PREVENCIÓN
Prevención de adicciones y consumo de drogas
Las claves para conseguir una estrategia eficaz en adolescentes.
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«Que no fumes cannabis no significa que estés loco, pues el 80 % de los jóvenes tampoco fuma». Es la frase publicitaria de una campaña de prevención de adicciones y de consumo de marihuana de Holanda que ha dado buenos resultados. Decir “buenos resultados” significa que la campaña ha sido eficaz, en el sentido que explica a Adictalia el presidente de la European Society for Prevention Research, Gregor Burkhart.
¿Qué hace que esa estrategia de prevención haya sido más eficaz que otras? Para que una campaña para prevenir el consumo de drogas tenga eficacia, debe, en primer lugar, cambiar conductas o intenciones de comportamiento en parte del público al que apunta. Es imposible que lo consiga en el 100 por ciento de las personas a las que se dirige, es decir, al público objetivo. Pero ha de poder modificar la predisposición a consumir al menos en una parte del público objetivo y, por supuesto, el resultado debe ser medible.
Cambios reales y resultados comprobables son dos factores que demuestran eficacia y que no tienen nada que ver, como explica Gregor Burkhart, con el mero objetivo de la visibilidad de una campaña. Este último se limitaría a atraer al público porque consigue que sus integrantes se sientan apelados, se identifiquen. Y, por tanto, logra que repliquen en sus redes las piezas y mensajes, aunque ni se planteen dejar de consumir o evitar probar…
La prevención de adicciones que no funciona
¿Cómo afinar la eficacia de una campaña de prevención de drogas y adicciones? Desde luego, no a base de infundir miedo a las consecuencias, asegura Burkhart. Una línea que se puede ver con frecuencia en estrategias de prevención de accidentes, como las que explota la DGT. Pese a estar comprobado “científicamente” que este tipo de operaciones “no funcionan”, asegura el experto, se siguen empleando también para la prevención de adicciones en todo el mundo. En España, aclara, “si bien en los últimos 15 años se han dado grandes avances, se podría mejorar la forma de hacerlo”.
“Sabemos que informar y alertar sobre cómo las drogas son peligrosas no funciona o, incluso, hace daño, es decir, que puede aumentar la intención de consumir”, sostiene Burkhart. ¿Por qué, si no son eficaces, se continúa por ese camino? “Porque son campañas que hacen ruido y, obviamente, hacer ruido crea capital político”, responde el experto.
Campañas en los medios masivos del tipo “No a las drogas” son un ejemplo de lo que Burkhart llama “ruido”. “Muchas campañas con imágenes fuertes, mensajes fuertes, hacen ruido, y hay que evitar estas cosas, porque no son eficaces y cuestan muchísimo dinero”, precisa. Pero, aunque se pueden desarrollar estrategias “mejor estudiadas y diseñadas”, advierte, “aquí sigue habiendo campañas y jornadas de concienciación que carecen de modelos teóricos válidos y de comprobaciones empíricas de que funcionan”.

El distanciamiento entre ciencia y política sobre cómo prevenir
Para Burkhart, la ciencia y la política van cada una por su lado en materia de prevención. “Los científicos debaten sobre cómo hacer los programas más eficaces, pero esos dos mundos están completamente distanciados, no se conectan”, ilustra. Y explica que, “por este motivo, las medidas ambientales para elaborar mejores regulaciones, como la propuesta de la nueva ley del alcohol, reciben resistencia: porque crean poco capital político, poco ruido”. Y, al tiempo que su puesta en práctica usualmente es más complicada para quienes dirigen, “los cambios muchas veces son menos visibles y pasan desapercibidos”. Es decir, son una propaganda pobre y que requiere más esfuerzo, aunque consigan mejores resultados.
A todo esto, la eficacia de las campañas prevención del consumo de drogas depende de que abarque diferentes aspectos, no se limita a operaciones publicitarias en medios. La razón es que la tendencia a consumir sustancias y, aún más, la posibilidad de desarrollar la enfermedad de la adicción, responden a múltiples causas: las características biológicas y psicológicas de la persona; la familia en que se ha criado; el entorno social y cultural… Y todas deben ser atendidas para revertir tendencias.
Así que hay que olvidarse, de entrada, de que la publicidad en medios de comunicación, las charlas en colegios, una norma municipal, vayan a cambiar per se una realidad compleja. Sobre todo, si se lanzan de forma aislada. Primero, es ideal coordinar el diseño de diferentes acciones, para abordar diversos frentes que intervienen en este amplio problema. Y, segundo, que cada estrategia responda a criterios que realmente impacten en el público para generar cambios de actitudes.
