TESTIMONIOS DE ADICCIÓN
“Se pueden hacer cosas maravillosas sin tener que consumir”
Las lecciones que nos deja la recuperación de David
Aparece en este artículo

Equipo Adictalia
“Empecé a los 14 años con el alcohol. A los 16, o incluso antes, empecé con el speed, las pastillas, el éxtasis, el LSD, las anfetaminas… Y a los 18 probé la cocaína”, describe David cómo fue su contacto prematuro con las drogas. La cosa no se quedó en la adolescencia, el consumo perduró mucho más allá. “Duró unos 20 años, prácticamente todos los días”, confiesa este padre cuyos dos hijos están saliendo ya de la adolescencia, y que se ha recuperado en un centro por medio de Adictalia.
A los 21 años, David conoció a Carmen, su actual pareja. Y, como en la mayoría de los casos, la enfermedad acabó por arrastrarla. Aunque ese consumo era diferente, “esporádico”, aclara David, y ella pudo dejarlo a tiempo. En concreto, cuando se casaron y Carmen quiso formar una familia, un hogar, limpio de sustancias. David, en cambio, siguió hundiéndose en el pozo de la compulsión.
Del consumo ocasional al habitualDel consumo ocasional al habitual
“Consumía a escondidas, de vez en cuando, había temporadas donde consumía más y otras menos”. Pero con el tiempo, el cerebro desarrolla tolerancia y necesita más dosis para conseguir el mismo efecto. Y, si no se la das, sufres sensaciones desagradables, lo que se conoce como ‘mono’. Así que David empezó “a consumir entre semana, un miércoles, después un jueves; más tarde ya empezaba el lunes, martes, miércoles, jueves…”.
El nacimiento de su hija representó un “cambio radical” en su vida, admite. “Cuando nació, empezó un consumo brutal. Entonces recuerdo estar mi mujer en el hospital e ir con mi hijo a verla muy cargado por haber consumido mucha sustancia…”, recuerda David con dolor. “A partir de ahí, creo que la adicción ya se apoderó de mí”.
Además, ocurrieron otros hechos trascendentes que le impulsaron a pasar del consumo esporádico al habitual. “Se juntó la enfermedad de mi madre, el nacimiento de mi hija y la muerte de mi padre, al que consideraba un amigo”, recuerda David.
“Yo estaré eternamente agradecido a Adictalia y a los centros que me han ayudado a salir de esto”
La adicción es una enfermedad que afecta a cualquiera, sin importar clase social, edad, sexo, lugar de nacimiento… Detrás siempre se esconden las sensaciones de vacío y los miedos, que se intentan disipar con los efectos de las sustancias o las conductas adictivas (como las apuestas). David hoy, después del tratamiento, es consciente de por qué consumía.
“Siempre he tenido mucho miedo a todo. Como no sabía afrontar mis problemas y sentimientos, me refugiaba en el consumo”, explica. Y continúa: “Me superaban las situaciones: el estrés, ver que mi entorno iba contra mí; ser padre, los cambios de la vida, pensar si sería capaz de afrontar la vida con un hijo…”, enumera, echando la vista atrás.
Para Carmen, la pareja, fueron años muy duros: “su carácter era muy diferente”, cuenta la mujer. Y David concuerda: “Cuando he estado en consumo he sido una persona muy agresiva, incluso llegué a no poder juntarme con mis amigos”. Sin embargo, para él, en ese momento, nada de eso tenía que ver con el consumo, ni con la existencia de una adicción. “Tampoco lo achacaba a que fuese por las drogas”, explica.
La negación de la enfermedad es una actitud muy común en las personas adictas. Tomar consciencia de que existe un problema puede llevar tiempo y, probablemente, pisar un hoyo profundo. Lo que en la jerga terapéutica se llama “tocar fondo”. Entonces es cuando la persona pide ayuda o acepta por fin, la mano que el entorno le estaba ofreciendo. Hasta ese momento, todo es rechazo, superioridad, prepotencia. Posturas férreas que se camuflan detrás de frases como “yo controlo, no pasa nada” o “yo puedo solo, no necesito ir a ningún lado”.

