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Cómo ayudar a un adicto o una adicta que no quiere ayuda

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¿QUÉ HACER CON UNA PERSONA QUE NO QUIERE DEJAR LAS DROGAS?

La negación de la adicción, y, por tanto, de la necesidad de tratamiento, es una reacción muy habitual en las personas que sufren esta enfermedad. Son numerosas las personas que llaman cada día a Adictalia, ya no para conseguir una alternativa terapéutica para su familiar, sino para encontrar respuestas a la recurrente pregunta de “cómo ayudar a un adicto o adicta que no quiere ayuda”.

El estado de negación provoca dolor e impotencia en el entorno de la persona que sufre la adicción. Lo saben bien las familias que lidian cada día con las repercusiones de los actos inconscientes de la persona adicta, propios de la enfermedad. Y que también asisten al deterioro progresivo de su ser querido y de las relaciones familiares en general. La adicción constituye una patología que atraviesa emocional y psicológicamente a todo el entorno.

Cómo ayudar a una persona adicta que no quiere ayuda constituye un interrogante que, como en todo proceso terapéutico, carece de una única respuesta y, las que se dan, varían según el enfoque psicológico. A cada caso de adicción, a cada realidad personal y familiar, le corresponderá una forma de proceder diferente, individualizada, forjada según esas circunstancias.

Un enfoque que destaca en muchos centros de adicciones es el del «modelo del cambio» de Prochaska y Clemente. Este paradigma considera que la etapa de negación de una persona adicta corresponde a la pre-contemplación. Es un estado en que la persona no es consciente, al menos no del todo, de su problema; apenas, si acaso, alcanza a vislumbrar sus consecuencias. Es una etapa en la que la familia sólo puede acompañar aportando información, con el fin de que la persona en algún momento tenga herramientas para interpretar mínimamente lo que le pasa. 

En esta etapa de precontemplación, de negación del problema (“¿Qué problema?”, se pregunta la persona adicta) las consecuencias negativas de la adicción en su vida todavía son menores o que a los efectos positivos o compensaciones del consumo. Recién una vez que lo negativo supere a lo “positivo”, la persona pasará a la etapa de contemplación, donde toma consciencia del problema de la necesidad de cambiar de vida, aunque sin pasar a la acción. Esta etapa viene aparece la acción supondrá hacer tratamiento y dejar el consumo).

 ¿Significa esto que nada podemos decir sobre cómo actuar frente a la negación de la persona adicta? Existen patrones comunes que permiten, más que sugerir formas de actuar, comprender qué se esconde detrás del estado de negación y así orientar a que la familia gestione la relación con su familiar y encuentre ayuda profesional de forma eficiente.

Se puede partir de la base de que hay quienes diferencian entre la negación como  

Para arrojar luz sobre cómo ayudar a un adicto o adicta que no quiere ayuda, Adictalia ha consultado a dos profesionales que trabajan cada día con familias de personas que sufren esta patología. Encarnación Pámpanas Porras, psicóloga de FERMAD (la Plataforma Madrileña de Entidades Para la Asistencia a la Persona Adicta y su Familia), y Alfonso Santos Ruíz, terapeuta especializado en adicciones e intervencionista.

¿CÓMO AYUDAR A UN HIJO O UNA HIJA ADICTOS QUE NO QUIEREN AYUDA?

 “Comenzar un acompañamiento terapéutico para manejar la situación”, responde con claridad Encarnación Pámpanas Porras cuando se le pregunta qué puede hacer la familia para ayudar a una persona adicta que rechaza la idea de que sufre una enfermedad.

La idea de que el entorno busque asistencia y asesoramiento profesional resulta indispensable, por dos motivos: para descubrir mecanismos que ayuden a su familiar, por un lado. Y, por otro, para cuidar emocional y psicológicamente al resto de integrantes de la familia y sus relaciones, quienes también sufren las consecuencias de convivir con una persona adicta.

“La familia debe mostrar firmeza”, asegura por su parte Alfonso Santos Ruíz. “La persona adicta utilizará todos los mecanismos propios de la adicción, como la manipulación, convencer por medio de la insistencia, para justificar su situación y sus actos”, dice. Por ello, recomienda que el entorno vaya “siempre a una”, acordando entre sus integrantes los límites, y que se mantenga firme en relación con ellos. Es decir, no ceder a las demandas o argumentaciones típicas de la persona adicta respecto del dinero, las actitudes de convivencia, la responsabilidad frente a las repercusiones de sus actos… Pero que siempre lo hagan “desde el cariño”, que es la mejor herramienta de comunicación. La agresividad y el echar culpa nunca funcionan.

“Los límites son importantes, pero no son siempre iguales: si una persona está en negación, pero no tiene actitudes violentas, ni problemas económicos, los límites pueden ser más amplios”, aclara Santos Ruíz. Esto no quita que la familia deposite su energía en expresarle, de forma constante, su preocupación y la necesidad de que acuda a tratamiento.