Por eso, como explica en el recuadro de este contenido, es tan importante que los recursos para realizar prevención los gestionen directamente quienes toman las decisiones locales: ayuntamientos, barrios, municipios…
Prevención en el ámbito localPrevenir el consumo y las adicciones en el ámbito local
Explica Gregor Burkhart a Adictalia que existen tres componentes a tener en cuenta para conseguir una prevención eficaz del consumo:
- El campo científico, que se concentra en detalles que son cruciales para desarrollar las políticas, pero que está desconectado de las personas responsables políticas, a las que les interesa “el ruido” mediático.
- Las personas que toman las decisiones locales, que se muestran muy receptivas a cualquier acción que se les ofrezca y que puedan aprovechar para mostrar que “hacen algo”. Y, por tanto, hacen cosas que son “peligrosas”, como campañas de miedo o meramente informativas.
- Y el “potencial no utilizado” de las medidas ambientales, que pasa por mejorar los ambientes de ocio nocturno, las calles, las leyes de venta, etcétera.
“Siempre se habla de prevención entre científicos y políticos nacionales, pero se desatiende los escenarios locales”, advierte el experto. Continúa: “Por eso hemos desarrollado un currículo de prevención orientado a grupos locales, del cual participan ya 32 países, por medio del cual formamos sobre qué es realmente la prevención eficaz a políticos locales, a personas que deciden o influyen a nivel local”. Una estrategia que, en España, está funcionando con entusiasmo, dice.
“Durante los decenios pasados no se ha mirado la importancia de los sistemas de prevención: cuánto colaboran los ministerios entre sí; cuál es la gente que realmente hace la diferencia; dónde está el dinero…”, recuerda Burkhart. Ejemplo de ello es que en España el Plan Nacional de Drogas es el organismo responsable de distribuir recursos a las comunidades autónomas. “Pero eso debería ser más bien la excepción, porque en muchos países el dinero y su disposición, o sea, quién decide y cómo, están a nivel municipal”, destaca Burkhart.
Para este experto, si no se toman en consideración estas cuestiones sistémicas, “nada cambia”. La razón es sencilla: “En los congresos nos quedamos hablando de cómo mejorar los programas, mientras que quienes aplican esas estrategias de prevención siguen haciendo cosas de los años 70”, sugiere.

— ¿Qué recepción tenéis por parte de personas decisoras locales a los que formáis en prevención?
— Las personas decisoras en políticas locales normalmente llegan a este puesto, no porque tengan una gran formación en prevención o porque sepan algo de la materia, sino porque tienen la carpeta de prevención en el Municipio y están obligadas a desenvolverse. Y lo mismo ocurre con jefes de la Policía.
Y es curioso, pero la recepción es sorprendentemente buena. La gente se queda pensando: “¿Esto que hacemos no funciona? Vamos a cambiar, vamos a parar de pagar por ciertas cosas dudosas”. En la formación cuestionamos qué significa realmente evidencia o efectividad en prevención de adicciones. “Efectividad” no significa que al grupo diana le guste; efectividad implica que alguien cambie su comportamiento.
Nunca hubiese pensado que la formación tendría tanto éxito, mucha gente la demanda. Está en los planes de acción de la Unión Europea, lo que quiere decir que algunos Estados tienen que hacer el curso para recibir dinero público.
Me sorprende, también, que la gente sea más flexible de lo que yo pensaba. Más flexible en cuanto a cambiar sus paradigmas de actuación, incluso la Policía. Cuando, por ejemplo, dices: “Eso de andar con perros en los colegios no funciona” o “ir a las clases y dar charlas sobre las drogas no funciona, vuestra gente debería hacer lo que la Policía hace mejor, que es estar en la calle y vigilar si se vende a menores, etcétera…”.
La Policía toman con entusiasmo estos conceptos. Yo pensaba que la gente iba a resistirse más. Pero la mayoría de las veces les gusta, porque nunca antes había recibido una formación específica, en solo pocos días, sobre este tema, el cual es de una importancia social relevante para quien toma decisiones.
– ¿Podemos decir, entonces, que el miedo para prevenir adicciones no funciona?
– No, claro que no funciona. Eso ya lo sabemos desde hace tiempo. Pero seguimos haciéndolo.
