad durante un tiempo. Pero Fidel salió y cayó en un grave error: pensar que todo estaba resuelto.
La adicción es crónica. Esto significa que no es una enfermedad que se cura, sino que la persona puede aprender a vivir con ella. Y para conseguirlo es necesario reestructurar la vida por completo. Ello implica adquirir herramientas y revisar muchos aspectos: psicológicos, biológicos, familiares, sociales… La adicción no tiene una sola causa. Y tampoco existe la pastilla mágica que la sane.
Bebía la primera copa y no podía parar. No tenía la habilidad como cualquier otra persona de tomar algo e irme a casa. Yo tenía que seguir hasta dormirme o caer redondo.
Fidel, por desgracia, no comprendió la importancia de mantener el trabajo de crecimiento personal. Esto implica un mantenimiento terapéutico constante para reforzar un nuevo estilo de vida saludable.
“Tenía las mismas actitudes del pasado, pero sin consumir. No dejé mi entorno, mi grupo de personas, nada. Solo dejé de consumir y eso me llevó a recaer”, argumenta. La recuperación conlleva modificar muchos hábitos. Entre ellos, los ambientes que se frecuentaban en activo, pues pueden despertar memorias pasivas y provocar deseos de consumir.

La primera recaída
Una recaída es complicada de remontar. Recaer no significa fracasar, al menos no siempre. Aunque muchas personas lo sientan así. Recaer puede representar una piedra en el camino, solamente, si se tiene clara la meta de la recuperación. Pero, en todo caso, es un obstáculo difícil de superar emocionalmente. En el caso de Fidel, cuando recayó tras dos años y medio de sobriedad, hizo mucha mella.
“Sentía mucha vergüenza por mí y desilusión por parte de mi familia, que pensaban que estaba bien, pero había bebido”, confiesa. La vergüenza le llevó a adoptar las actitudes predominantes en las personas adictas: la mentira y la manipulación. Todo, con tal de que su entorno no se percatara de la realidad.
Tenía las mismas actitudes del pasado, pero sin consumir. No dejé mi entorno, mi grupo de personas, nada. Solo dejé de consumir y eso me llevó a recaer.
“Ponía la excusa de montar a mi hijo en el coche para dormir la siesta, era perfecta para ir a los bares. O que iba al gimnasio, pero en realidad no iba. O que mientras ayudaba a mi padre le decía ‘voy a la fuente a buscar agua’, y paraba en el bar a beber cervezas de trago”, enumera. El engaño es el principal aliado del consumo en una persona adicta.
¿Cómo maquillaba Fidel su estado de embriaguez frente a su familia? “Ellos veían el efecto que el alcohol ejercía en mí, entonces me fui a otras sustancias que camuflaran que estaba borracho”, revela. Es conocida la ingesta de cocaína, por ejemplo, para levantar el estado producido por la embriaguez. Esto ocurre con muchas drogas.
El 2° intento de tratamientoEl segundo intento de Fidel
Después de tres años trabajando en la recuperación, resulta duro ver cómo todo lo construido se desmorona por una recaída. “Volver al mismo centro nueve meses después me generó mucha frustración”, se lamenta Fidel.
Pero, por otra parte, rechazaba realmente este hombre la idea de que la enfermedad de la adicción implica mucho más que consumir. Por tanto, terminar con ella va mucho más allá de dejar de hacerlo. Por eso abandonó el tratamiento ambulatorio: “Pensé que estaba bien y me di el alta voluntaria”, dice.
La vida se lo iba a aclarar. “Tuve una ruptura de pareja que no pude sostener y empecé a consumir de nuevo”.
Sentía mucha vergüenza por mí y desilusión por parte de mi familia, que pensaban que estaba bien, pero había bebido.
La gravedad de la adicción requiere en algunos casos tratar la enfermedad de manera integral y profunda en un régimen residencial, las 24 horas, todos los días. Es decir, aislarse del entorno, algo que un tratamiento ambulatorio no se consigue, pues asistes a terapia puntualmente desde tu casa. Hay casos de dependencia a los que les alcanza con este proceso. Pero Fidel necesitaba mayor intensidad terapéutica: un centro.