Mentira, manipulación y robos
La posibilidad de ocultar el problema se volvió insostenible para David. No sólo sus acciones le delataban, sino también la falta de dinero. “Al principio no tenía deudas, iba pagando. Pero poco a poco la deuda se incrementó y entonces me llegaron a saturar las deudas”, rememora.
El deseo de consumir es tan fuerte que la persona adicta puede llegar a robar, sin importar a quién. Es decir, su cerebro está controlado por el estímulo. Para que se entienda, es como poner en una balanza, de un lado, a un ratón, que representa la parte racional de la persona, aquella que le dice lo que es correcto o incorrecto. Y, en la otra báscula, a un elefante, que representa la necesidad de consumir.
“Me di cuenta de que mi mujer iba detrás de mí y me ponía una persona sádica con ella. Yo entraba al baño, consumía sin esconderme, prácticamente me daba todo igual”
“Manipulaba a mis padres, a mi hermana, para que me dejaran dinero, o engañaba a mi pareja de que me hacía falta esto, lo otro, o pedía nóminas adelantadas en el trabajo”, describe David. “Y cuando no lo conseguía de esa manera manipulando, lo cogía sin pedir permiso del monedero de mi mujer, de la cartera de mi padre, de donde fuera… La sustancia no tenía que faltar”, declara.
La tensión pudo con él. Ya no aguantaba la presión de sus propias mentiras y de estar llevando al pozo a su propia familia. “Pensé: ‘ya no hay otra solución que decírselo a mi mujer para que sepa exactamente lo que tengo’”. Ese fue el primer paso fundamental para afrontar la adicción: admitirla.

El primer intento de salir
En 2019, David le confesó a Carmen las deudas que acarreaba por el consumo de sustancias. Ella decidió acompañarle, una vez más, en esta tormenta. Decidieron buscar juntos ayuda profesional, de terapeutas especializados en adicciones, y encontraron una alternativa cercana. Se trataba de una terapia ambulatoria, a la que David acudía semanalmente con un psicólogo.
“Le acompañaba y creíamos que estaba intentando salir”, cuenta Carmen. Pero el proceso ambulatorio no alcanzaba para la gravedad que había adquirido su dependencia. Salvo al inicio del tratamiento, cuando mantuvo la sobriedad, David siguió consumiendo. Es cierto que más esporádicamente, pero cuando lo hacía “era a lo bárbaro”, reconoce.
La culpa por no poder mantener la abstinencia y por sentir que estaba perjudicando a su familia le estaban destruyendo. “Mi cabeza cada vez estaba peor. Cuando consumía me sentía como una persona que no valía para nada, que estaba defraudando y fracasando”, relata. Se trata de un sentimiento muy común en las personas adictas, pues muchas realmente quieren salir, pero la enfermedad puede con su voluntad. Sobre todo, cuando no encuentran las herramientas idóneas que les ayuden.
La relación de pareja, como suele ocurrir, se resiente hasta límites insospechados. “Era todo una bronca, llevábamos tres años de peleas”, relata David. De ocultar el problema, la toxicidad entre ellos le condujo a perder todo cuidado. “Me di cuenta de que mi mujer iba detrás de mí y me ponía una persona sádica con ella. Yo entraba al baño, consumía sin esconderme, prácticamente me daba todo igual”, reconoce.

El amor duro
Lo cierto es que Carmen, pese a la terapia ambulatoria, no comprendía lo que era una adicción. Ni siquiera que era una enfermedad. De hecho, su actitud seguía siendo la de encubrir a su marido o juzgarle, pasando de la pena al odio. Una actitud pendular típica de las personas coadictas (aquellas que dependen emocionalmente del adicto), y que sólo hace que enturbiar más el problema.
Sin saberlo, un día Carmen practicó el “amor duro”: la firmeza con que la familia puede incitar a la persona adicta a poner un freno, a pedir ayuda. Entonces dijo basta. “Esto no es lo que quiero para mí, o coges la ayuda o te vas”, le dijo a David. Convino con la psicóloga y con su marido que necesitaba un ingreso 24/7 en un centro de desintoxicación.
“Por mucho que vayas a centros, si no estás dispuesto…”
Pero, ¿dónde? ¿Y cómo saber que no les estaban engañando con tanta oferta por internet? Ahí es cuando aparece Adictalia: un servicio de orientación gratuito que orienta a familiares a elegir tratamientos efectivos en función de sus características y necesidades. Un proyecto que surgió para evitar abusos y engaños, en un terreno fértil para estas prácticas espurias.
“Llamamos a Adictalia y empezó mi recorrido”, cuenta David. “Tienen centros por toda España y te buscan el que más se adapte a tus necesidades económicas, de distancia, de personalidad…”, confirma Carmen. “Veíamos que esa (el ingreso) iba a ser la solución”, admite.
Tras estudiar el caso, Adictalia les sugirió un tratamiento lejos de su casa. De esta forma, el paciente tiene más obstáculos prácticos si se le pasa por la cabeza la posibilidad de dejar el centro. Algo que es bastante frecuente, teniendo en cuenta que el proceso en un centro implica un cambio radical, costoso y para el que hay que tener un gran convencimiento.