Lo que se debe evitar para prevenir de forma eficaz
¿Cuáles son los criterios que hacen que una campaña sea eficiente? Empecemos por enumerar aquellas pautas que son ineficaces, según Burkhart. Es decir, que no consiguen modificar la tendencia de adolescentes a consumir drogas y, por tanto, se incrementa la probabilidad de sufrir una adicción, pero que, sin embargo, se siguen usando. Estas son estrategias preventivas erróneas:
- Infundir miedo sobre las consecuencias
- Limitarse a informar sobre drogas o adicciones;
- Intentar elevar la autoestima de las personas adolescentes para que no busquen refugiarse en el consumo;
- Enseñarles habilidades para que no cedan a la presión de grupo.
“La educación sobre las sustancias no es prevención”, explica Burkhart a Adictalia en el marco del Congreso de Socidrogalcohol en Valencia. Y precisa: “La educación es un derecho civil, igual que la información. Cada persona tiene derecho en los colegios a tener educación sobre las sustancias, está bien conocerlas. El problema es encuadrar esto como prevención”.
Es que con informar no alcanza para cambiar intenciones, para prevenir. “Tú tienes derecho a informarte, pero está clarísimo que este ejercicio no tiene ninguna relación con el consumo”, explica el experto. De hecho, la gente que tiene más información sobre el cannabis “no por ello consume menos”, ilustra. Un gran estudio en Suiza con todos los reclutas de las fuerzas armadas “demostró que la gente que consume cannabis tiene más conocimiento sobre esta sustancia, y sobre la salud en general, que la que no consume”.

“Este es un ejemplo de que la información es un derecho cívico, pero no tiene nada que ver con la prevención. Cada persona debe recibir información objetiva, sencilla y correcta sobre las sustancias psicoactivas, así como sobre los peligros de los smartphones y de las redes sociales. Pero sería inocente pensar que eso cambiaría algún comportamiento. No lo hace, está comprobadísimo”, asegura el experto.
Incluso, hasta puede ser peligroso limitarse a incursionar por ese camino pensando que se está previniendo. Es decir, la vía de informar y meter miedo, tan transitada por organismos y campañas educativas.
“Grandes estudios sobre campañas nacionales americanas, que ni siquiera fueron tan exageradas, nos permitieron saber que este tipo de estrategias aumentan las ganas de consumir, precisamente en los más inocentes, en la gente que no consume ni conoce las sustancias”, explica Burkhart.
¿El motivo? Cuando estas personas se exponen a los contenidos que buscan prevenir en esta línea informativa y dramática, “tienen la sensación de que todo el mundo parece estar consumiendo, y se dicen: ‘yo soy el único que no consume, debo hacerlo o aumentar’’; la gente quiere consumir más después de ese tipo de campañas”, asegura el experto.
En definitiva, son estrategias que refuerzan una percepción errónea en las personas adolescentes, sobre todo en las más “inocentes: personas que ni siquiera conocen las drogas en general y que termina iniciándose en el consumo, porque estas campañas crean la percepción de que todos a su alrededor lo está haciendo”, señala Burkhart.
Lo que sí funciona en la prevenciónLo que sí funciona para prevenir el consumo
Influir en la percepción de lo que es “normal” en cuanto al consumo por parte de adolescentes resulta clave para conseguir la eficacia en la prevención de drogas y adicciones. Y esto implica identificar y apuntar a la “percepción errónea” que esas personas tienen sobre lo que sus pares hacen con supuesta normalidad.
Y si estas acciones, que trabajan sobre la consciencia individual, se respaldan en intervenciones a nivel ambiental, general, la efectividad de la prevención aumenta. Por ejemplo, con leyes que actúen sobre los contextos, como ofrecer alternativas de ocio saludable, o aplicando normas que aumentan el precio y la edad legal de venta de productos de tabaco o alcohol.
Para comprender por qué es más efectivo actuar sobre la percepción de las personas para influir realmente en su conducta, hay que comprender cómo la percepción determina la conducta.
Por un lado, actuamos según normas que percibimos como aprobadas por los demás y que “definen lo que debe hacerse en una determinada situación”. Por otro lado, está lo que realmente hacemos, más allá de la aprobación, para adaptarnos a situaciones de la vida. Por ejemplo, lo que hacen los adolescentes para adaptarse a los grupos de pares.
Pero estas normas pueden ser implícitas, impuestas por pocas personas, poco discutidas abiertamente y percibirse de forma errónea, distorsionada. Por ejemplo, la mayoría de adolescentes sienten internamente que consumir no es bueno y probablemente no concuerdan con la idea de que hay que hacerlo. Sin embargo, terminan “adhiriéndose” a la intención de consumir porque, erróneamente, perciben que es normal entre sus pares. Entre lo que sienten y lo que perciben por error hay una distancia, pero puede pesar más lo segundo.