¿INTERNAR A UNA PERSONA ADICTA CONTRA SU VOLUNTAD?

Frente a las desagradables consecuencias de un caso de adicción, resulta frecuente escuchar, por parte de quienes se encuentran lejos de esta realidad y reaccionan con incredulidad y vehemencia, la mágica solución de “forzar” a la persona a tratarse o ingresarle en un centro contra su voluntad. Como indica Pámpanas Porras, “no se recomienda forzar a la persona ni ingresarla contra su voluntad” y, por otra parte, esta posibilidad legal solo “existe cuando hay otra problemática asociada”. La adicción per se no basta.

“Según la ley, a nadie se le puede forzar contra su voluntad para una recuperación de adicciones, solo por el hecho de sufrir adicción”, confirma Santos Ruíz. Para que la Justicia dictamine algo así, debe existir, por ejemplo, la prueba fehaciente de que la persona puede atentar contra su vida o la de alguna otra persona a raíz de su adicción.

Recomienda Santos Ruíz “esperar a que llegue el momento de debilidad de la persona, cuando se ha venido abajo anímicamente o ha tenido un problema serio que ha hecho que se sienta muy vulnerable ante su propia enfermedad. Entonces es el momento clave para incidir en que se ponga en marcha y acuda a tratamiento”.

Insiste en esperar al “momento oportuno”. La razón es fácil de comprender: “cuando la persona no tiene problemas con el consumo, cuando todo está bien, cuando está en la cresta de la ola, será imposible que admita que está enferma y que debe tratarse”, explica el terapeuta. Por eso sugiere paciencia para que la propia patología de la adicción se manifieste en forma de problemas económicos, ruptura de relaciones, accidentes, violencia…

“Cuando la persona la ha liado de cualquier manera, cuando ha desaparecido varios días y se ha gastado el dinero y está arrepentida, entonces es cuando debemos estar encima para hacerle ver la necesidad de tratarse, porque tendremos más posibilidades de que reaccione en ese sentido”, aconseja Santos Ruíz.

Actuar a nivel familiar frente a la negación de la persona adicta requiere “la intervención terapéutica para que la familia desarrolle sus herramientas de manejo de la adicción”, señala por su parte Pámpanas Porras. “Cada familia necesita un camino específico relacionado con la información, la comunicación, la resolución de conflictos, la búsqueda de recursos…”, añade.

Está claro que cada cuadro familiar de adicción es único; no existe una solución general, una única forma de proceder, para todos los casos.

“El estado de negación es el primer grado de la adicción. La persona no ve esto, porque no ha sufrido sus consecuencias, solo quiere seguir consumiendo porque ha encontrado una compensación para su desequilibrado sistema emocional,  psicológico o de valores. Ha encontrado un poco de placer temporal, de evasión de su sufrimiento, por medio del consumo y no es fácil quitarle esto, de la misma forma que no lo es quitarle un caramelo a un chiquillo”, compara Alfonso Santos Ruíz. “Mientras que se disfruta del consumo la negación estará allí, así que la principal pauta es esperar el momento clave de arrepentimiento, de bajón emocional o ruptura emocional”, dice.

¿Y cuándo sucede esto? “Puede tardar meses o años, pero en algún momento lo hará, la persona se quebrará por algo”, explica el terapeuta. Y mientras, ¿qué hacemos? “Siempre hay que estar enviando mensajes a la persona sobre que sufre una enfermedad para la que hay tratamiento, señales de que no se encuentra bien, de que ya no es lo que era ni física ni psicológicamente, de que nos gustaría poder hablar, comunicarnos, desde el cariño”, enumera. De esta forma, la preparamos para que, en el momento de fragilidad, tenga más opciones de tomar consciencia.

ECHAR A UNA PERSONA CON ADICCIÓN DE CASA…

Pero en esta espera, las repercusiones de los actos de la persona adicta recaen sobre todo el entorno: desde los problemas de maltrato, hasta robos o endeudamiento, por citar algunas. Estas situaciones en muchos casos se tornan insoportables y muy duras de sobrellevar. Frente a tales escenarios, ¿dónde está el límite para seguir conviviendo?

“La convivencia se rompe dependiendo de la familia y del entorno donde se conviva, de las normas, los límites, el trabajo previo…”, enumera la psicóloga de la plataforma madrileña. Resulta imposible generalizar y ofrecer un punto de inflexión común para romper la convivencia con la persona adicta. Todo depende de las circunstancias.

Santos Ruíz es más de la opinión de que, en situaciones de adicción grave, donde las consecuencias están deteriorando de forma innegable a todo el entorno, “las medidas extremas pueden resultar positivas terapéuticamente para la persona adicta”. No obstante, insiste en que se debe valorar “el estado de la persona”.