Un contratiempo inesperado y la solución
David tenía lo principal para ingresar y aspirar a coger las riendas de su vida: voluntad de cambio. “Aquí sale el que quiere”, advierte. Y aclara: “Por mucho que vayas a centros, si no estás dispuesto…”.
Además, David quería cambiar por amor a él mismo, por volver a ser quien era antes de la adicción, y no por los demás: por su pareja o sus hijos, lo cual sería un error. Muchas personas que se tratan para contentar o evitar que sus seres queridos se alejen, al final terminan recayendo, porque la recuperación es menos auténtica.
Pero la perfección no existe, sobre todo en este tipo de procesos, condicionados por muchos factores ingobernables. La adicción es pura locura. Intentar entender lógicamente los actos de una persona adicta es imposible; solamente se pueden comprender desde la enfermedad. Así que durante el tratamiento ocurrió algo inesperado.
“Tuve un brote psicótico, me peleé con un compañero, y me echaron del centro por mala conducta”, relata David. En estos espacios hay normas y, por tanto, consecuencias. Algo que las personas adictas no suelen asumir, pues la adicción conlleva caos e irresponsabilidad por naturaleza.
Como estos episodios suceden, Adictalia siempre tiene un “plan B”. Nunca se abandona a una persona que pide ayuda y que, por algún inconveniente, no ha dado con el espacio o momento adecuados. El equipo terapéutico buscó un nuevo recurso de ingreso para David, en el que continuara el tratamiento. “Ese mismo día vino un representante de otro centro para llevarme, y estuve cinco meses allí”, confirma.

Conoce historias reales de personas que han superado la adicción
Mantener la recuperación
Tras ese tiempo en el segundo centro, David salió limpio y con las bases asentadas para iniciar una nueva vida. Eso sí, tenía claro que el trabajo de su recuperación no se cerraba con la puerta del centro. “Me dieron el alta, pasé por pisos tutelados para reinsertarme y, cuando llegué a casa, Adictalia me buscó un centro de día en el que estuve otros seis meses”, indica.
Tras el circuito de recursos terapéuticos, David volvió al hogar con la idea firme de seguir practicando. Era consciente, después del tratamiento, de que la recuperación es un árbol que debe regarse diariamente para mantenerlo con vida. “Cuando llegas a casa tienes que seguir con tus rutinas, pero las tienes que amoldar a tu vida”, explica David. El motivo es sencillo: “Debemos tener una cosa clara, la adicción es crónica, para toda la vida”, advierte.
“Mi cabeza cada vez estaba peor. Cuando consumía me sentía como una persona que no valía para nada, que estaba defraudando y fracasando”
Por eso sus días han cambiado por completo. “Mi rutina empieza con una tarea de limpieza; antes de irme a trabajar, medito todas las mañanas, y luego tengo tres terapias grupales y una individual a la semana”, describe. “Hago deporte todos los días y por las noches escribo mi diario personal, donde plasmo cómo me he sentido durante el día”, añade. La práctica de hábitos saludables aleja el fantasma de la recaída.
“Yo estaré eternamente agradecido a Adictalia y a los centros que me han ayudado a salir de esto”, expresa David. Y se anima: “Siempre han dicho que un adicto agradecido nunca ha recaído”. La vida de esta familia dio un giro de 180 grados, en todos los aspectos, para bien.
No obstante, el cambio de hábitos implica renuncias que a las personas cercanas les suele costar comprender. “Muchos familiares o amigos no entienden lo que es la adicción”, señala David. Por eso “les resulta extraño” que él no vaya a bares o se aleje de la gente que bebe o consume. “Pero para eso, tú tienes que hacer el trabajo interno, para estar fuerte; todo es un trabajo personal”, aclara. Descubrir que se puede vivir de otra manera.
Invitamos a David a mirar a su niño interior y hablarle. Y esto es lo que le dijo: “Yo le diría al David de los 14 años que se puede disfrutar mucho y hay muchas cosas buenas sin llegar a consumir nada, porque ahora disfruto lo mismo, disfruto mejor que cuando estaba en activo. Se pueden hacer maravillosas cosas, como pasear por el parque e ir a muchos sitios, sin tener que consumir ninguna sustancia”. Ahí es nada.

Si te gustó el artículo, ¡compártelo!
Aparece en este artículo

Equipo Adictalia
Artículos relacionados
Mantente actualizado sobre las novedades del sector. La salida es colectiva.
ASÍ LOGRÓ MANUEL SALIR DEL INFIERNO DE LA ADICCIÓN Los beneficios de buscar tratamiento para la adicción a la cocaína Cuatro adictos rehabilitados, entre ellos dos terapeutas, explican una de las claves de la recuperación. Pensamientos y sentimientos expresados por personas adictas recuperadas Alfonso Santos, el fundador de Adictalia, cuenta su larga peregrinación por la adicción y cómo salió de ella. Fidel, uno de los primeros pacientes de Adictalia, cuenta cómo se recuperó de su adicción al alcohol. La historia de Manuel: de años de consumo a recuperar su vida gracias a un tratamiento integral
9 minutos
Cómo es un tratamiento para dejar la cocaína
16 minutos
Por qué dejar las amistades de consumo
14 minutos
40 frases sobre adicciones que pueden ayudarte
5 minutos
“Ayudar a personas adictas me ayuda a mantener mi propia recuperación”
10 minutos
“No voy a cambiar la persona en la que me he convertido por el consumo”
13 minutos