El nivel de consumo llegó al extremo de que Fidel por primera vez temió por su vida. “Era un consumo diario, los siete días de la semana. Iba a más y cada vez más fuerte: sustancias tóxicas; dejaba a mi familia de lado, a mi hijo pequeño tirado… Sabía que tenía que ingresar, pero no estaba dispuesto a parar. Negaba la realidad”, admite.
Intervención familiarLa intervención: momento de abrir los ojos
Fidel se encontraba firme en la negación de su enfermedad y esto era un gran problema para él, pero también para su familia. En estos casos, donde la persona adicta niega su problema y rechaza comenzar un tratamiento, hay que acudir a técnicas que le impongan la realidad. Una de ellas es la intervención terapéutica.
Fidel recuerda cómo fue, emocionado: “Se juntó mi familia y la madre de mi hijo y sus padres, aunque yo no sabía que estaban todos. ‘Voy a llevarte al niño, que hace una semana que no lo ves’ me dijo la madre de mi hijo. Y cuando llegué a la cocina, me encontré el panorama”.
Pensé que estaba bien y me di el alta voluntaria. Tuve una ruptura de pareja que no pude sostener y empecé a consumir de nuevo.
La familia de Fidel aplicó una de las medidas finales del ‘amor duro’: marcar con firmeza los límites a la persona adicta y supeditar el apoyo familiar, que no el amor incondicional, a que acepte tratarse. “Me dijeron: ‘Fidel, sabemos que estás mal, no lo engañes más: o te metes en tratamiento o te vamos a quitar al niño’”.
Esa frase cambió por completo el enfoque de su vida. “Lo que me llevó a recuperarme fue mi hijo. Al principio salté con ira, pero entendí que estaba siendo un peligro para él”, confiesa. El rebote, la reacción agresiva, suele ser normal en estos casos de intervención. Incluso puede ocurrir que la persona se vaya despotricando e insultando de la casa por un tiempo. Pero luego, en general, acatan la alternativa que le brinda la familia, porque se ven sin opciones.

La última mentira de Fidel
Parecía que esta vez era la definitiva. Fidel portaba en la mochila la vergüenza por haber recaído; una intervención familiar que lo había puesto entre la espada y la pared; y el centro de desintoxicación que había conseguido por medio de Adictalia. El protocolo para ingresar estaba a punto, Fidel sólo debía abordar el avión que lo llevaría hasta la ciudad donde estaba el centro al que lo derivó el equipo terapéutico.
Pero la adicción dio un manotazo antes de que la empezaran a hundir. “El día que iba a ingresar aproveche para mentir. Me fui de casa, supuestamente por una maleta, y no volví”, recuerda Fidel. ¿A dónde fue? A por un trago.
Me quería recuperar y lo tenía claro. La decisión de dejar de consumir ya la había tomado y si me perdía por el camino, me equivocaba de centro o de tratamiento, buscaría otro. Pero no iba a consumir más.
Así esquivó el ingreso en el centro. Su madre, mientras, le esperaba allí para que ingresara y despedirse por un tiempo. Pero terminó oficiando de intermediaria para que le reservaran la plaza. Con esa mentira, Fidel siente que falló a su madre y a su hijo, pero, sobre todo, se falló a sí mismo.
“Deje a mi madre tirada, otra vez. Cogió el avión sola y se presentó en el centro para no perder la plaza. Ella lo ha aguantado todo: recaídas, procesos, rupturas de relaciones, juzgados por los que estuve a punto de entrar a la cárcel…”, relata arrepentido.
Observar el dolor de las personas que más quería le dio un nuevo bofetón para tomar consciencia de que tenía un problema. Le acercó un poco más al fondo al que se dirigía por el consumo. “Dije: ‘esto tiene que cambiar’, tenía una vida autodestructiva que mi madre era incapaz de gestionar”.
El apoyo de AdictaliaAdictalia, la luz en la oscuridad
Adictalia fue para Fidel como un marinero que encuentra un faro en la oscuridad del océano. “Había alguien que me comprendía y no solo me entendía” del otro lado del teléfono, recuerda. Era una de las primeras llamadas que atendía el equipo terapéutico, luego del lanzamiento del proyecto.
