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El circuito de recompensa

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Cómo funciona el circuito del placer en una persona adicta

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Para comprender qué es una adicción, o más bien por qué es tan difícil frenar los impulsos adictivos, resulta fundamental conocer el circuito de recompensa cerebral. Si bien esta es la parte fisiológica de las dependencias a sustancias y a conductas compulsivas, ya que en estos cuadros responden a múltiples factores: sociales, personales, psicológicos, genéticos, familiares

No obstante, el mecanismo biológico de la adicción siempre entra en juego para que una persona caiga en la compulsión. Es decir, el circuito de recompensa siempre ha de activarse y trastocarse para que se produzca adicción.

¿Qué es el circuito de recompensa?

El cerebro es el órgano responsable de guiar la conducta y las reacciones corporales. El circuito de recompensa cerebral es un complejo neuronal que permite sentir y experimentar sensaciones de deseo y placer o gratificación, como respuesta a determinados estímulos electroquímicos.

Algunas partes del cerebro se encuentran relacionadas con las sensaciones de placer y euforia. Estas zonas se activan por medio de impulsos eléctricos provocados a partir de los que percibimos por los sentidos. Cuando esta electricidad llega a estas regiones, se producen las reacciones químicas responsables de que sintamos placer, alegría, euforia…

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    ¿Cómo funciona el circuito de recompensa cerebral?

    El cerebro guía la conducta por medio de neuronas, es decir, células nerviosas que se componen de:

    • Un cuerpo, del cual nacen ramas llamadas dendritas;
    • Una cola alargada llamada axón;
    • Terminales nerviosos que se encuentran en la punta de los axones.

    Las neuronas se ordenan en secuencias. No se tocan entre ellas, sino que están separadas por un espacio conocido como sináptico. Este espacio interneuronal se llama así porque allí sucede la sinapsis, en la que intervienen los terminales nerviosos de una neurona y la membrana receptora de la neurona colindante.

    Cuando una neurona alcanza el umbral de estimulación eléctrica, esta libera químicos que son recibidos por la neurona colindante, produciendo determinada sensación de excitación o inhibición. Por ejemplo, la euforia que producen algunas drogas es un resultado ligado a la excitación. Mientras que el efecto sedante de otras, se asocia con la inhibición.

    Estos químicos se conocen como neurotransmisores y el proceso descrito, como neurotransmisión química. Existen muchos tipos de neurotransmisores y, para cada uno, una clase de receptores encargados de atender y acoger a esa señal química. Estos receptores, una vez que cumplen la función, devuelven el neurotransmisor a su neurona original por medio de transportadores. Si se quedan extraviados algunos en el espacio sináptico, el cerebro tiene formas de destruirlos o almacenarlos en vesículas.

    En todos los casos, cuando los neurotransmisores remiten, se separan de los receptores, los efectos de la neurotransmisión química desaparecen: la sensación correspondiente se disipa.

    Todo esto sucede en un lapso muy breve de tiempo. Por eso las sensaciones o estímulos que sentimos duran un momento no son permanentes. Esta comunicación electroquímica, donde una señal provoca una respuesta, es la esencia del funcionamiento cerebral. Y, en un cerebro que funciona “normalmente”, se encuentra regulada para mantener un equilibrio.

    ¿Cómo intervienen el circuito de recompensa en la adicción?

    El consumo de drogas altera el funcionamiento cerebral natural relacionado con el deseo y la gratificación. Provoca un desequilibrio en el que la persona necesita consumir cada vez más para obtener una recompensa, que siempre es pasajera y menos pronunciada de lo que se espera.

    Los neurotransmisores encargados de promover las señales químicas del placer y la gratificación en condiciones normales son moléculas endógenas. Es decir, que forman parte del propio cerebro, de nuestro organismo, venimos con ellos de fábrica. Por tanto, los producimos para permitirnos experimentar sensaciones y, en definitiva, sobrevivir: alimentarnos y reproducirnos, acercarnos al placer y huir del dolor.