Esto da lugar a lo que se conoce como “ignorancia pluralista”: pensamos, creemos, erróneamente, que los demás, en general, actúan de una manera, y buscamos adaptarnos, aunque no nos guste la conducta. Sucede así con el consumo de sustancias o comportamientos adictivos como las apuestas. Por eso las mejores campañas, como la holandesa del cannabis, buscan rebatir y discutir esa percepción errónea de que ‘los demás lo están haciendo’ y que alimenta el ‘cómo yo no’.
Describía Burkhart hace unos años (pues hace mucho que se sabe que estas estrategias son más eficaces) un ejemplo: “Los jóvenes sobrestiman, sistemáticamente, no sólo el nivel de consumo, sino también la aceptación del consumo de sus pares”. Y aseguraba que estos procesos son “fácilmente reversibles”, si se corrigen las percepciones erróneas de lo “normal” y de las normas sociales.
Para ello, sugería, resulta fundamental contrastar los datos reales sobre el nivel de consumo que está haciendo la persona, con la percepción que tiene de lo que consumen las demás, y posteriormente con los hechos efectivos: cuál es realmente el nivel de ingesta de esos otros adolescentes.
En este sentido, el experto invitaba a trabajar en el sentido de que “los jóvenes descubran, a diferencia de lo que piensan, que el consumo de drogas no es una conducta normal, frecuente o aceptada en su grupo equivalente de edad”. Tal y como lo hace el ejemplo holandés. “Estos métodos tienen efectos importantes y significativos sobre el consumo”.
Prevención a través de redes socialesPrevenir adicciones por medio de dispositivos adictivos
A Gregor Burkhart, presidente de la European Society for Prevention Research, le preocupa una contradicción flagrante en el campo de la prevención de consumo de drogas y adicciones: usar una tecnología adictiva para intentar prevenir conductas adictivas.
– ¿Es difícil hacer prevención en la era de las redes sociales?
– Sí. Hay intenciones de hacerlo, pero justo hemos tenido en la sociedad europea la discusión sobre la industria high tech. Intentamos hacer prevención a través de Instagram, Facebook, de dispositivos que son fuertemente adictivos, que son diseñados para ser adictivos. Y ahí nadie tiene problemas de englobar la industria de high tech, de tecnología, en la prevención. Es un gran dilema, porque muchos de nosotros usamos, cada vez más, esos dispositivos fuertemente adictivos.
Las drogas existen y, en algunos casos, crean dependencia. Pero esos aparatos han sido diseñados, y cada vez más perfeccionados, para que nos enganchemos a ellos. O sea que su primer objetivo es generar adicción.
— ¿Cómo enfocar la prevención para, a la vez, contrarrestar el poder adictivo de estas tecnologías?
– Regulando las grandes empresas de high tech. Lo que hacemos hoy es darle de forma temprana a los menores unos smartphones y les brindamos educación sobre cómo controlarse. Esto, básicamente, es como dar a tu hijo o hija de ocho años un paquete de tabaco y educación sobre cómo consumirlo responsablemente. Y decirle: “bueno, ahora decide, haz tú una decisión informada y haz consumo controlado con una substancia altamente adictiva”.
Con las redes sociales hacemos lo mismo. Y es justo lo que la industria quiere: poner la responsabilidad del comportamiento, de la regulación de la conducta, en el individuo. Dicen: “Nosotros no tenemos nada que ver, aunque creamos cosas altamente adictivas, y la única solución es que la persona sepa controlarse mejor y ser más responsable”.
Esto ya lo hacía la industria del alcohol y, ahora, la de los high tech; y la gente se lo come. Es decir, te dicen que a las personas jóvenes hay que introducirlas lentamente, con el monitoreo de los dispositivos por parte de los padres. Pero ya sabemos que con el alcohol esta estrategia no funciona, porque aumenta realmente la propensión de consumir más tarde, cuando eres introducido por tus progenitores. Entonces, con los smartphones, ¿por qué debería ser diferente?
Lo que funciona como prevención, realmente, es hacer presión sobre las empresas high tech y no tener smartphones, al menos, hasta los 12 años. Y aquí hay que destacar de nuevo un gradiente social. En Ginebra, en las escuelas públicas, hay mucha gente de 10 años que tiene su smartphone [de esto se habla en el documental El dilema de las redes sociales]. Pero en las escuelas de alta categoría, las más caras o las europeas, nadie tiene móviles. O sea, que la gente con más alto grado de instrucción y escala socioeconómica no dejan a sus hijos tener un smartphone. Mientras que para las clases bajas es un símbolo de estatus y lo exponen. De nuevo aumentamos la desventaja de los estratos sociales más desfavorecidos.
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