Fidel se encontraba en medio de una tormenta interior: quería ingresar, pero aún tenía la idea de consumir en su cabeza. “Decía que quería estar con mi hijo, que era la realidad, pero también quería consumir un poco más”, confiesa.
Aquí el trabajo de Adictalia fue clave. Porque durante varias semanas estuvieron asesorando y orientando a Fidel para que se decidiera a ingresar y buscar una salida a su enfermedad. Fue así incluso cuando, antes de tomar el avión, el hombre se arrepintió y huyó; algo bastante común en las personas adictas cuya consciencia de enfermedad aún es inmadura.
Lo que me llevó a recuperarme fue mi hijo. Al principio salté con ira, pero entendí que estaba siendo un peligro para él.
“Perdí el control otra vez por no hacer caso a las pautas que me daban, pero ellos (Adictalia) siguieron ayudándome. Me decían que volviese a casa, que dónde estaba… Probablemente, si no me hubiesen llamado ese fin de semana, el consumo habría ido a más”, admite Fidel.
Este trabajo terapéutico de escucha y sugerencia consiguió que por fin se embarcara y volara hasta el centro: “Llamé a mi padre para que me recogiera, me metió en el avión y, entonces, me puse en tratamiento”, recuerda hoy con satisfacción.

La adicción se puede superar, con la ayuda adecuada.
Ingresado lejos de casa: la mejor opción
Fidel inició el tratamiento a cientos de kilómetros de su casa. “Sabía que hacerlo lejos iba a funcionar, porque en mi entorno no estaba funcionando. De manera ambulatoria tampoco lo puedes hacer, porque la obsesión por el consumo no para y necesitas estar protegido”, alega.
La distancia de los entornos de consumo habitual: amistades, bares, hogar, familia, trabajo… asegura que la persona se encuentre aislada de estímulos emocionales que pueden invitarla a consumir. Además, representa un obstáculo si, en un momento dado, quiere abandonar el tratamiento. Porque, si bien el alta es voluntario, lejos y sin dinero, resulta más difícil emprender el retorno.
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La hora de la verdad
Cuando Fidel llegó al centro, le estaba esperando su madre. “Me dijo: ‘Fidel, recupérate, quédate aquí’”, cuenta. Era su tercer intento terapéutico. Las experiencias previas, la recaída, la intervención, el intento de huida… Todo había consolidado en él la idea de que ésta era la vencida.
“Me quería recuperar y lo tenía claro. La decisión de dejar de consumir ya la había tomado y si me perdía por el camino, me equivocaba de centro o de tratamiento, buscaría otro. Pero no iba a consumir más”, relata con orgullo Fidel.
Los inicios de la recuperaciónLos primeros tres meses: el inicio del camino
Recuerda Fidel los inicios del tratamiento como complicados: “La primera y segunda semana fueron duras. No quería estar allí, seguía con el estigma de pensar que eso no me hacía falta, que no era como los demás”, admite.
Pero él sabía que no tenía otra opción que seguir. Los primeros meses de tratamiento sirven para pasar por la desintoxicación, propiamente, la primera de las cuatro fases del proceso integral. Y para empezar a adquirir nuevos hábitos saludables que te alejen del consumo, es decir, la segunda fase: deshabituación.
Comenzó a mirar a su interior y a descubrirse. “En el centro entiendes qué te lleva a consumir, quién eres de verdad. Yo tenía un prototipo de persona con carencias afectivas y emocionales que no conocía”, afirma.
Si sacas después de tres meses de tratamiento a una persona a la calle, le vienen otra vez las ganas de consumir.
Después de meses, Fidel pasó del centro a un piso tutelado. Al completar los procesos de desintoxicación y deshabituación, se pasa al de rehabilitación. En esta tercera etapa, aún ingresada en el centro, la persona revisa y aprende herramientas potentes de gestión emocional y prevención de recaídas.
Herramienta que luego debe poner en práctica fuera. Para eso están los pisos tutelados y la fase de reinserción, la cuarta y última. Una instancia intermedia entre el centro y la calle. El paso a pisos tutelados suele darse después de, al menos, seis meses. Todo depende de la gravedad y evolución del caso. Algunos lo hacen al año y medio.