Por ejemplo: “Si una persona con cierta dependencia al cannabis presenta rasgos como cumplir con sus estudios o trabajo, socializar en su día a día, relacionarse en general con cariño y respeto, tomar medidas extremas para que trate esa dependencia puede resultar excesivo y hasta contraproducente. Sin embargo, podemos tomar medidas extremas, como echarla de casa, anteponer una orden de alejamiento o una denuncia en un juzgado, cuando se da violencia, robos reiterados, la convivencia es imposible y está perjudicando seriamente a todo el entorno por más apoyo y comprensión que mostremos. Es decir, cuando la adicción está en un estado grave y hemos agotado recursos para gestionar la relación”.

Para este terapeuta, según su experiencia, en muchos casos, situaciones negativas como “verse en la calle, ante un juzgado, sin familia; quizá sea la única forma de recuperar a una persona adicta”. En otras palabras: estas situaciones pueden resultar favorables para que pueda tomar consciencia de que sufre un problema. Por el contrario, añade, en ocasiones, si omitimos o eludimos como familiares, por pena o miedo, tomar las dificilísimas decisiones que conducen a la persona a esos contextos límite, puede implicar que estemos actuando, sin saberlo ni quererlo, “de forma cómplice” con la enfermedad.

Pámpanas Porras no tiene tan claro que la opción de expulsarle del hogar para que toque fondo y recapacite pueda resultar efectiva, aún en casos extremos. “Estas preguntas forman parte del desarrollo de un proceso terapéutico, es muy arriesgado responder a una realidad que cada familia la vive de una manera, sin conocer los recursos previos, las situaciones previas y la dinámica de funcionamiento”, advierte la psicóloga.

CONVENCER A UNA PERSONA ADICTA DE QUE NECESITA AYUDA

Coincide Santos Ruíz en que cómo se proceda dependerá del caso, de cada persona. Con todo, dice, “convencerla” de que requiere tratamiento implica “mostrarle constantemente las consecuencias de sus propios actos: ‘te has gastado el dinero’, ‘no has ido a trabajar’, ‘no nos tratas bien’, ‘te alteras’, ‘nos estás dejando’, ‘no cuidas tu higiene, no te duchas’, ‘mira cómo tienes los ojos’…”. Consisten en observaciones cotidianas, efectuadas “siempre desde el cariño y nunca desde el reproche, la culpa o la rabia”, que cumplen el objetivo de mostrar a la persona lo que la enfermedad no le deja ver.

Convencer a una persona de que debe tratarse requiere, para Pámpanas Porras, que la familia, el núcleo familiar o de convivencia, “desarrolle herramientas para poder tener la visión general de la situación, organizar una estrategia y, posiblemente, practicar formas diferentes de funcionar en el domicilio”.

En numerosos casos de negación de una persona adicta respecto de la necesidad de abordar la enfermedad, la figura de la persona intervencionista en adicciones ha desempeñado un papel clave para que aquella termine cediendo al tratamiento.

“Un proceso intervencionista en adicciones es un evento donde se congregan personas allegadas a la persona adicta, con el objetivo de ‘persuadirle’, todas a una, de la imperiosa necesidad de que se trate”, explica Santos Ruíz. Para ello, se le expone en grupo y desde el “cariño” las consecuencias de sus actos. En el acto, le comunican entre todos y todas cómo está afectando la enfermedad en su propia vida y en la del entorno, pero también le expresan apoyo y busca despojar a la persona adicta de miedos.

“Eso sí, se le debe dejar claro que si sigue así nos perderá y que, si escoge el camino de la recuperación, contará con nuestro apoyo”, aclara el terapeuta.

En este proceso intervencionista, la familia constituye la “herramienta más poderosa”, señala. Ahora bien, el entorno que participa en un proceso de intervención puede estar conformado también por amistades, personas con las que socializa a diario y con las que existe amor o, incluso, interés, como un jefe o jefa. Estas figuras pueden resultar igual, o más potentes, que familiares directos.

Ejemplifica Santos Ruíz: “Imaginemos a una persona adicta cuyos progenitores son mayores, que no se enteran ni comprenden la adicción como enfermedad: la fuerza de su intervención será débil. Pero si cogemos a la pareja, a sus amistades, a su encargado o encargada de puesto laboral, incluso a la propietaria de su vivienda, que le aprecia, el efecto de la intervención será más potente”.

En el fondo, se trata de que el adicto o la adicta entiendan que existe a su alrededor una sociedad de personas cercanas que son conscientes del problema y que quieren ayudarle. Pero también que, si no se trata, esas relaciones pueden verse afectadas por las consecuencias de la enfermedad.

Son escasos los recursos que ofrece la figura especializada en intervencionismo en adicciones, aclara Santos Ruíz, quien lleva años ejerciendo como tal desde Valencia. Pero existen y, lejos de lo que pueda imaginarse, no se trata necesariamente de terapeutas o psicólogos/as de adicciones, quienes desarrollan otra función dentro del proceso de recuperación. La persona intervencionista está especializada concretamente en lidiar con situaciones de negación; tiene habilidades y experiencia suficientes para dar una respuesta práctica a la pregunta: “cómo ayudar a un adicto o adicta que no quiere ayuda”.

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