    Comer y tener sexo se asocian a sensaciones placenteras, porque las hormonas del hambre y el instinto de reproducción liberan neurotransmisores que reportan ese efecto para asegurar que mantengamos esas conductas. Las drogas, por su parte, son químicos que actúan sobre neurotransmisores endógenos. Entran al organismo por ingesta, inhalación, inyección, a la sangre, pero, a diferencia de los estímulos naturales, el cerebro carece de la capacidad para regular su presencia y capacidad de actuación

    Un neurotransmisor natural, después de que comunicó la señal al receptor de la neurona contigua, es removido de este y recaptado o almacenado por la neurona original, hasta que se produzca un nuevo estímulo. Las moléculas químicas de las drogas actúan, dependiendo de la sustancia, bloqueando los receptores de esos neurotransmisores, como es el caso de la cocaína, o bien estimulándolos, como sucede con la heroína. Por tanto, los neurotransmisores permanecen más tiempo en el espacio sináptico, bien porque no pueden ser recaptados, o bien porque son demandados en mayor cantidad por los receptores. 

    La única forma que tiene el organismo de eliminar las sustancias, ante la incapacidad del cerebro de regular su presencia, es por medio del hígado, que las metaboliza. Pero lo hace a un ritmo muy lento. De esta manera, las moléculas químicas de las drogas liberadas en el espacio sináptico e interviniendo en los receptores neuronales provocan que la sensación placentera no solo dure más tiempo, sino que sea mayor.

    Los neurotransmisores que entran en juego cuando consumimos diferentes tipos de drogas están identificados:

    • Cuando fumamos nicotina intervienen el neurotransmisor acetilcolina;
    • Con el alcohol, los ansiolíticos, inhalantes, el ácido gama-aminobutírico y el grutamato;
    • En el caso de los psicoestimulantes, la dopamina;
    • Los opiáceos, encefalinas y endorfinas;
    • Con la marihuana, los endocanabinoides y anandamida,
    • Y con los alucinógenos, la serotonia.

    EL SISTEMA DE RECOMPENSA Y LA DOPAMINA

    Pero para comprender mejor el proceso adictivo, resulta fundamental observar el papel que tiene la molécula dopamina. Este neurotransmisor se asociaba tradicionalmente con las sensaciones de placer, porque en los experimentos científicos se observaba una alta presencia dopaminérgica en zonas del cerebro relacionadas con la gratificación.

    Con el tiempo, y esto es más o menos novedoso, se comprendió mejor el papel fundamental de este neurotransmisor. Y tiene que ver con el deseo más que con el placer, con la ilusión de sentir que con la experimentación.

    ¿Dónde está situado el circuito de recompensa? 

    Las sensaciones de querer o desear se producen en una zona del cerebro primario, muy rica en dopamina, llamada área ventral tegmental. Esta se conecta por medio de células de largas colas con el núcleo accumbens. Cuando las células se activan liberan dopamina en el nucleo accumbens y la persona experimenta la sensación de motivación.

    Esta vía se denomina mesolímbica y es conocida como el circuito del deseo. Desempeña un papel fundamental en la supervivencia humana, pues es la encargada de que aprendamos, recordemos, aquellas conductas que nos ayudan a sobrevivir, ya sea porque nos provocan placer o nos alejan del dolor. Así, las sensaciones gratificantes llegan después de la motivación provocada por la acción dopaminérgica, y responden a la actuación de otros neurotransmisores, algunos de los cuales se mencionaron en párrafos anteriores.

    El circuito de recompensa cerebral.

    Por eso, algunas investigaciones más novedosas, si se quiere, prefieren diferenciar entre el circuito del deseo y el del placer. Dicen: el deseo y el gusto, la expectativa y la experiencia, se originan en partes distintas del cerebro. En otras palabras, diferencian entre la acción del neurotransmisor que prevé o dispara la promesa de satisfacción, y la de los neurotransmisores que nos permiten experimentar realmente lo que conseguimos siguiendo esa previsión o viviendo algo inesperado. 

    La dopamina sirve para que miremos hacia futuro y para que, cuando este se convierte en presente, aprendamos a aprovechar los recursos que encontramos. Cuando se produce una recompensa mayor de la esperada o experimentamos una sorpresa en nuestro día a día, se da un error de predicción de recompensa. Este consiste en la recompensa imaginada menos la recompensa vivida o, simplemente, inesperada. Ese error feliz es lo que pone en marcha el circuito del deseo de la dopamina.  

    A partir de ese fallo de predicción que nos produjo satisfacción o sorpresa, la dopamina que liberamos nos ayuda a aprender que eso es importante para nuestra vida. Se generan nuevas conexiones neuronales y patrones, de modo que, la próxima vez que sintamos ese estímulo, la dopamina nos guiará a repetir, porque nos anticipa, de alguna forma, que sentiremos placer. Cuando probamos algo gratificante, la dopamina se encarga de reforzar la conducta para prever esa experiencia.