Fidel explica por qué: “Si sacas después de tres meses a una persona a la calle, le vienen otra vez las ganas de consumir”. Y precisa: “Es normal que en tres meses quieras estar curado, pero lo único que haces es parar el consumo, y crees que estás bien porque no tienes ganas de consumir”.

“Crear una nueva personalidad era muy complicado: ser tranquilo, pedir perdón, socializar con compañeros que no conozco, estar con gente que me caía mal, conflictos diarios que resolver… Todo eso no me gustaba, pero me di cuenta de que exponiéndome en la calle, en los pisos terapéuticos, mi personalidad iba a cambiar y que, así, me iba a mantener lejos del consumo”, explica.
Reconstruir la vida implica cambiar creencias, pensamientos, formas de elaborar las emociones. Consiste en un profundo trabajo terapéutico que ayuda a remodelar la casa desde los cimientos, para sostener la abstinencia. Sin esto, todo se limita a ser capaz de dejar de consumir. Pero ante la mínima contingencia, el deseo por evadirse, por dejar de sufrir, acarrea la recaída.
Disfrutar de manera naturalDisfrutar de manera natural
Antes de iniciar el tratamiento, Fidel asociaba la felicidad y el disfrute a los estados de euforia que conseguía con el consumo. Algo normal en personas que dependen de la sustancia para sentirse bien. Por eso, replantear las creencias y las emociones que esas generan resulta fundamental para mantener a raya a la adicción.
En el proceso de recuperación comprendió Fidel que las recompensas de la abstinencia son mejores que las del consumo: “No sabía que leer un libro, sentado, me producía felicidad y tranquilidad”, reconoce. El placer de nuevos hábitos saludables es un tesoro que se descubre a lo largo de un tratamiento de adicciones.
Y ese descubrimiento abre nuevos caminos vitales. A medida que avanzaba en su tratamiento, Fidel encontró su vocación: ayudar a los demás a salir de la adicción. “Mi objetivo era poder coger a un chico en la calle y decirle: ‘Yo te entiendo’”. Así fue como, tras dos años en recuperación, comenzó su andadura como terapeuta.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción
La vida después del tratamiento
Hoy Fidel es un terapeuta en adicciones que obtiene el reconocimiento de muchas familias. Cuando mira hacia atrás, no siente vergüenza, sino orgullo del camino que lo trajo hasta aquí. Aunque cambiaría el día que empezó a consumir si pudiera hacerlo, también agradece que eso le haya dado “la oportunidad de ser quien es, gustarse y aceptarse”. El agradecimiento al camino recorrido, fundamental para arrancar de nuevo.
Por eso, precisamente, sabe que un adicto recuperado como él no puede distraerse ni confiarse. Él, como tantos terapeutas, sostiene la idea de que la adicción no tiene cura. Una persona adicta aprende a convivir con la enfermedad crónica. Para ello el mantenimiento terapéutico es esencial: seguir en contacto con grupos terapéuticos y prestar atención al mundo interior, de donde parte todo.

Fidel lo sabe: “Tengo que recordar que siempre voy a ser una persona adicta en recuperación, y que sigo en tratamiento”. Por eso, todos los días cumple una rutina de orden riguroso, pues el orden es un gran enemigo de las adicciones, y viceversa. Los hábitos saludables alejan los estímulos y le ayudan a centrarse en su objetivo: consolidar la abstinencia y una vida plena sin consumo.
“Por las mañanas practico meditación”, explica Fidel. “Algo que también hago mucho es indultarme, pienso: ‘pase lo que pase, hoy no voy a consumir. Me ayuda a estar tranquilo”, añade. Y continúa: “Hago deporte porque me ayuda a generar dopamina de manera natural”.
La dopamina es una molécula que determina el deseo de consumir, en el caso de las personas con adicción. Con la integración de la práctica del ejercicio en sus vidas, satisfacen este deseo.
“Luego doy terapias a los chicos y me genera certificación. Y, una vez a la semana, me reúno con gente que no conozco, cosa que me ayuda a seguir trabajando en mi recuperación”, relata Fidel. Y concluye, con la seguridad que le reportan años de experiencia: “No voy a cambiar la persona en la que me he convertido por el consumo”.
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