    Cada vez que olamos la comida que nos gusta, nos crucemos con la persona que nos agrada, o escuchemos la música de nuestra adolescencia, estaremos motivados a repetir. El dopaminérgico es un sistema obsesionado con mantenernos con vida y grabar aquellas experiencias “valiosas”. Sin embargo, no distingue si lo que nos provocó placer en realidad a la larga nos causará daño.

    Así como refuerza la experiencia de la sensación orgásmica del sexo, que está ligada a la supervivencia de la especie; parece incapaz de prever que la experiencia eufórica y alegre de la cocaína nos provocará complicaciones orgánicas serias. De la misma manera que refuerza la sensación de deseo por la comida para saciar nuestro apetito y alimentarnos; nos conduce a fumar un porro para experimentar la gratificación que sentimos cuando lo probamos. Porque quizá esta valoración racional depende de una parte del cerebro mucho más nueva en términos evolutivos: el neocortex.

    ¿Qué pasa en el cerebro de una persona adicta?

    Con el correr del tiempo, en la mayoría de situaciones que intervienen los estímulos naturales, la sorpresa, el error de predicción, se vuelve predecible, menos feliz. La dopamina se inhibe y autorregula, en condiciones normales, porque de esa forma maximiza los recursos y vuelve predecible determinados escenarios favorables. Y si no aprendemos a disfrutar de las sensaciones del momento, del presente, puede sucedernos que vayamos permanentemente detrás de una expectativa, de la promesa irreal de algo mejor. 

    Es lo que ocurre en muchas relaciones amorosas cuando cae la motivación intensa del principio y se rompen para ir detrás de nuevos encuentros. Ahora bien, las personas también pueden aprovechar y disfrutar del ejercicio de los neurotransmisores del presente. Y controlar las ansias permanentes e insaciables de encontrar siempre «algo mejor», «que nos reporte más intensidad». Pero esto es más improbable con las drogas

    A diferencia de la comida y el sexo, las drogas estimulan la liberación de dopamina de una forma inusitada, mucho más potente y descontrolada que cualquier estímulo natural. Mientras que el cerebro tiene formas de equilibrar los estímulos endógenos, con las sustancias adictivas se encuentra completamente inexperto y falto de recursos. En el caso de los primeros, inhibe la sensación de deseo cuando entran en acción los neurotransmisores del placer y, a partir de la recaptación, opera el mecanismo de la saciedad. En el caso de las segundas, no existe mecanismo de saciedad.

    A medida que comemos, si todo funciona normalmente, remite la motivación y expectación por ingerir porque la acción dopaminérgica se retira para dar lugar a los neurotransmisores de la experimentación. Y, con ello, al mecanismo de saciedad; se trata de una balanza natural. En el caso de las drogas, no existe saciedad posible.

    El fino equilibrio se rompe con la liberación de dopamina provocada por las sustancias adictivas. El cerebro carece de un mecanismo para satisfacer la euforia provocada por estas. Bajo el efecto de las drogas, la dopamina secuestra el circuito del deseo y, por eso, las personas adictas quieren siempre más y más, nunca es suficiente

    Quizá por eso, también, la adicción se caracteriza por tener pensamientos obsesivos permanentes en torno al consumo, a lo que “supuestamente será”, a la promesa de placer. Mucho más que por el placer real del consumo en sí, cuyo efecto nunca se corresponde con lo que imaginábamos, y, además, nunca se ve satisfecho.

    A fuerza de repetir la sobre estimulación dopaminérgica con drogas, se generan nuevos circuitos neuronales y patrones de aprendizaje emocional en el sistema límbico. Y la parte más racional del cerebro pierde capacidad de controlar el deseo, las promesas de lo que las sustancias nos reportarán priman sobre las consecuencias. Y las sustancias y sus efectos se vuelven la respuesta a cualquier situación complicada de la vida: una vía segura a la evasión. Así es como la dopamina moldea el cerebro adicto.

    Bibliografía empleada para este artículo:

    El cerebro adicto: Por qué abusamos de las drogas, el alcohol, la nicotina y muchas cosas más. Michael Kuhar, Liliana Corvalán Droby, José Antonio Fuentealba Evans, Katia Gysling Caselli. Copyright Date: 2016 Ediciones UC

    Dopamina. Daniel Z. Lieberman | Michael E. Long. Ediciones Península.

    Adictos a las sombras. José Manuel de la Torre. Editorial Laertes.

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